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Cartagena

[Crónica] Periodista cartagenera cuenta cómo es una cuarentena en Madrid

La periodista cartagenera Ledy Armírola Garcés, quien realiza un doctorado en España, relata cómo ha sido el aislamiento obligatorio en la capital del país ibérico debido al coronavirus.

[Crónica] Periodista cartagenera cuenta cómo es una cuarentena en Madrid

Así se ve hoy la calle Antocha, una de las vías principales de Madrid, cuando en un día normal la congestión vehicular es de grandes proporciones. //Cortesía

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El 14 de marzo el Gobierno de España decretó oficialmente el estado de alarma en el país como medida para contener el coronavirus. Hasta ese momento, había 5.753 contagiados y tan solo 136 fallecidos, muy de lejos a los más de 20 mil muertos que anuncian hoy las cifras oficiales.

En Madrid, una capital despierta, activa, multicultural y llena de vida, el temor por la propagación del virus y una cuarentena extendida apagó poco a poco el entusiasmo por salir a tomarse el café en las mañanas y comerse una tapa en compañía de buenos amigos en alguno de los populares bares la ciudad. En su lugar, se observan soledad en sus calles, discretas filas donde la gente guarda distancia para entrar al supermercado y perros moviendo la cola en los parques vacíos, donde antes sonaban las carcajadas de los niños.

(Lea aquí: Colombia superó los 5000 casos de COVID-19, van 206 en Cartagena)

Antes de la cuarentena la incredulidad dominaba nuestros pensamientos. La paranoia colectiva, la compra excesiva de papel higiénico, de comida y hasta de bebidas, fueron acciones exageradas, objeto de burlas, señalamientos, memes y videos de todo tipo. Con los días las risas pasaron a ser casi un silencio sepulcral, nadie pensó que el virus fuera a atacar con tanta fiereza a los habitantes de esta ciudad, ni a ensañarse con los queridos abuelos.

Quienes entramos en cuarentena, empezamos a contar los días para saber si portábamos el virus. Al quinto día apareció la tos seca, y al séptimo sentí en el cuerpo una gran debilidad. ¿Coronavirus? No lo sé, los casos en toda España aumentaban exponencialmente y a menos que presentaras síntomas graves, la orden era quedarse en casa, no ir a los hospitales y tomar todas las medidas de higiene posibles, guiada por una llamada. Sin la aplicación de una prueba y sin la certeza de tener el virus, lo que queda es el autoaislamiento.

La incertidumbre de no saber si tienes el virus pesa tanto como la enfermedad, porque asumes que lo tienes y de ahí en adelante hasta que desaparezcan los síntomas o empeores, en el peor de los casos, comienzan a contarse las horas que se van entre tomarte la temperatura y limpiar todo milimétricamente para no contagiar a nadie.

Al mismo tiempo, tienes que lidiar día y noche con el sonido casi surrealista de las sirenas de las ambulancias, que suenan y suenan como un recordatorio permanente de que la muerte ronda ahí afuera y hay personas luchando por su vida con la esperanza de regresar a sus casas.

Hasta hace unas pocas semanas muchos de esos pacientes solo pensaban en que se acercaba el buen tiempo y podían sentarse a compartir en las terrazas.

El silencio de la espera es interrumpido cada noche a las ocho por los estruendosos aplausos que los madrileños desde sus balcones y ventanas hacen como homenaje a los sanitarios que están trabajando en los hospitales.

Es un sonido estremecedor, que hace temblar, pero no de miedo, sino de esperanza. Un sonido de agradecimiento, de cariño, por esos valientes que trabajan sin descanso.

Quizás el 2020 no sea el año para disfrutar plenamente de la primavera que ahora abraza a España. Pero con toda certeza, por dentro nos están florecido nuevas ideas, nuevas formas de apreciar la vida y de comprender cómo algo tan diminuto como un virus puede derrumbar en cuestión de días los grandes muros que se construyen como excusa para no vivir plenamente la vida. Las terrazas están vacías, pero muchos corazones están llenos.

Después de tres semanas desaparecieron mis síntomas.

Estas son algunas de las filas que se arman en las entradas de supermercados en Madrid. //Cortesía
Estas son algunas de las filas que se arman en las entradas de supermercados en Madrid. //Cortesía
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