Se calcula que el año anterior pasaron por los mataderos de todo el mundo 70 billones de animales terrestres y más de 170 millones de toneladas de peces y moluscos fueron sacados de mares y ríos, todos ellos, para consumo humano. Según la Organización Mundial de la Alimentación y Agricultura, FAO (2006), “la ganadería industrial genera más gases de efecto invernadero que todos los carros, aviones y trenes juntos. Dos tercios de la superficie cultivada de la tierra se dedica a alimento para la ganadería y la avicultura industriales” (Icex, España).
Robert Woodland, exasesor del Banco Mundial y experto en evaluación ambiental, dirigió en 2013 un informe llamado: “Una nueva mirada a las emisiones de gases de efecto invernadero y al potencial de mitigación en Europa”. En éste, asegura que “el ciclo de vida y la cadena de suministro de los animales criados para la alimentación representan aproximadamente la mitad de todos los gases de efecto invernadero (GEI) causados por el hombre”, y los cifra en un 51%.
(Lea aquí: Más allá de la COP25: el contrapoder está en la calle)
Este dato es controversial porque, hasta ahora, la FAO sostenía que la ganadería industrial sería responsable solo del 18% de las emisiones. Sin embargo, de acuerdo con, Andy Vrbicek, Juris Doctor en Leyes de la Universidad Estatal de Arizona, los autores del informe de la FAO no eran expertos, lo cual “viola las buenas prácticas de evaluación ambiental internacional para proyectos que tienen un impacto ambiental significativo (como la producción mundial de ganado y su alimento).” De hecho, explica, una parte de ese informe tuvo que ser desestimado. Luego de un juicioso análisis sobre la cadena de suministros necesaria para criar animales, Vrbicek, coincide con la tesis de Woodland.
En el actual contexto de “emergencia climática y medioambiental”, declarada así por el Parlamento Europeo el pasado 28 de noviembre y como guiño a la XXV Cumbre del Clima (COP25 Chile-Madrid, estos datos deberían estar en el centro del debate. En dicha resolución, el Parlamento explica que el objetivo para enfrentarla es reducir las emisiones de CO2 al 55% en 2030 y llegar a la neutralidad en 2050. Se espera, entonces, que parte de los compromisos a los que lleguen, así sea de manera extemporánea, los 197 países participantes en esta COP vayan encaminados hacia esta dirección.
Durante 12 días, la Cumbre desplegó una intensa agenda con expertos en diversos temas: justicia intergeneracional; descarbonización; turismo sostenible, comercio justo; ciencia, innovación e industria; agricultura, uso de la tierra y bosques; océanos y agua; entre otros. Sorprende, sin embargo, que dicha agenda así como la propuesta por la sociedad civil e incluso la de la Cumbre Social por el Clima, presentada como alternativa a la COP25, no haya habido un solo espacio para que expertos y científicos pongan el foco en uno de los principales retos que tenemos por delante: enfrentar el altísimo costo medioambiental que genera la cría de animales para el consumo humano, la extracción de animales marinos y ribereños, y la urgente necesidad de adoptar dietas más ecosostenibles, (más empáticas y compasivas), como ya sugirió en 2010 el panel de expertos del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP).
Te puede interesar:
La Vinia Fiori: la mujer que protege los bosques del mar en Cartagena
Dicho estudio explica con argumentos científicos que “un cambio global hacia una dieta vegana es vital para salvar al mundo del hambre, la escasez de combustible y los peores impactos del cambio climático”. Entre los expertos, el profesor Edgar Hertwich llamaba la atención sobre el hecho de que “los productos animales causan más daños que los [que generan] minerales de construcción como arena, cemento, plásticos o metales. La biomasa y los cultivos para animales están dañando los combustibles fósiles”. Añade que “la agricultura, en particular la carne y los productos lácteos, representa el 70% del consumo mundial de agua dulce”.
Cabe preguntarse si criar, promover el consumo y consumir animales y sus derivados no implica apoyar prácticas suicidas porque para “producirlos” hay que seguir talando bosques nativos y, con ellos, matando cientos de ecosistemas y miles de especies. También significa seguir contaminando el aire y utilizando millones de cm3 de agua dulce. Nos dice la FAO que para “producir” un kilo de carne, dependiendo del animal, se necesitan entre 4.300 y 15.000 litros de agua, y para sacar un litro de leche se requieren 1000 litros de agua. En cambio, un kilo de lentejas necesita tan solo de 23 litros, 450 el del maíz y 840 litros una jarra de café.
Resulta extraño, además, que semejante daño ambiental generado por estos negocios no se corresponda con un descenso del número de personas que padecen hambre. Al contrario. En “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2018”, la FAO alerta sobre el empeoramiento de los índices “en América del Sur y en la mayoría de regiones de África”. En 2017, advierte, 821 millones de personas sufrieron hambre en el mundo. Es paradójico porque cada año aumenta el número de animales criados para consumo humano y sus derivados, así como las ganancias producidas por estos negocios.
Cabe preguntarse, entonces, por qué un asunto tan central en el debate sobre emergencia climática y medioambiental, y que está relacionado con la justicia intergeneracional, la agricultura, la soberanía alimentaria, y el cuidado de bosques, selvas y mares, por mencionar unos cuantos temas tratados en la COP25, no se le da la importancia que merece, no se le nombra, pareciera que no existe. ¿A quiénes pertenecen los negocios mundiales de producción de carnes y sus derivados? ¿Por qué los gobiernos siguen subvencionando estos sectores? ¿Por qué nos resistimos a hablar sobre nuestra responsabilidad individual, ésa que empieza en nuestro plato? ¿Qué hay detrás de un silencio tan clamoroso?
*Artivista cartagenera antiespecista.