Viendo la agilidad, la risa y el brillo de los ojos, nadie creería que a *Olivia le estirparon un riñón, además de que respira únicamente con los fragmentos de pulmones que le han quedado después de varias intervenciones quirúrgicas, tras las metástasis que produce el cáncer que padece.
Tiene solo diez años. Es delgada, pálida y de cabello rubio. Todo el tiempo está corriendo y riendo, pero su risa fue mucho más expansiva cuando le comunicaron que su sueño más preciado se haría realidad: visitar México.
Lo deseó desde que le diagnosticaron el mal y desde que se volvió aficionada a la serie televisiva “La rosa de Guadalupe”, donde veía que los problemas más intrincados de los protagonistas se solucionaban con una profunda oración a la santa señora, un halo de luz y una rosa blanca cayendo desde el infinito.
“Quisiera que a mí también me cure la virgen”, le dijo a su madre, quien varias veces la vio arrodillada orándole a la patrona de los mexicanos. Pero cualquier día su deseo fue más allá: dijo que necesitaba ir a México a implorarle a la señora de los milagros en vivo y en directo.
Eso lo supieron los directivos de Fundevida (Fundación Esperanza de Vida), quienes emprendieron las gestiones con los donantes, y así se materializaron las aspiraciones de Olivia. Viajó a México, visitó el santuario, pidió por su salud y la de sus compañeros y volvió a Cartagena aún pellizcándose, para tener la certeza de que no era un sueño más.
Quienes la ven saltando y riendo creen que de verdad la virgen hizo el milagro, como también quisieran que lo vivieran los niños que están a punto de abandonar la vida de juegos y cariños que llevan en la Fundación. Allí se tejen historias dolorosas y de superación.
Por ejemplo, a *Marina, de 9 años, se le murieron, uno tras otro, cinco de sus mejores amigos, por lo cual empezó a creer que no debía relacionarse con nadie más, porque a todo el que le entregaba su cariño al poco tiempo moría. Las psicólogas debieron someterla a varias terapias de restablecimiento moral para que interiorizara que la muerte es un proceso natural que nada tiene que ver con las relaciones interpersonales.
También se escuchan historias de niños que han superado el cáncer, gracias a las constantes ayudas de los donantes y los centros médicos, los cuales permitieron que los otrora enfermos ahora sean exitosos profesionales, deportistas, maestros o artistas, que siguen vinculados al grupo de amigos de Fundevida.
“Estos niños no saben que van a morir”, dice Nacira Villadiego Ulloa, quien lleva 18 años dirigiendo Fundevida, que empezó en el Hospital Bocagrande, luego pasó al barrio Getsemaní, después a Marbella y, desde 2007, funciona en el barrio Zaragocilla, a orillas de la avenida del Consulado, al lado de la Universidad de Cartagena, sede Piedra de Bolívar.
“Los niños no tienen conciencia de la muerte –prosigue la directora--, precisamente porque son niños; y porque aquí se les provee de lo necesario para su manutención, sus tratamientos, sus hospitalizaciones y para que se sientan felices, como en casa. Tenemos muchas necesidades, pero, gracias a Dios y a los buenos corazones, las podemos suplir. No nos sobra el dinero, pero lo que llega se invierte. Nos sostenemos con el programa de apadrinamiento de niños. Tenemos eventos sociales donde la gente se vincula obteniendo un bono. Recibimos donaciones de colegios, universidades, empresas privadas, hoteles, almacenes y parroquias”.
El aposento es sencillo, pero acogedor. Desde la entrada se percibe la presencia de la luz del sol entrando por la parte trasera. Hay un jardín con arbustos de flores rojas, una sala de espera y, más adelante, un comedor de mesas de plástico y de madera, donde se reúnen funcionarios y pacientes a compartir las comidas y las meriendas, que salen de la cocina construida en un espacio casi que subterráneo, pero igualmente placentero.
Más allá están los salones comunitarios dotados de camas y estantes para los niños y sus parientes, además de algunas colaboradoras que también lidian a los enfermos en los ratos de ocio. Algunos de los pequeños huéspedes lucen sin restricciones sus cabezas rapadas o sus miembros mutilados, como si nada en el mundo estuviera pasando.
En el patio de la casona se levantan varias piezas que fungen de despachos administrativos, baños y talleres donde se guardan juguetes, elementos didácticos y se fabrican enceres de dormitorio que se ponen a la venta para alimentar los fondos de la Fundación.
Desde el segundo piso se divisan un plafón y unos cuartos en obra negra, que constituyen la actual preocupación de Nacira Villadiego y sus trabajadores.
“Ahora hay que buscar dinero para sostener Fundevida y para cumplir la normativa del Gobierno Nacional. Se trata de la Resolución 1440 de 2013, que exige que los albergues para los niños con cáncer deben tener unas características especiales. Por ejemplo: no pueden ser pabellones y cuartos comunales sino habitaciones con solo dos camas-nichos con baño interno, donde quepan la madre y el niño. El comedor y todos los comportamientos de la casa entran en esa exigencia de las características especiales. Si no cumplimos con esa normativa, nos exponemos a que nos cierren el albergue”.
Debido a que se están construyendo dos nuevos pisos, el albergue necesitará de la instalación de un ascensor, para facilitar la movilidad de los niños amputados, con discapacidades en las extremidades inferiores o en sillas de ruedas; en fin, pacientes para quienes son imprescindibles las rampas y los ascensores, mas no las escaleras.
“La construcción comenzó este año, pero desafortunadamente tuvimos que parar, porque se nos acabó el dinero. Sin embargo, logramos hacer un plafón y cuatro habitaciones entre los dos pisos que tendrá la nueva edificación”.
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Después del almuerzo, los niños cargan sus pequeñas sillas de colores y se reúnen en la oficina de la directora, para escuchar la disertación del escritor cartagenero Carlos Colón Calado, quien les habla de “Mariestrellas”, su libro de relatos infantiles, donde se retratan los sueños de los niños y los valores primordiales entre los seres humanos.
“Nunca olvidaré sus rostros”, les dice Colón Calado cuando finaliza su charla. Los niños recogen nuevamente las sillas de colores alegres y se mudan para el patio donde se exhiben grandes pendones con el nombre y las bondades de la Fundación.
Allí se disponen a escuchar las aventuras de Oliva llegando al país azteca, donde la esperaban la virgen de Guadalupe, las rosas blancas y un halo de luz... como el que se cuela a través de las hojas de las plantas que adornan el patio.
*Nombres cambiados.


