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Stephannie Oliveira, la mujer que encontró a Dios en un basurero

Labios carnudos y sonrisa grande. De pelo liso, con mechas californianas. Tengo la piel trigueña, porque el sol dejó su mirada en mi piel. Crecí como el bambú: con raíces profundas y con las ganas de ser eterna. A los veinticuatro años la vida me sonríe y mi alma abraza el planeta.

Mi vida la he pasado sentada en el mundo, por cuenta de mi papá. Nací en Río de Janeiro, viví en España cinco años, de ahí fuimos a Japón, después a México. Estudié en las mejores escuelas con las mejores oportunidades.

Volví a Brasil de catorce años y un amigo de mi padre me invitó a formar parte de una agencia de modelaje, ¡Wow! Dije que sí sin pensarlo dos veces. Retomé los viajes y esta vez  nada más y nada menos que por las grandes capitales de la moda.

Ciento ochenta y un centímetros de estatura fueron suficientes  para convertirme a los 17 años en la imagen de una importante marca de productos de belleza en mi país. Ochenta y cuatro centímetros de pecho, cincuenta y nueve de cintura y noventa de cadera, medidas de alta costura, me llevaron a Pekín a desfilar diseños de Óscar De la Renta.

Crucé a París y Milán. Encontré trabajo, “amigos”, alcohol y fiestas. En Milán me dediqué a modelar intensamente, la pasarela era mi espacio para brillar, salía a fiestas casi todos los días.

Ser independiente desde los 14 y vivir sin mis padres me dio muchas libertades, pero en mi mente siempre resonaba una frase de mi papá: “No importa donde estés, siempre ten un corazón humilde”. Por él, por mi papá supe quién era Dios realmente, por él siempre me catalogué cristiana. Pero me cansé de ser la niña buena, y ¡quise experimentar el mundo! El ejemplo que encontré en mi casa, de dos papás atletas, no fue de desenfreno, ni  de vidas nocturnas. Vi tristeza o momentos difíciles como en cualquier familia, pero nunca un mal ejemplo.

Volví de Europa y me quedé en San Pablo porque el mundo de la moda es más amplio en esa ciudad. Cansada de siete años de trajín, regresé a casa de mis padres.

Con él nos íbamos a las Favelas de Río a desarrollar programas sociales. Pero había algo en mi vida que no me daba tranquilidad. Quería estar en un sitio donde pudiera hacer la diferencia, donde aprendiera a vivir, así como mi padre, donde cumpliera con lo que Dios dijera.

Esa misma semana conocí a una pareja que me mostró su labor en el basurero de Río de Janeiro, uno de los más grandes de Latinoamérica. Al llegar ahí sentí que Dios me decía: “este es el sitio que preparé para ti”. Y yo solo pensaba: increíble, de lo más atractivo y magnífico, a lo más sucio.

Empecé a conocer familia por familia, niño por niño y mi corazón se enamoró cada vez más de esa gente. Trabajé como modelo y también iba al basurero. Al año me fui a Pemba, Mozambique, donde ni siquiera hay estratos. La pobreza es extrema. No había recursos naturales, el agua se recogía de un pozo. Comíamos arroz y frijoles todos los días y huevo, cuando se podía. Nada de eso importaba tanto como llegar al corazón de las personas de la aldea y orar por ellos, hablar de sus necesidades y ayudarles a resolverlas con una oración.

Cuando volví a Brasil estaba totalmente cambiada, las personas a mi alrededor se preguntaban: “¿qué le pasó?”, yo ya no veía la vida de la misma manera. En África me encontré a mí misma y descubrí mi identidad.

Al regresar a mi país dejé mi profesión, dejé todo para ser misionera y me fui al basurero, era una desconocida para todos, pero pasar allá todo el día y toda la noche hizo que hasta los perros me quisieran. Tuve momentos impactantes. Me fui a vivir con una mujer que tenía un año sin ponerse en pie. Decidió esperar la muerte. Tenía escaras en todo el cuerpo, heridas profundas en sus nalgas... pero lo que más la postró fue la amargura por todas las decepciones que vivió. Me llenaba de tanto amor al verla y empecé a curar sus llagas, tardé seis meses con su cuerpo, en su corazón, dos años.

Aceptó que existía la misericordia, pero nunca pronunció un te amo. Todo lo que destilaba era ira y sus hijos lo veían. Después de esos dos años, tuve otros compromisos y su hija era quien la cuidaba. Y aunque nunca le agradeció el tiempo que la cuidó, le pidió perdón y al final le dijo: “te amo”.
Pasaba el tiempo y encerrada en mi casa, llorando, pensaba: ¡Cómo puedo hacerlo! Yo tan “asquienta”... solo pensaba en salvarla.

Tengo sueños con el basurero, pero no los cuento.

Llegué a Cartagena por una amiga que conocí en África, también misionera. Esta ciudad es bellísima, su Centro Histórico es hermoso...el patacón me descrestó y del arroz de coco esperaba más. Pero lo que más me gustó fue la gente, siempre quieren hablarte o abrazarte. Aquí tengo que volver.

A la persona que más admiro es mi padre: José Roberto Gama de Oliveira, o Bebeto, el campeón de fútbol del mundial de 1994 con la selección brasileña. Ese mundial no lo recuerdo, pero sí el del 98, pues yo ya tenía siete años. Brasil perdió contra Francia y la tristeza nos invadió. Es que Ronaldo, el pilar del equipo, sufrió una convulsión que “bajoneó” al grupo. En la cancha, mi padre puso una cara que me hizo entender que solo se había perdido un partido, no la vida.

Nos parecemos mucho: lloramos por todo y creemos en la gente. Desde pequeña, por más alta que fuera la cima en la que estaba él, me di cuenta de que guardó su corazón humilde y nos enseñó que lo más importante es la familia y servir a la gente.

A veces me preguntan: ¿por qué decidiste ser misionera? Y yo solo digo que mi padre, Bebeto, siempre me mostró un camino espiritual excelente.

Espero seguir recorriendo el mundo para volver a encontrarme las llagas de una mujer...y volver a limpiarlas.

Nunca digo mi nombre completo, pero lo haré hoy. Soy Stephannie de Andrade Gama de Oliveira o solo Stephannie Oliveira.



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