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Del color de la hermosura

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No sé cuál otro peso pesado del boxeo propinó tantos golpes demoledores como el legendario Cassius Clay, quien cumplió setenta años el pasado martes diecisiete de enero.

¿Los propinó Joe Louis?¿Los propinó Sonny Liston? ¿Los propinaron George Foreman, Joe Frazier, Floyd Patterson? Los cronistas del boxeo sabrán calcular, así como saben calcular la velocidad que alcanzaba un puñetazo de Cassius Clay en viaje precipitado hacia el hígado del contrincante, mientras el otro puño se aseguraba de reubicarle los límites de la cara.

Sé, en cambio, que ningún otro peso pesado logró propinarle tantos golpes a la conciencia del mundo, en especial la de su país. De ahí que la influencia de “El Más Grande”, como Cassius Clay se llamaba a sí mismo, en un alarde de triunfalismo, rebase la influencia de otros atletas excepcionales, provenientes de las marginalidades raciales que arraigan, como si fueran yerba mala, tan a gusto y dondequiera.

Sí, las hermanas Serena y Venus Williams derribaron, a fuerza de espléndidos saques y raquetazos, la insoportable muralla que le prestaba al tenis femenino norteamericano la apariencia de un excluyente universo blanco. Sí, a fuerza de jonronazos y tiros perfectos fue como ascendieron a “inmortales” Jackie Robinson y Michael Jordan. En justicia, los nombres del beisbolista Robinson, el baloncelista Jordan y las tenistas Williams, enriquecen las antologías deportivas.

Pero, el nombre de Cassius Clay, rebautizado como Muhammad Ali cuando abrazó la fe musulmana, además de enriquecer las antologías de los mejores deportistas de todos los tiempos, enriquece las páginas que relatan las luchas por los derechos civiles y las impugnaciones del prejuicio racial.

Un prejuicio enfermizo y despreciable a la vez. Y, por enfermizo y despreciable, capaz de construir un muestrario de las “inferioridades” negras: pelo malo o pelo de coco, sudor anestesiante, labios abembados, nariz aplastada, sensualidad rústica, inteligencia lenta. Ojo: que a los diccionarios de sicología se incorpore y comente la voz prejuicio revela la sustancia neurótica de éste. Pues el prejuicio, en cuanto que atentado a la razón, revela, siempre, la insuficiencia mental de quien lo divulga.

La leyenda de Cassius Clay se establece y consolida en el cuadrilátero, donde su presencia magnética impresiona, tanto como los golpes que propina y el vistoso juego de piernas. Aun así, será durante la práctica del activismo social cuando su leyenda se vuelva inspiradora, incandescente, insoslayable.

De célebre deportista pasa a ser célebre agitador de multitudes. De célebre agitador de multitudes pasa a ser célebre hombre que ejercita, a plenitud, la libertad de ser negro.

Desde luego, el estilo boxístico y la negativa a enrolarse en el ejército e ir a pelear a Vietnam, así como la fanfarronería teatral que llevaba a cabo, dentro y fuera del ring, le granjearon simpatías y antipatías, muy equitativamente. Nada, sin embargo, impidió que la admiración y el respeto a su persona crecieran, como crece la espuma de los días. Nada ni nadie impidió, tampoco, que aquella fanfarronería teatral le desatara la lengua y lo llevara a articular proclamas, de veras pertinentes e inolvidables.

De una megalomanía sublime resultaron algunas de las proclamas, como “I am The Greatest”. Otras portaban el germen de una radicalidad intransigente, como “Black is beautiful.” Para grandeza allí estaba la suya: “Yo soy el Más Grande” repetía mientras contemplaba a Sonny Liston morder el polvo de la derrota. Para hermosura allí estaba la de su raza, como muestra innegable: “La raza negra es hermosa” repetía, mientras dejaba escapar la mirada seductora del pluricampeón. Una mirada que los fotógrafos corrían a eternizar.

La proclamación segunda se abrió paso con fuerza, hasta tornarse en versículo laico: “La raza negra es hermosa”. La proclama, o versículo laico, cooperó en la liberación interior de miles y miles de negros alrededor del mundo. Apurados por el orgullo que les produjo el encuentro inesperado con la propia hermosura, una hermosura que el prejuicio trató de hacer invisible, miles y miles de negros, alrededor del mundo, empezaron a aceptarse, a celebrarse, a quererse sin medida ni clemencia. Empezaron, también, a reivindicar el punto de partida de sus azares y nutrirse con el orgullo, acabado de estrenar, de llamarse afrodescendientes.

De súbito, emergieron del closet racial afroamericanos y afroeuropeos, afroasiáticos y afrobrasileños, afrocolombianos y afroportugueses, afroantillanos y afroboricuas.

Es decir, las palabras radicales de Cassius Clay, las palabras históricas de Muhammad Ali, se transformaron en el espejo diáfano donde el Universo Negro optó por mirarse, sin resentimientos ni complejos.

A los setenta años, víctima del mal de Parkinson, con el cerebro atrofiado por los golpes de los rivales, unos rivales que nunca fueron pellizcos de ñoco, el Gran Ali semeja una espectacular mole de silencio. Convengamos, sin embargo, que se trata de un silencio magistral. El silencio del más grande de los campeones.

Y el más hermoso, claro que sí.

     * Artículo del escritor Luis Rafael Sánchez, aparecido en El Nuevo Día.

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