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"El miedo es tu Dios": corresponsal de guerra

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¿Un miedo visceral?

—Me da miedo no tener miedo —responde—. Suspira. Sonríe tímidamente.

Jamás esperé esa respuesta. Jamás, y menos de este hombre que hizo del riesgo una forma de vivir y de sobrevivir. Este señor, de ojos azules, cabello blanco y español embolatado, es Olivier Weber. Francés. Corresponsal de guerra. ¿Sí ve por qué nunca esperé su miedo al miedo?

Hay Festival lo arrastró a Cartagena. Tranquilo, mientras disfruta sorbo a sorbo una taza de café, cuenta que está feliz. Esta ciudad es mucho más bella de lo que imaginó.

-En Europa aún existe el miedo a venir a Colombia -dice-. La gente imagina que hay guerra por todos lados y no, es un país que debemos descubrir. Aquí la gente es muy gen...gentile. ¿Así se dice?

-¿Gentil? -corrijo-.

-Sí. Gentil -remata-.

La vida de Olivier ha sido una guerra constante. Primero, contra la pobreza. Segundo, contra la muerte.

Olivier es hijo de Montluçon, ciudad del centro de Francia que alberga 39.761 personas. Llegó a este mundo el 12 de octubre de 1958. Jueves.

“Mi familia fue muy pobre. Mi papá era pastor, criaba ovejas en la sierra. A pesar de todo, pude obtener mi diploma del colegio y trabajé para pagar mis estudios en Niza -en la frontera con Italia-. Para mí la esperanza fue la literatura, leer un buen libro de Gabriel García Márquez cuando tenía 12 años”, relata mientras acomoda un ejemplar de El Universal que ojeaba antes de mi llegada, supongo.

A sus 17 años, salió de casa a buscar un futuro mejor. Fue salvavidas durante cuatro años, con tal de pagar sus estudios. Pasó hambre, pero se convirtió en economista, porque “no tenía dinero para ir a París y estudiar periodismo”. Sí: su verdadero sueño era ser periodista, la economía fue simplemente un camino. Lo logró.

Comenzó poco a poco a zambullirse en este mundo fantástico de la reportería cubriendo económicas para algunos medios europeos. El gran reto: ser corresponsal de guerra. Es como si una de esas bombas que tanto usan en tiempos de conflicto hubiese explotado en su cabeza. El mundo se estremeció. Adrenalina, se llama.

Entre 1983 y 2008, como reportero de guerra, Weber vivió con unos 15 movimientos de guerrilla y cubrió más de 20 guerras, entre ellas las de Camboya, Afganistán, Kurdistán, Sudán, Chad, Iraq, Irán, Tailandia, Armenia, China, Sahara Occidental, Rusia, Rumania, Pakistán, Kosovo, Sri Lanka, Argelia, Cachemira, Israel, los Territorios palestinos, Timor Oriental, Birmania, entre otras. Ahora, con 58 años, Weber escribe libros.

¿Cuándo comenzó en periodismo de guerra?

-Tenía 23 o 24 años, cuando llegué a Estados Unidos a cubrir la guerra de la droga, en California. En 1983 fui a Eritrea, una provincia de Etiopía -África-, para trabajar con la prensa de Francia y de Inglaterra. Hice reportajes para periódicos como Libération, The Guardian y Sunday Times. En Eritrea hay una guerrilla revolucionaria que se llama Frente Popular de Liberación. Había una guerra entre la provincia de Eritrea y la capital del país, Adís Abeba. Era una guerrilla machista, muy machista. Fue muy difícil para mí, sobre todo porque nunca había visto tanta violencia, pero creo que todo periodista debe ir a una guerra, debe ser voluntario. Debes ir a la guerra.

¿Cómo fue el momento en que decidió ir a cubrir la primera guerra?

-Tenía muchísimo miedo -sonríe-. Pensaba que era muy difícil y peligroso, especialmente en Eritrea. Había leído reportajes sobre las víctimas, sobre amputados...minas. La guerrilla fue muy fuerte y las Fuerzas Armadas de la Nación también, por eso es un grave error estar tranquilo. Tenía miedo de no tener miedo. Cuando tú tienes miedo es bueno porque estás prevenido con la gente. En países en guerra hay una pregunta: ¿cuánto cuesta el periodista? Te vuelves algo muy atractivo para milicias y mafia, porque vales cuatro o cinco millones de dólares, especialmente si eres de Francia, España, Estados Unidos y Alemania...Rusia no, porque no paga nunca.

