Dedicar toda la juventud al trabajo para sacar a la familia adelante es verdaderamente admirable. Pero cuando todos esos esfuerzos no son valorados ni recompensados la tristeza y la impotencia acaban con la dignidad de cualquier persona.
Este es el caso de Ramón Ciriaco Viaña Ortíz, un cartagenero que desde los 23 años de edad comenzó a trabajar en una panadería suministrando en grandes cantidades la materia prima a los panaderos, después, guardaba ese trabajo en cuartos muy fríos y de ahí pasó a hornear panes día y noche. Así durante 17 años, hasta que su salud se fue perjudicando debido a los cambios bruscos de clima, a la harina y los químicos con los que trabajaba.
Sin embargo, continuó con su labor sin prestarle mayor atención a los malestares que sentía. Hasta que en el año 2000 sintió fuertes dolores en el pecho que lo obligaron a ir al hospital y fue ahí cuando comenzó el drama de este hombre. Luego de varios exámenes le diagnosticaron obstrucción aguda en las vías respiratorias y le prohibieron definitivamente seguir trabajando en el área de panadería.
Ramón luchó en la empresa para que lo cambiaran de puesto y aseguró que nunca lo quisieron reubicar. Con el tiempo le cancelaron el contrato y desde entonces nunca más pudo volver a trabajar, porque su estado de salud no se lo permitió.
SU FAMILIA
Ramón tiene 48 años, su familia está compuesta por Natalia Díaz, su esposa, y cuatro hijos: dos niñas de ocho y 15 años y dos varones que nacieron con distrofia muscular, una enfermedad congénita e incurable.
El mayor de los varones falleció hace dos años por falta de un buen tratamiento para controlar esta enfermedad, además se vió afectado por una fuerte neumonía y desnutrición. Y el menor, que tiene 13 años, se ve cada día más afectado por la misma afección múscular.
“Mi hijo mayor falleció esperando tener otras oportunidades para mejorar su salud, una buena alimentación y una vivienda digna”, dijo la mujer con los ojos llenos de lágrimas.
Natalia nunca ha podido trabajar porque se dedicó a llevar la batuta sobre sus hijos, especialmente con los que necesitan cuidados especiales, y desde que su esposo dejó de trabajar padecen grandes crisis económicas, físicas y morales.
Todos están en un grado de desnutrición grave, viven en el barrio Camino del Medio en una casa que se inunda cada vez que llueve, rodeados de ratas, basura, mosquitos, con hambre, angustia y en mal estado de salud.
EL REBUSQUE
En medio del sufrimiento, Natalia y Ramón hacen cualquier cosa para ayudarse, a veces venden bolsas de basura, pero no es suficiente. Explicaron que las niñas no pueden ir al colegio porque en ocasiones no desayunan o no tienen para comprar los cuadernos, ni los uniformes, ni mucho menos para pagar la matrícula.
“El capital que teníamos para comprar y vender las bolsas de basura lo gastamos en la medicina del niño que está en silla de ruedas”, dijo Natalia.Agregó que sólo cuentan con la ayuda de algunos vecinos cuando les dan algo de comer o les ayudan con medicinas.
“QUEREMOS TRABAJAR”
Natalia solo pide que alguien de buen corazón le dé la oportunidad de trabajar a ella y a su esposo en un horario flexible donde se turnen para que alguien cuide en casa a su hijo en condición de discapacidad mientras las niñas van al colegio.
*Daniella Cardales
