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Preliminar del frío

No sé muy bien por qué, pero esta noche me sabe a balde de agua fría.

La última vez que me pasó algo así, él se encontraba con ella en el apartamento y se dirigían hacia el cuarto. Yo los miraba y en especial me llamaban la atención las manos de ambos. No podían dejar de tocarse el uno al otro, me parecían muy nerviosos, así que me alejé a una distancia prudente.

Me fui para mi rincón y me eché. Cada noche él trae a alguien diferente. Sentía hambre y a él se le había olvidado dejarme comida; a menudo sucede cuando invita a una amiga o cuando pasa de largo hasta el día siguiente dibujando unas extrañas figuras en unos pedazos de tela.

Él, incluso, dibujó en uno de esos trozos de tela la vez en la que yo estaba jugando con uno de los cordones de sus botas preferidas. Me gusta mi vida. Él y yo tenemos los mismos horarios. Vivimos en las penumbras. En la mañana, él casi siempre duerme. Yo, en cambio, aprovecho el día para observar y tratar de entender ese mundo que sigue estando ahí afuera, un mundo lleno de agujeros y escaleras, de silencios y gritos.

En todo caso, esa noche, al ver que él estaba ocupado, salí por la ventana de la cocina al tejado de enfrente, donde vive una señora gorda que casi siempre grita algo totalmente incomprensible. Y eso que tengo muy buen oído. Me acerqué muy despacio al final del techo que da a un bordillo muy delgado y salté hasta la acera, me dirigí hasta un poste de luz donde usualmente dejan algunas bolsas con rica comida adentro.

De repente escuché un estruendo. Alguien me había arrojado una piedra. Giré mi cabeza y me di cuenta que era la señora gorda, quizás indignada porque en la mañana de ese mismo día había orinado en el callejón cercano a su casa.

Mientras esquivaba las piedras –lo cual es bastante sencillo- pensaba que quizás él ya habría salido del cuarto y estaría ahí para mí. Sin embargo, de pronto aparecieron más personas, cinco, alcancé a contar.

Algunos traían escobas en sus manos; otros, simplemente miraban. ¿Será que hice algo tan malo para molestar a tanta gente?

Me escabullí entre las piernas de unos y otros, soporté con tranquilidad un golpe y trepé hacia el bordillo que da al techo de la vecina gorda. Después me detuve. No entendí nada.

Me acerqué hasta la ventana de la cocina del apartamento, entré sutilmente, pero él aún seguía en la habitación con la amiga.

Entre tanto, corrí hacia el sofá. Fue entonces cuando me empezó a doler el lomo. Quizás el golpe había sido más fuerte de lo que yo había pensado.

El dolor se incrementaba, sentía una punzada y el corazón me palpitaba mucho más rápido que de costumbre, apenas sí podía mantener los ojos abiertos.

En cualquier momento él saldría con ella y me verían, así que traté de mantenerme despierto.

Fue sólo entonces cuando ella salió, la miré desde el sofá, vi que se metió al baño y tardó alrededor de cinco minutos. Luego se vistió y empezó a buscar en los cajones del estudio no sé qué.

Tomó sin vacilación unos billetes que él había estado depositando en un libro de carátula roja. Con esos billetes sale en las tardes y vuelve con comida para ambos. Me acerqué a donde estaba ella, pero ni me determinó. En cuanto metió el dinero a su bolso, salió del apartamento.

La puerta de la habitación de él había quedado abierta. Caminé hacia allá –no sin dificultad por el dolor- y, cuando por fin entré, él se encontraba boca arriba en la cama, desnudo y con una almohada en la cara. El sitio olía bastante mal  y las sábanas tenían un líquido espeso, así que me quedé para acompañarlo.

Aquí estoy, después de haber lamido su mejilla izquierda.

No puedo moverme mucho, esperaré a que él se levante. Pero, al parecer, tiene un sueño muy profundo. Ya despertará y abrirá la bolsa de mi comida. Me tomará en sus brazos, como cuando lo conocí, y así quizás el dolor que tengo —y que empieza a nublar mi vista— desaparezca.

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