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Jorge Artel, un poeta vigente

En días pasados, la escritora cartagenera Hortensia Naizzara Rodríguez  presentó, a los estudiantes de la Universidad de Cartagena, los resultados de su tesis doctoral “Apuestas literarias del Caribe colombiano: Oscar Delgado, Luis Carlos López y Jorge Artel. Poesía y periodismo en contrapunteo con el provincianismo nacional 1900-1948”.

Se trata de una investigación desde los estudios culturales a cerca de los aportes literarios de tales poetas caribeños en el contexto socio-político de las primeras décadas del siglo XX.

A propósito de cumplirse, el pasado 27 abril, 104 años del nacimiento de Jorge Artel, El Universal dialogó con la autora sobre la obra del bardo cartagenero, quien es conocido por títulos como Tambores en la noche, No es la muerte es el morir; Sinú, rivera de asombro jubiloso; y Poemas con botas y banderas.



La desnudez del agua



—¿Cómo definir la importancia de Jorge Artel en la literatura americana?

—Por sus aportes. Lo primero que hizo fue generar un proceso que se registra entre la sociedad y la cultura como una transición entre el mundo colonial y la modernidad literaria en el ámbito de la literatura y la construcción de ideas políticas republicanas privilegiadas por la construcción del estado-nación.

La poesía arteliana está al margen de los estándares de la gramática española. Surge a partir del coloquialismo y el diálogo con sus ancestros, proponiendo una visión estética alejada de los movimientos literarios que surgen en Colombia en las primeras décadas del siglo XX, como el preciosismo y el parnasianismo literarios; y se inscribe en la cultura que comprende el cuerpo, la piel, los relatos de historias sociales y los relatos de historias locales en Cartagena de Indias.

Es decir, aquí se aprecia que la cultura no es un objeto estático sino que parte de códigos y valores, entre los que se encuentran la puesta en escena de la visión política, la música, el cuerpo y las tradiciones del hombre africano en una constante comunicación con el pueblo americano.

—¿Cómo recibieron los lectores, y sobre todo la crítica, esa ruptura que proponía Artel?

—En primera instancia, estas lecturas fueron interpretadas como un lenguaje que propone una raza, lo que considero una concepción parcializada, porque lo sitúa únicamente como poeta negro, excluyendo otros atributos que aparecen en su obra completa y que recientemente han sido motivo de diversos estudios.

Había unas concepciones muy tradicionales en Colombia respecto a la literatura, mediante las cuales se mezclaba el arte como sinónimo de belleza y pureza, además de que estimaban, por una parte, que los poetas eran semi dioses o  malditos, guiados por sus pasiones.

Artel no es ni poeta maldito ni semi dios, articulado a la creencia de que la literatura obedece, en principio, a criterios universales, que hacen parte de la literatura clásica y de un concepto canónico derivado de concepciones eurocéntricas.

—A propósito de “poeta negro”, ¿no cree que ese rótulo le restó proyección a Artel?

—Claro que sí, porque fue una concepción destinada únicamente al análisis de lo identitario.

Esa misma concepción hace parte de lo que se denomina la “politización de la lengua”, en la que un producto literario es estudiado y sometido a una comprensión a partir del espacio y del tiempo. De tal forma que se propone, en la racialización de la lengua, una lectura homogénea, cuya finalidad es minimizar la importancia de una obra literaria, confinándola a una lectura homogénea y al olvido.

Es importante resaltar que Artel estuvo en permanente comunicación con escritores caribeños como Nicolás Guillén, en Cuba; Aimé Césaire, en Martinica; y leyó previamente a escritores de vanguardia y autores surrealistas.

—¿En el resto de América Latina se hizo la misma interpretación que en Colombia?

—Para los autores de las primeras décadas del siglo XX fue un hecho generalizado que en América estuvieran sometidos a la censura de un canon hispánico conservador. Sin embargo,  cuando se publicó Tambores en la noche hubo concepciones divergentes al canon propuesto por Baldomero Sanín Cano y otros autores ilustrados, que cuestionaban el legado decimonónico en la literatura.

En el caso de Artel, su obra se empezó a conocer más y a divulgar a partir de 1948, porque él logró salir del país, después que lo amenazara de muerte el gobernador de Bolívar, por pertenecer al movimiento liberal de Jorge Eliécer Gaitán.

Por ser un intelectual liberal ilustrado, fue bien recibido en países como México, Costa Rica, Panamá, Venezuela y Estados Unidos en donde desarrolló gran parte de su labor periodística, promoviendo un periodismo cultural crítico, en el que se plasmaba claramente un pensamiento liberal.

En el siglo XX, Laurence Prescott, de Estados Unidos; y Álvaro Suescún, de Barranquilla, rescataron su obra. El primero hizo un estudio literario, que da cuenta de sus aportes a la literatura colombiana e hispanoamericana. Y el segundo, recogió su obra periodística.

—Apartando la temática étnica, ¿con cuáles poetas llamados universales podríamos medir la importancia de Artel?

—En literatura no podemos hablar de cuestiones universales. Más bien creo que venimos arrastrando el lastre moderno, según el cual para que una obra literaria consiga un estatus supuestamente debe ser universal.

Pero nuestros poetas generaron una apuesta distinta desde lo local: transgredieron el lenguaje, en el sentido de incorporarle palabras de la tradición mestiza y de los personajes populares, como las cantadoras, las cumbiamberas, los bogas, el cura del pueblo y los políticos corruptos.

—¿Cómo ve hoy lo que decía Carranza respecto a que Artel era supuestamente un “poeta marino”?

—Fue la mayor indulgencia que logró en su momento, porque le cantaba a las mujeres, a las clases populares, a los negros y contaba historias del arrabal cartagenero.

Este destino de concepciones que no revaloravan en esa época su obra, obedeció a una visión política de la lengua y a un canon que privilegió el “Arte Purismo”; es decir, la noción de arte puro.

Por esto, es necesario decir que fueron más valorados los poetas andinos que los poetas caribeños, aunque estos rompieron con esquemas prestablecidos  por la política y la racialización de la lengua. Este impacto cultural de los poetas caribeños fue estudiado después de la década del 50.

—¿Cómo fue ese impacto de los poetas caribeños?

—Consistió en que no hicieron mímesis literaria. Es decir, no copiaron estilos ni temáticas eurocéntricas.

Asumieron una conciencia del lenguaje, lo que les permitió lograr una creación propia y autónoma; y asimismo generar un debate histórico-cultural, que promoviera los distanciamientos entre baja y alta cultura. Ese concepto primaba entre las elites aristocráticas blancas de Cartagena y Colombia, como si la cultura fuera un artefacto de lujo, estático.

Ese tipo de concepciones se instauró en distintas organizaciones del gobierno de Colombia, lo que derivó en crisis y exclusión social.

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