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Silvia Galvis: La agudeza de contar la historia

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Una mujer valiente, aguerrida, con una agudeza crítica y un sentido de la memoria histórica. Silvia Galvis (Bucaramanga, 1945), acababa de culminar su más reciente novela “Un mal asunto”, sobre el homicidio de una congresista, cuando le sobrevino la muerte de un infarto a sus 63 años, en su ciudad natal: Bucaramanga.

A ella se le debe el impulso y consolidación de las unidades investigativas en el seno de los periódicos colombianos en los años ochenta, que encararon un desafío de desenmascaramiento de todas las formas de corrupción y violación de los derechos humanos: el narcotráfico, por un lado, que le tendió trampas a la sociedad colombiana y a sus instituciones permeándose sutil y despiadadamente, hasta las atrocidades de todos los movimientos armados, no sólo la guerrilla y el paramilitarismo sino también las fuerzas del estado que fueron permeadas también por el poder corruptor. Silvia fue precursora de esas unidades investigativas que luego se crearon en el Caribe colombiano y en el interior del país, y que al cabo de unos años se fueron debilitando, fragmentándose y desapareciendo, víctimas de las amenazas, la persecución selectiva de periodistas. Cuando leí “Colombia Nazi” (1986), me estremecí al saber que en muchas ciudades del país sobrevivían líderes que acogieron el ideal del nazismo en Colombia, muchos de ellos conocidos ejecutivos y exitosos personajes de la vida pública o el sector privado, que se dejaron seducir por el discurso maquiavélico y macabro de uno de los seres despreciables de la historia de la humanidad. Ese libro escrito a cuatro entre Silvia Galvis y Alberto Donadío, me abrieron la puerta para conocer el talante de una investigadora insaciable y obstinada. Luego, leí “El jefe supremo” (1988), sobre el dictador Gustavo Rojas Pinilla. Un libro que entrelaza el documento con el relato narrativo de la historia. Luego, leí con voracidad y emoción el libro “Los García Márquez” (1996), una serie de retratos de los hermanos de Gabriel García Márquez, en los que evocaban instantes vividos con el escritor, escenas de casa, anécdotas, confesiones, en donde se revela una herencia extraordinaria de narradores orales, provenientes de una madre guajira como Luisa Santiaga Márquez y un padre sinceano como Gabriel Eligio García, los dos dotados de ingenio verbal, capacidad para contar historias, una memoria providencial y una gracia escénica, que influenciaron sin duda el alma y el carácter del Premio Nobel de Literatura. Ese libro divertido aporta aspectos humanos del escritor, su familia y sus orígenes. Luego, vinieron sus incursiones a la narrativa ficción a través de novelas como “Viva Cristo Rey” (1991), “Vida mía” (1994), “Sabor a mí” (1995), una obra de teatro que confieso no haber leído “De la caída de un ángel puro por culpa de un beso apasionado” (1997), la extraordinaria selección de columnas periodísticas “De parte de los infieles” (2001), y su novela histórica de 888 páginas “ Soledad, conspiraciones y suspiros” (2002), sobre Soledad Román, fruto de tres años intensos de escritura. Es sin duda el libro panorámico y exhaustivo sobre la vida de esta cartagenera y su incidencia en el destino político de Cartagena y Colombia junto a Rafael Núñez. A esta novela monumental, le siguieron “La mujer que sabía demasiado” (2006) y “Un mal asunto”. La obra de Silvia tiene tres aportes no sólo como periodista aguda, visceral, íntegra, sino como narradora histórica y de ficción y como pionera del periodismo investigativo en el país. Le sobreviven sus hijos Alejandra y Sebastián, de su primer matrimonio con ingeniero Gerhard K. Hiller Brauer, y sus nietos Mariana, Sofía y Sebastián Hiller Zafra. Y su segundo esposo, el periodista Alberto Donadío, con quien compartió a lo largo de casi tres décadas, la creación literaria, la investigación periodística y el sentido crítico hacia la sociedad colombiana. Sin duda, su muerte es una pérdida no sólo para el periodismo investigativo sino para la literatura y la narrativa de ficción que retoma la historia contemporánea como escenario de intrigas, tramas policiacas, voracidad perniciosa y envilecida del poder, oscuros deseos y macabras pasiones.
Por sus ojos profundos y negros Silvia Galvis contempló y descifró en profundidad a este país.

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