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Mujer, literatura, libertad

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Lo hizo en 1910, basada en que en esa misma fecha pero en el año de 1857, unas costureras de Nueva York ocuparon las instalaciones de la fábrica textil donde laboraban para exigir jornadas de trabajo de diez horas diarias e igualdad en salarios y jornales.

El movimiento de protesta culminó en un incendio y más de un centenar de manifestantes murieron calcinadas. Pero lo que estas neoyorkinas y Zetkin abanderaron no fue el principio de un proceso de conciencia del valor humano de la mujer en la sociedad. Hubo algunas que  muchísimo antes desarrollaron una vida profesional en la literatura y el pensamiento, aunque su papel fue severamente limitado y para realizarse en ese campo debieron enfrentar las más estrictas mordazas patriarcales de su época.

Se supone que la pluma fue en sus manos lo que es el azadón en las de quien trabaja la tierra: un instrumento de labor que, en uno y otro caso, persigue la fecundidad de una siembra. Estas mentes liberales femeninas esparcieron semillas que germinaron en brotes de inconformidad intelectual, como ocurrió en el remoto siglo XII cuando una voz se alzó y reaccionó en contra de lo que proponía la Edad Media para ellas, una voz revolucionaria que se acogió a la palabra escrita para convertirse en un sujeto activo de la relación amorosa. Ella fue la Condesa de Dia, esposa de Guillermo de Poitiers, Conde de Valentinois que gobernó entre 1158 y 1189. Esta mujer sofocada por la pasión contenida le escribe a su enamorado Raimbaut de Arenga el siguiente texto:



“Bello amigo amable y bueno,

¿cuándo os tendré en mi poder?

¡Podría yacer a vuestro lado un atardecer

y podría daros un beso apasionado!

Sabed que tendría gran deseo

de teneros en el lugar del marido,

con la condición de que me concedierais

hacer todo lo que quisiera”.



Casi doscientos años más tarde la veneciana Christine de Pisán o de Pisa (1364), autora de “La ciudad de las damas”, reclamaba en su texto el derecho de las mujeres a acceder a la educación y ya declaraba una verdad comprobada hoy en día, que la diferencia entre las mujeres y los hombres no provenía tanto de la naturaleza como de la distinta educación que se le impartía a los sexos. “Si alguna mujer aprende tanto como para escribir sus pensamientos, que lo haga, y que no desprecie el honor sino más bien que lo exhiba, en vez de exhibir ropas finas, collares o anillos. Estas joyas son compradas, pero el honor de la educación es completamente nuestro”.

Al clausurarse la Edad Media aparece el renacimiento y el modernismo, términos que se aplicaban a las artes pero no a los avances en relación a la importancia que ya tenía la mujer en el cultivo de las letras. Muestra de esto es Moderata Fonte (1555-1592), poco conocida por la crítica contemporánea hasta 1980  cuando su obra “El merito de las mujeres” es que comienza a incluirse entre los grandes textos de la historia de la literatura italiana. Esta prosa escrita en forma de un diálogo sostenido por varias mujeres tiene la siguiente sentencia emancipadora: “Libre corazón en mi pecho mora, no sirvo a ninguno, ni de otros soy sino mía”.  Cercanos en época, las figuras de Calderón de La Barca, Lope de Vega, Miguel de Cervantes, Fray Luís de León, Luís de Góngora y Francisco de Quevedo fueron relevantes frente al talento opacado de Sor Juana Inés de la Cruz, una de las joyas del México virreinal que para fortuna nuestra desatendió la petición del obispo Manuel Fernández de que se alejara de los textos profanos. De haber ocurrido aquello se hubiera perdido una enciclopédica que abogaba por los derechos culturales de la mujer en su vasta producción literaria.

El siglo XVIII tuvo en la francesa María (Olimpia) De Gouges a  una exponente mayor de la dramaturgia y de las aspiraciones de igualdad para las mujeres. Su activismo revolucionario quedó plasmado en La Declaración de los Derechos de la Mujer y La Ciudadana. Su ideología se sintetiza en este párrafo: “La ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de las desgracias públicas”.

Emilia Pardo Bazán, exponente del naturalismo español del siglo XIX en su célebre novela “Los pazos de Ulloa”,  asumió una activa y deliberante posición dentro de la sociedad de su tiempo, como casi ninguna de sus congéneres lo había hecho hasta entonces. En “La España moderna”, en “La mujer española”, y en la revista Nuevo Teatro Crítico, quedó consignada una aspiración que no la abandonaría nunca: la emancipación de la mujer. En esta última publicación escribió que las funciones reproductivas de la mujer no eran las determinantes naturales en las otras funciones de su vida.

Hasta el siglo XX el hombre escritor ofrecía en su creación literaria una imagen de mujer distorsionada, un modelo femenino único encarnado en una reina, una madre o una prostituta. Tal vez eso fue lo que propició que las escritoras de entonces quisieran controvertirlos y promulgar desde los versos, las epístolas, los cuentos y las novelas, que no existe LA MUJER, sino las mujeres individuales.

“No hay barrera, cerradura ni cerrojo que pueda imponer a la libertad de mi mente”, escribió Virginia Woolf quien, además de haber sido a finales del pasado milenio una precursora de la novela moderna con la técnica del monólogo interior,  en la metáfora de “Una habitación propia” reclama el derecho de las mujeres a tener independencia y libertad para crear. A la inglesa le sucederían, Colette, la francesa fascinante que sedujo a innumerables lectores con sus novelas que exploran magistralmente el universo femenino y las vivencias del amor y sus múltiples contradicciones; Djuna Barnes, la rebelde y contestaría autora de “El bosque de la noche” y de la frase inmortal: “Con el artista correcto contemplamos la vida, con el artista poeta creamos una nueva”. 

Gertrude Stein, Simone de Beauvoir, Marguerita Yourcenar, Margarita Duras, Rosario Castellanos, Gabriela Mistral, al igual que las colombianas Soledad Acosta, Elisa Mujica, Flor Romero, Fanny Buitrago, Marvel Moreno, Laura Restrepo, Piedad Bonnett, Eva Durán, y muchas otras que no nombramos porque la lista es casi infinita, han conquistado la libertad y la igualdad en la patria sin fronteras de la creación literaria.

Pero si bien el gran Cervantes desdeñaba a las mujeres doctas y bachilleres y Fray Luís de León en “La perfecta casada” (1583) les desconocía autonomía y les negaba atributos racionales, también con otra generación de escritores aparece una mirada masculina que se ocupó de recrearlas sin prejuicios de género. Basta, para poner apenas un par de ejemplos en este lado del continente,  asomarse a Vargas Llosa y a la Flora Tristán en su lucha por las reivindicaciones sociales y a  García Márquez con la menuda Úrsula Iguarán, fundadora infatigable de una estirpe cuyo espíritu no fue doblegado por cien años de soledad.

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