Morti Mer Carrillo Berdugo, de 76 años, recuerda todavía con horror la madrugada de 1998, cuando un grupo de hombres, que por primera vez veían sus ojos, llegó a la finca donde vivía con su esposa y sus dos hijas menores de edad.
“Fue cruel, pero afortunadamente sólo perdí los dientes”, expresa este hombre antes de empezar a relatar su encuentro, cara a cara, con la violencia.
“Era la una de la madrugada aproximadamente cuando llegaron al rancho, en La Cansona (El Carmen de Bolívar) donde yo cuidaba un ganado de mi suegro y cultivaba yuca, aguacate, maíz y ñame. Nos levantaron de la cama a empellones. A mi mujer y a mis hijas les dijeron que se fueran y a mí me amarraron a una silla. Me preguntaron si yo conocía a la guerrilla, les respondí que no; me preguntaron de quién era el ganado, les dije que de mi suegro. Las contestas como que no les gustaron y me sacaron todos los dientes con una pinza, me amenazaban con cortarme en pedacitos con una motosierra, pero sólo me hicieron una cortada en el hombro derecho. Esa noche mataron a varios. Los cuerpos fueron llevados a la cabecera de El Carmen de Bolívar, fue allá que se dieron cuenta de que yo todavía estaba vivo y me llevaron al hospital, me salvaron el brazo y pude recuperarme”, refiere Morti Mer Carrillo.
Aunque suene cruel, lo sucedido en el campo fue sólo el inicio de la tragedia. Por cinco años, este hombre deambuló de casa en casa, de pueblo en pueblo. A donde le ofrecían una morada y él veía una posibilidad de trabajo iba, pero no lograba despegar. Se vio obligado a pedir en los buses, a vivir la separación con su esposa y sobre todo a reconocer, a las malas, una vida de miseria y de sentirse recostado.
En el 2008 un conocido lo guió hasta la oficina de atención al desplazado en Cartagena. Fue cuando empezó a recuperarse.
“Allí nos dan muchos consejos, nos hacen terapias para olvidar las cosas desagradables y nos enseñan a trabajar en actividades distintas a las que estamos acostumbrados en el campo. El Gobierno me dio una casa en el barrio Juan Pablo Segundo, ya mis hijas crecieron y se casaron, ahora vivo con otra señora y nos dedicamos a vender comida en el barrio. No es que ganemos mucho, pero al menos ya vivo tranquilo”.
Morti Mer Carrillo, es uno de los 200 desplazados por la violencia certificados académicamente este viernes por la Secretaría de Interior Distrital y la Escuela Taller, tras recibir capacitación en ideas de negocio, mercadeo y contabilidad. Como él, cada uno de los congratulados en tal acto, tienen una historia lamentable que contar, una historia que superar, una nueva oportunidad en la vida para aprovechar.
UNA NUEVA VIDAPara Nelly Castillo, de 43 años, este certificado simboliza la esperanza de que el 2014 sea un año próspero y dinámico. Lo único que desea es una oportunidad de trabajo. Su experiencia con los grupos armados ilegalmente la vivió en el Urabá antioqueño, donde vivía con su madre en un caserío. Tenían años de cuidar una parcela en la que criaban gallinas, patos y cerdos, pero una madrugada fueron visitadas por seis hombres que no se identificaron, sólo llegaron amenazándolas y maltratándolas.
“Yo no me atrevo a decir de qué grupo eran porque no lo sé, nos dijeron que no querían mujeres sapas en la zona. A mi madre, que era una señora de 50 años, la golpearon fuerte y la obligaron a matar unos animales para que les cocinara, pero cuando estuvo la comida le dijeron que ellos no querían nada”, cuenta Nelly. Ese mismo día, las dos mujeres empacaron sus pocas cosas y se marcharon hacia Sincelejo, donde se emplearon de muchachas de servicio. Con el tiempo regresaron al campo, pero no fe igual. “Nos ofrecieron cuidar una tierrita, pero ya no teníamos animales ni nada, estábamos pasando hambre hasta que un amigo nos recomendó venirnos para Cartagena”, expresa Nelly Castillo.
A esta ciudad llegaron en el 2005 a la casa de una conocida en El Pozón. Como la mayoría de desplazados, al principio estuvieron de casa en casa hasta que por intermedio de la oficina de atención al desplazado, ella y su madre recibieron una casa en Villa Estrella, donde actualmente viven y se sostienen con la venta de comida. “Nosotras no nos varamos, trabajamos en lo que nos salga. No tenemos lujos, pero si un sitio aseado y organizado”, expresa.
UN ACTO SENCILLO Y SIGNIFICATIVO
El acto de certificación se llevó a cabo en el salón Vicente Martínez de la Alcaldía de Cartagena. Fue sencillo y corto, pero muy significativo. Los rostros sonrientes de los beneficiados son una muestra de la pasión de los colombianos por la vida.
“Nos sentimos complacidos con este logro. Son muchas las víctimas de la violencia que deben abandonar sus tierras a una edad en la que ya no les dan trabajo y, además, con pocos conocimientos para desempeñarse en actividades citadinas. El acompañamiento que le damos a ellos les resulta valioso porque los ayuda a incorporarse en la vida laboral de la ciudad”, comenta María Elena Vélez, secretaria del Interior distrital.




