El sector La Matuna es una cuchilla que divide al Centro Histórico de Cartagena en dos partes: a un lado están la avenida Venezuela y el barrio San Diego. Y en el otro, la avenida Daniel Lemaitre y el barrio Getsemaní.
Arranca desde el sector Puerto Duro y termina en lo que hoy es el Banco Popular.
Hace más de cincuenta años estaba poblado por una muralla, un caño llamado San Anastasio y varios humedales sembrados de juncos y otras especies vegetales.
Más adelante se derrumbaron las fortificaciones, soterraron el caño y los humedales, y nacieron planicies que sirvieron para organizar campeonatos de béisbol en los que se batían los mejores jugadores de San Diego y Getsemaní; y, de vez en cuando, los provenientes de los barrios de los extramuros.
Llegó otro después. Algunas mentes “progresistas” pensaron que esos terrenos podían destinarse para que fueran el epicentro financiero y comercial de Cartagena, dentro del cordón amurallado.
Escalonadamente se fueron levantando edificios que funcionaron como bancos, entidades estatales y privadas, almacenes y hasta espacios residenciales.
Hoy, cuando proliferan los centros comerciales y las entidades bancarias, algunas voces afirman que la vieja pretensión de que La Matuna fuera el Wall Street de Cartagena se frustró; y en cambio lo que está progresando es una “bazurtización” que amenaza con arropar a todo el Centro Histórico.
Rafael Camacho Castillo, el presidente de la Asociación de Vecinos del Centro de Cartagena (Asocentro), es uno de los que consideran que la falta de autoridad y el poco sentido de pertenencia de gobernantes y transeúntes vienen incentivando el caos que ahora reina en La Matuna.
El robo del espacio público por cuenta de las ventas informales, los transportes ilegales y los parqueos arbitrarios ponen su cuota en esa degradación urbana, que toma fuerza con el taponamiento de los drenajes pluviales y sanitarios, cuyas aguas oscuras y hediondas se lucen en los meses de las tempestades, no importando si hay o no oleadas de turismo.
No obstante, no todo son inconformidades. Hay algunos románticos que sienten que La Matuna es un paseo peatonal bendecido por las sombras de los edificios y por la brisa del mar cercano, sobre todo en las mañanas o en las tardes moribundas de sol. Allí confluyen todas las cartagenas posibles. Y eso hablaría bien de la salud de los discursos de integración que esgrimen algunos idealistas.
Esos mismos prefieren ignorar el peligro que representan algunas edificaciones abandonadas, cuyos fragmentos, una que otras veces, se caen a pedazos, anunciando una futura desgracia con la cantidad de gentes que apretujan los callejones y hasta los espacios de la conversación citadina.
Insisten las primeras voces en que los malos olores que se desprenden de los registros mal acondicionados tienen poco de románticos, lo mismo que los charcos y los verdines afincados frente a Puerto Duro y en la plaza Benkos Biohó.
Esta última con sus cloacas llenas de basura y barro, de donde surgen nubes de mosquitos infecciosos que atosigan a los conserjes de los hoteles y a los comensales de fondas y cantinas al aire libre.
Dicen que en la noche La Matuna tiene otro comportamiento. A medida que se va apagando lo fulgurante del comercio, las sombras crecientes que aporta el mezquino alumbrado sirven para ocultar repentinas efigies de la calle: una mano que raponea, andrajos que se movilizan a lo furtivo, ratas que exponen la vida a grandes velocidades, borrachos prolongando el regreso a casa, una fila de taxis que no se desintegra, un ruido moribundo, un caos que espera. Y desespera...




