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En la puerta del hotel

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Ese hotel callejero que tanto he visto en mis carreras por ahí y al cual aun no he entrado con ninguna amiga. (¿Querrá entrar alguna? ¿Tendré alguna  a quien llevar o siquiera proponer llevar?). Eduardo me ha dicho que es bueno, limpio y barato, mientras no sea fin de semana ni temporada de vacaciones.

   En el andén quedó la otra, como medio estática y turbada. De menor estatura, menos resuelta y menos bonita, pero bonita al fin y al cabo. Cuando pasé frente a la puerta del hotel, miré hacia adentro y ya la otra muchacha comenzaba a subir las escaleras. Giró su bello cuerpo en bluyines y le hizo señas a la amiga para que cruzara y entrara también.

Volví la mirada hacia la calle y observé a la chica que con zozobra y la cabeza baja, cruzó y entró. Hasta allí alcancé a ver. No miré más, no supe más. Mis pasos me debían llevar hacia la tenebrosa oficina de la Registraduría Nacional, para una diligencia indefinible. Pero el camino de siete cuadras bajo el bochorno malvado del sol de las tres de la tarde, se me hizo corto por el suspenso de ir pensando qué estaba sucediendo en ese hotel.

   Uno quisiera devolver la cinta de la memoria para observar mejor las cosas pasadas. Pero es triste  saber que en ese asunto es poco lo que podemos devolver. Vino entonces en mi ayuda la loca de la casa, y fue así como pude recobrar, por momentos, ese  rostro anguloso, unos cabellos castaños claros que se agitaban y el afán impetuoso de la primera chica. Era tal vez la primera cita, el primer encuentro cuerpo a cuerpo. No era usual, ciertamente, que esta clase de parejas entrara en el hotel. Vencido el último de una serie de obstáculos imaginarios, por fin las dos llegaban a un cuarto. De ese mundo exterior de afanes, calor, sudores y estruendos, yo era el íngrimo testigo que podría dar fe de la aventura, si acaso alguien me preguntara. ¿Pero quién, aparte de mí, me iría a preguntar?

  Debieron reírse mucho al principio, con la sofocada risa nerviosa de quien hace una travesura grave. Anita es la más alta, se me ocurre, porque debo darles nombres. Se quita la camiseta y Sonia no quiere ver cuando se sueltan sus pequeños senos de níspero. Hay una mano que guía a otras dos manos en la ruta previa y algo brusca del amor. Todavía queda aire, espacio entre esas dos bocas que van a juntarse, que van a ayudar a que se derriben esos cuerpos clandestinos e inmunes. Fluyen las corrientes escondidas mientras el mediodía las observa sorprendido, las compuertas que se abren sin arbitrio.

   No me tocaba, pero después de hacer  la diligencia regresé por la misma calle. . Mirando  el hotel desde lejos mientras me acercaba, sentí miedo. En la mitad del andén, el mismo vendedor de limones, la misma carreta de los cocos. El agua bendita de coco que cura el bochorno y las penas duras de amor.

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