Las guerras más difíciles...

-Irak, Afganistán y Gaza, que es un territorio palestino independiente. En Irak, en la guerra de George Bush -Presidente de Estados Unidos de 2001 a 2009-, murieron un millón de personas, la mayoría civiles, y es difícil ver esperanza luego de ver tanta tragedia. Es impactante ver a las mujeres destrozadas. A las madres con sus chicos.

La parte más dura...

-Sabes, lo más difícil no es saber localizarte. La parte más difícil es cuando regresas a París, Nueva York o Londres, cuando vuelves a casa. Cuando acabas el reportaje, hay malos sueños, ¿cómo se dice?

-Pesadillas -sugiero-.

-Eso. Hay muchas pesadillas en la cabeza. Es duro para nosotros, pero para las víctimas es mucho peor y siempre, cuando acaba la guerra, quiero escribir libros para ellas. Para ayudarles a superar el horror. Hay pesadillas, pero hay que crear sueños de esperanzas.

El minuto más largo...

-En Afganistán, fui a una cita con un gobernador de provincia. Era tiempo de Talibanes, que tuvieron el poder de Kabul entre el 96 y el 2001. Fui en 2000 para hacer un libro, que se llama “El halcón afgano”, traducido al español y al llegar al sitio acordado con mi fotógrafo había guerrilleros armados, con caras de psicópatas. Era un desayuno. Recuerdo que el gobernador me dijo: “¿Qué pasa si Olivier es matado hoy?” -increíblemente Olivier ríe a carcajadas-. Fue una sorpresa para mí. Pedí tiempo, tomé algo. Me asomé a los quince segundos y le dije: “me iría al paraíso, como usted”. Ese día ganó la respuesta, pero fue muy peligroso.

¿Qué tan cerca le respiró la muerte?

-Me amenazaron de muerte quince veces.

¿Quiénes lo amenazaron?

-Iraquíes, Talibanes, guerrilla islámica de Argelia y Al-Qaeda. No quiero morir. Me gusta la vida -ríe a carcajadas-.

¿Por qué no lo mataron?

-Porque estaba seguro de mí mismo, de lo que estaba haciendo. Tienes que mirar a la derecha, a la izquierda. Estar alerta. Tienes entre dos segundos y 15 horas para sobrevivir. Frente a la amenaza hay tres formas de reaccionar: violenta, explicando por qué estás en la guerra y diciendo: la culpa es de usted, pedazo de estúpido -cuenta irónicamente-.

¿Pensó en renunciar?

-Nunca. Cuando estás dentro de la guerra y sabes que tu labor es importante, rendirte no es una opción. Sí, tienes hijos, familia, pero no hay vuelta atrás. Repito, sabes que lo que estás haciendo es importante, pero cuando regresas a casa sientes una suerte de melancolía. Es un periodo post-traumático porque es muy difícil hablar de lo que has vivido.

¿Lloró algún día en guerra?

-Sí, muy pocas veces, cuando la depresión me ganó. En periodismo hay que ser muy racional. Hay que leer antes de ir a la guerra para entender el conflicto, pero cuando llegues al frente de guerra debes ser subjetivo. Subjetivo para sobrevivir y para entender a los otros. Debes ser fuerte, como un médico que trata a sus pacientes sobre la mesa de operación. No se puede llorar. Cuando regreso a casa, en cambio, veo cosas muy felices y normales y lloro. Es una ironía.

¿Qué es Dios?

-Buena pregunta. Tal vez alguien que te protege, pero siempre dudo de su existencia. Dudo, pero respeto siempre las creencias de los demás. Creo en la amistad.

He leído que cubrió conflictos hasta 2008, ¿volvería a ir a la guerra?

-Sí, no para hacer un reportaje para prensa, porque tres hojas es muy poco espacio para hablar de guerra. Volvería para concluir un libro. ¿Sabes? A veces hace falta la acción, esa adrenalina que hace fluir la sangre. Esa cercanía a la muerte que te hace sentir vivo.

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