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Cecilia Porras: La maga del Caribe

Creo que al margen de esas sombras luminosas que la abruman y la vuelven invisible, la artista logró forjar una obra  que a la hora de su muerte el 19 de diciembre de 1971, había alcanzado momentos de plenitud.Cartagena extraña y negligente con su memoria, se parece a ese piano apolillado que alguien decidió arrojar al mar por la pereza de buscar a un restaurador y afinador de pianos. Pienso que la ciudad dejó pasar esta oportunidad de celebrar a Cecilia Porras por sus méritos propios, en los treinta años de su partida e inventarse un premio que honrara la inventiva de las mujeres artistas. Siempre se alude como lugar común, el aura fascinante de su imaginación, su vitalidad y su singular personalidad, pero se desvía la profunda y visionaria señal de una obra que enriqueció las nuevas formas de pintar en la región Caribe y el país.

Algunas de las pinturas de Cecilia Porras creadas entre 1950 y 1960 revelan puntos de encuentro y enfoque con Obregón y en momentos con Grau, y muchas veces anticipan instantes de los dos artistas. Y trazan un camino personal autónomo.

Las últimas pinturas de Cecilia Porras sobre Cartagena asumieron riesgos estéticos formidables: del esplendor luminoso, la artista encontró al final de sus días una síntesis inesperada en su paleta: los grises, negros, blancos y ocres, enriquecieron sus naranjas, amarillos, verdes y azules.

Veamos algunas de sus obras:

En Castillo de San Felipe (1967) óleo sobre papel 42,5 x 51 cms, la artista abarca la geometría compleja del castillo, tal como hubiera querido pintarlo Obregón poco antes de morir. Recuerdo que en una de nuestras conversaciones nos confesó que quería pintar a San Felipe en su compleja totalidad. Cecilia lo logró en pequeño formato y con un fondo azul impactante.

En Castillo de San Felipe (1967) témpera sobre cartón 30 x 40 cms, la artista resuelve la perspectiva compleja del castillo en manchas y trazos en negro y ocre, con un pulso oriental hechizado por las sombras y las formas abstractas.

En Cartagena en blanco (1968), óleo sobre lienzo 57,5 x 82,5 cms, la artista concibe expandir sus emociones en amarillo sobre la muralla negra. Todo parece desvanecers, luego del leve dramatismo de un rojo y un amarillo que se abraza al blanco.

En Torre del Reloj (1968), óleo sobre lienzo 39 x 48 cms, nos entrega la imagen vertiginosa de un paisaje que el viento y la luz parecieran arrasar. Una torre empinada hacia el cielo, en negro, y una muralla en amarillos, ocres y negros, ante un infinito en naranjas y dorados.

En Torre del Reloj (1968), témpera sobre papel 37,5 x 51 cms, la certidumbre de las formas de la torre y la muralla, logran crear una atmósfera abstracta en una paleta de colores fríos que intentan abrazar sutilmente el azul y el blanco. Se impone la frialdad de un paisaje detenido en un tiempo de agua.

En Flores (1968), óleo sobre lienzo 45x60 cms, la paleta se aferra a los matices de azules y rosados casi encarnados en medio de una noche que vibra de manera sugerente, mientras un leve resplandor colma la oscuridad. El blanco sugiere apertura hacia un universo intenso y emocional.

Paisaje con árbol (1969), óleo sobre lienzo 50 x 125,5 cms, los movimientos se resuelven con el ímpetu obregoniano: los negros y lilas irrumpen en el espacio y sostienen una batalla horizontal, sin llegar al delirio: el lila que estuvo a punto de encarnarse y desbordarse se apacigua en un cielo transparente y frío.

En Flores (1970), témpera sobre papel 35x 44 cms, la artista se vuelve compulsiva con las formas abstractas que semejan oleajes, explosiones, estallidos. El blanco sostiene una batalla interior y emocional con el ocre y el negro. El blanco sugiere también el vacío y el infinito.

Nuevamente en Flores (1970), témpera sobre papel 35 x 47 cms, el vértigo del movimiento resuelto en negros, azules y blancos sutiles,  trazan un destino que pareciera evocar a Obregón pero marca diferencia con las extrañas mutaciones que revelan las flores.

Todo este ejercicio creativo deviene de un estudio sistemático a lo largo de la década del sesenta: flores y paisajes luminosos, lugares entrañables de Cartagena: la muralla, el Castillo de San Felipe, la Torre del Reloj. La artista sorprende en 1963 con sus Flores en gris resueltas como una mancha, de manera intimista y abstracta: negros y terracotas en batalla con el blanco. Ese contrapunto de sombra y luz, de presentimiento y certidumbre, de adivinanza y acertijo, hace de la obra de Cecilia Porras uno de los hechos estéticos contundentes en la historia artística de Cartagena.

En sus treinta años de su partida, por lo menos llevaré unas flores al mar y las lanzaré a las olas evocando el nombre de Cecilia Porras y su corazón lleno de colores.



Lo que nos deja una artista

Cecilia Porras: “Al reintegrarme de nuevo al paisaje de mi ciudad natal, Cartagena, con todo su maravilloso y vibrante colorido y su cálida atmósfera, limpié mi paleta y se hizo más clara y luminosa. Me entregué entonces a pintar flores alegres, frutos maduros y cristales transparentes; los pintaba con alegría y segura de mí misma; habiendo perdido ya el miedo de pintar jugaba desprevenidamente con la luz y el color y así logré una pincelada más suelta y segura. Pero pronto me cansé de aquel juego fácil que no era más que experiencia de carácter técnico y convencida de que las flores, los frutos y las gentes moviéndose alegres en un día de domingo no ofrecían mayor interés para mí, volví a cambiar buscando entonces las formas estáticas y la simplicidad en las líneas y en el color”.

Jorge Gaitán Durán: “Cecilia Porras ha visto una Cartagena que los cartageneros no han descubierto todavía. En oposición a los colores violentos y ácidos de la imaginería costeña, la artista ha sabido encontrar la prestigiosa tristeza de un paisaje...”

Álvaro Medina: “En sus dos  momentos estelares, la pintora que en 1950 se había dedicado a pintar cristales llegó a tener un sentido del tono y del color que rivalizaba de tú a tú con el Mark Rothko de los campos de color. La cartagenera llegó a semejante maestría por propia iniciativa, no por simple mimetismo. Lo atestiguan sus gamas, derivadas del aire ardiente que solía respirar. No se dedicó a ver y copiar pasivamente lo que tenía a a su alrededor, sino a sentir e interpretar activamente”.


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