Paulatinamente, el barrio Lo Amador se ha ido convirtiendo en un compendio de calles solitarias y puertas cerradas, donde los únicos ruidos que se escuchan pertenecen a las actividades de los talleres de automotores que se han apoderado de las dos primeras calles.
Hay negocios de varios tipos en la entrada principal, que es la más cercana a la Avenida Pedro de Heredia, pero los talleres de carros y motos, junto con los almacenes de repuestos, son los que más abundan en lo que a la fuerza se ha ido transformando en una zona comercial, cuando hasta hace unos pocos años era netamente residencial.
“También son un peligro esos talleres --dice Leobaldo Martínez Huertas, el presidente de la Junta de Acción Comunal--. Todavía no ha muerto nadie, pero podría pasar. El otro día hubo una emergencia y el carro de bomberos no podía ingresar por ninguna de las calles principales que son la Sucre, 7 de Agosto y 12 de Octubre; y lo mismo cuando debió salir del barrio”.
De acuerdo con Martínez Huertas, quien es uno de los líderes comunales más jóvenes que ha tenido el barrio, no es esta la primera vez que la dirigencia cívica ha tratado de resolver las dificultades con los talleres, pues hasta el año pasado se hizo una campaña con la Gerencia del Espacio Público del Distrito, se pintaron avisos de prohibido parquear en las vías, que los talleres acataron por unos cuantos días, pero en las semanas subsiguientes continuaron con el desorden.
“Eso significa que lo que que falta es más presencia y más mano dura por parte de las autoridades”, afirman los líderes comunales, mientras los propietarios de los talleres no se conforman con usar sus propios predios para trabajar en los carros de sus clientes, sino que también utilizan las calles como parqueaderos y extensiones del negocio, sin importarles las dificultades de movilidad que provocan.
El fin de semana pasado, el barrio celebró 102 años de existencia con la presencia y la colaboración de la Policía Metropolitana de Cartagena y del Gobierno Distrital, pero la preocupación que siempre estuvo en el tapete fue la reducción escalonada de la buena convivencia que fue orgullo de los fundadores del barrio.
“Esa falta de buena convivencia –explican los moradores-- no es más que la natural consecuencia de la creciente inseguridad que se ha ido apoderando del barrio en los últimos años. Ahora todo el mundo pasa encerrado, nadie se sienta en las esquinas a echar cuentos en las tardes y en las noches, porque el temor general es que de pronto pueden aparecer bandidos en moto y armados arrebatando celulares, carteras y todo lo que consideren de valor”.
Los propios afectados aseguran que los forajidos no pertenecen al barrio, sino que se trata de fleteros bien organizados y procedentes de otras zonas de la ciudad.
“En este barrio sí tenemos jóvenes desorientados, quienes los fines de semana no pueden tomarse unas cuantas cervezas porque terminan agrediéndose verbal y físicamente, pero atracadores en moto no tenemos. Esos vienen de otros lados”, señalan los vecinos.
Otros consideran que el crecimiento de la delincuencia es alimentado por la poca presencia de la fuerza pública en el sector, “porque nosotros pedimos ayuda a la Policía y lo que nos mandan es una moto con dos agentes, quienes, mientras están vigilando en las zonas comerciales, los fleteros están atracando en las calles pegadas a las estribaciones de La Popa. Por eso pedimos que nos pongan un CAI permanente, para ver si reducimos o acabamos con tanto atraco”.
En los últimos años el llamado “Barrio plateado por la luna”, por tener sus primeras tres calles invadidas de locales comerciales, ha ido creciendo hacia las estribaciones de La Popa, exactamente en el sector Loma del Rosario, donde tradicionalmente residían las familias de escasos recursos, que reciben la energía eléctrica de parte de la firma Energía Social.
Unos años atrás esas zonas semi enmontadas se hicieron tristemente célebres por guardar en su seno una pandilla cuyos miembros se hacían llamar “Los 70”, pero que en la actualidad no existe, según los líderes comunales, aunque no ocultan que los problemas con los expendios de droga al menudeo persisten en esas comunidades.
“Por esa razón –cuentan-- la lucha cívica está encaminada a involucrar a los jóvenes en actividades deportivas, culturales y lúdicas, pero reconocemos que necesitamos la ayuda tanto de entidades públicas como privadas, porque nuestros recursos no siempre son suficientes para una empresa como esa”.
Desde 1914, cuando Lo Amador fue instituido como barrio, los fundadores celebraban religiosamente las fiestas del 6 de Enero o 6 Reyes, dentro de las cuales se incluía el aniversario del barrio, pero las sucesivas juntas de acción comunal decidieron desligarlas y trasladarlas al 30 de enero, con el fin de conseguir aportes de las Administración Distrital, “porque un 6 de enero significa inicios de gobierno y las gestiones monetarias apenas se están incorporando”, dice Leobaldo Martínez.
