Sentada sobre una piedra, Yolanda observa a los infantes de marina cavar los cimientos de su nueva casa. Para ella no se trata sólo de un techo donde pasar sus siguientes años, lo cual ya es bastante ganancia. La construcción de esta vivienda le simboliza un renacer, una nueva oportunidad para vivir con esa tranquilidad que le ha hecho falta durante casi toda su existencia.
Hace tres meses salió de la cárcel San Diego, en donde pagó una condena de cuatro años por expender drogas ilícitas. No fue la primera vez que estuvo tras las rejas por el mismo delito, pero sí la sentencia más larga que debió cumplir.
Y aunque estuvo privada de la libertad por más de mil días, ese período de tiempo marcó un nuevo comienzo para ella. Fue en este lugar donde conoció verdaderas amigas. “Se portaron super bien conmigo, me cuidaron cuando estuve enferma y aunque la reja a veces le daña la cabeza a uno, me sentí en familia”, expresa.
En el interior de la cárcel nació, también, la idea de construirle una casa. “En el proceso de resocialización de las reclusas nosotros le hacemos visita domiciliaria a la familia, en el caso de Yolanda, además de que no encontramos a nadie, nos conmovió la forma infrahumana en la que vivía en un cambuche de madera y plástico. Nos dimos cuenta que cuando saliera libre no iba a encontrar un hogar y lo más seguro, es que debido a eso, volvería a delinquir, así que nos pusimos manos a la obra y encontramos apoyo en el comandante del Bafim 3 de la Infantería de Marina, el coronel Adrián Ivanot Dávila, con quien siempre hemos contado en las actividades recreacionales que hacemos en el penal. Él aportó los materiales y la mano de obra para hacer real este proyecto”, relata Manuel Meza, director de la Cárcel Distrital San Diego.
Las cicatrices del corazón
Yolanda escucha atenta al director de la cárcel femenina y cuando éste termina de hablar, muy solemne dice: “para mí no es fácil hablar de todo esto, tengo que llenarme de mucha fuerza porque me dan ganas de llorar”. Sus recuerdos se remontan a las golpizas que le daba Pablo*, el papá de su hijo e hija y señala varias partes de su cuerpo. “Esta marca en la frente fue de un vaso de licuadora que me tiró. Mire como tengo mis piernas inflamadas por las varices de tantas patas que me dio. Estuve embarazada seis veces y cuatro me los mató en la barriga a punta de empellones, patas y palo”, expresa.
Yolanda nació hace 48 años en Guataca, un pueblo cercano al Banco (Magdalena), en una familia de seis hermanos, a la que contribuía vendiendo agua, chica, avena. A los 14 años, su único hermano varón se la trajo para Cartagena, aquí se suponía que encontraría una mejor vida.
Los primeros meses lo trabajó en un restaurante y luego en una casa de familia. Fue, entonces, cuando conoció a Pablo, quien todas las tardes pasaba vendiendo pan.
“Nos hicimos amigos y me pintó pajaritos en el aire. La señora de la casa me decía que no me fuera a vivir con él porque no me convenía, pero cuando uno está enamorá no oye consejos. Desde el primer día que empezamos a vivir ese hombre comenzó a maltratarme. El problema de él es el vicio, cuando se ponía como loco a pegarme yo salía corriendo por las calles de Olaya donde vivíamos y varias veces me le fui, pero él me iba a buscar a donde yo me metiera. Así aguante 20 años porque yo no quería que mis dos pelaítos vivieran sin el papá”.
La primera vez que Yolanda cayó presa vivía con Pablo en una casa en la Piedra de Bolívar, donde tenían una tiendecita. “La policía nos encontró media libra de marihuana detrás del mostrador”, recuerda.
Recobró la libertad gracias a un abogado al que dice le pagó una cantidad grande de dinero. Superado ese escollo se mudaron nuevamente a Olaya Herrera. “No recuerdo cuántos años viví en esa casa, pero ahí pasé toda clase de penurias, todo tipo de maltrato hasta que un día Pablo me botó a punta de planazos de machete. Me fui con mis hijos pequeños para la calle, en el día vendía tomate y cebolla en el mercado de Bazurto y de noche dormíamos en la terraza de cualquier casa. Mi hermana varias veces me dijo que me fuera para su casa, pero no quise porque de pronto Pablo fuera a hacerle un daño”.
A su morada
Con las ventas en Bazurto, Yolanda compró un terreno de 6 metros de frente por 18 de fondo al final de la calle La Hebilla, en el sector Rafael Núñez de Olaya, a orillas de la Ciénaga de la Virgen, el mismo lugar donde hoy la Infantería de Marina y la Cárcel de San Diego le construyen su casa.
“Cuando me mudé para acá, esto era puro fango, lo rellené a punta de basura y piedra. Compraba dos mil o cinco mil pesos de ripia de madera y plástico. Cuando llovía demasiado, la señora que me lo vendió me daba refugio en su casa”.
Sus hijos no vivieron esta etapa con ella porque decidieron regresar con su padre.
Precisa que el deseo de mejorar las condiciones de su vivienda la llevaron a volver al expendio de alucinógenos. “Vi en eso una forma de ahorrar dinero en menos tiempo para hacer mi casita de material, pero en vez de eso caí presa”.
Son varias las veces que, en medio del relato, se le entrecorta la voz a Yolanda y repetidamente se lamenta que sus hijos hubieran vivido esa realidad. “Hoy día no cuento con ellos. Mi hijo en la calle conoció malas compañías y mi hija se avergüenza de mí”, dice con profunda tristeza.
(Pablo* nombre cambiado)






