En la cultura hispánica se hablaba mucho de la masculinidad del conquistador. Del macho que escupe, que gana con gallardía. Un semental que suda litros, traga sin masticar y toma el control, cual bestia ardiente.
Este macho valía por tres cosas: su reputación, su palabra y su sangre. Perder una de estas era negar toda posibilidad de gloria. Y ¡ay! de aquel con una masculinidad cuestionable. De aquel que dejara entrar agua a su canoa.
Este macho aún se preserva en ciudades del Caribe. Es apreciado a la vista de todos y hace parte del espacio público. Estos machos son estatuas que no cierran los ojos; observan cómo algunas cosas siguen sin evolucionar del todo.
La pelea en la Aduana vista por Colón
La estatua del macho que les hablo fue testigo de una escena escandalosa.
Todo comenzó cuando un adulto mayor iba caminando tan campante por la Plaza de la Aduana. Iba con sus gafas oscuras, con una botella de agua en la mano y una guayabera ligera para espantar el calor. La escena parecía tranquila hasta que otra figura irrumpió en el encuadre. La cámara ya estaba grabando. La figura se le acercó al señor y le picó en las nalgas.
Al principio sonrió; a lo mejor pensó que era de esas cosas inadvertidas e inocentes que ocurren sin querer. Pero cuando vio el rostro del hombre que lo “timbró” se enfureció. Lo identificó, era un rostro conocido. Le gritó. Lo tildó de bisexual. Pero con cierto disimulo recuperó la compostura y siguió caminando.


La cámara siguió enfocándolo. Inmediatamente se le acercaron otros hombres que lo saludaron con cortesía… pero estos no tardaron en lanzar el siguiente dardo: “¿Usted por qué se deja agarrar el jopo, si usted es varón?”. A lo que respondió: “El jopo te lo dejas coger tú, marica”. Se había dado cuenta de que estaban grabando. Pero era tarde, porque el mismo sujeto lo sorprendió nuevamente y le picó en el trasero.
El adulto mayor no se pudo contener. Ahí se dio cuenta de que era víctima de una agresión, pero atravesado y enceguecido por la misma masculinidad hegemónica, persiguió a aquel hombre por toda la plaza mientras le gritaba “maricón”. Al mismo tiempo se burlaban de él gritándole: “Todo el que se deja agarrar las nalgas es mariquita”.
Qué ironía que el episodio ocurrió frente a la estatua de Cristóbal Colón. El monumento del hombre que dio inicio a una era de imposiciones y jerarquías observa ahora cómo, cinco siglos después, la masculinidad violenta sigue haciendo de las suyas usando la lógica colonial: territorio + jerarquía + dominación. Lea también: “¿Crees que somos prostitutas?”: usuarias se quejan por operativos en la Torre del Reloj
Y esto no es fortuito. Porque el androcentrismo (visión del mundo centrada en el punto de vista masculino) sigue instaurado en la forma en que se relacionan algunos hombres del Caribe. Hay quienes llaman “herencia cultural”. Otros aseguran que lo que es ya no puede dejar de ser, y que “los hombres en la Costa somos así por naturaleza”. Pero las razones son tan complejas como preguntarse por el hecho de tener aún la estatua de Colón exhibida. ¿Dice esto algo sobre la idea de hombría impuesta?
En América Latina los estudios sobre las masculinidades tienen más de 20 años. Y apenas es que hemos comenzado a reflexionar sobre ello desde la parte académica.
Incluso, cuando se estudian las masculinidades, muchas veces el análisis sigue girando alrededor de cómo los hombres se perciben entre sí. Lea también: Mural en Getsemaní por el 25N denuncia desaparecidas en Cartagena
Según una investigación de la Universidad Autónoma del Estado de México, los estudios sobre masculinidades son realizados en su mayoría por hombres. Y todavía existe una renuencia a perder el poder al que han sido acreedores desde el principio de los tiempos.
En la región Caribe se han naturalizado prácticas de desprecio hacia las masculinidades no hegemónicas. Se ha construido el imaginario de que los hombres deben ser violentos, patriarcales, sexualmente activos con mujeres, padres de muchos hijos. Y cuando alguien no cumple esos parámetros, decide no casarse, no tener hijos, expresar afecto, no reaccionar con violencia, se pone en duda esa masculinidad.
Poco se habla de lo vulnerable que puede ser el hombre, lo cual no necesariamente debería hacerlo menos masculino.
No nos vayamos muy lejos. Hay cierta normalización de la violencia sexual cuando la víctima es un hombre. Porque si la persona agredida es una mujer la historia es otra. Se supone que a los hombres “no les afecta”, que “no pasa nada”, que “es mamadera de gallo”. Por ende, si un hombre es tocado sin consentimiento se espera que se ría o que responda con violencia. No que denuncie, porque el mandato de masculinidad les impide reconocerse como víctima.
Masculinidades heteronormativas: habla Caribe Afirmativo
Facetas conversó con Caribe Afirmativo, desde donde argumentaron que casos como estos no deben ser vistos como una herencia cultural, sino como una imposición social.
“Rechazamos como organización cualquier tipo de violencia que busque disminuir los derechos de una persona. En Colombia las agresiones motivadas por discriminación son un delito, y como tal la víctima tiene todas las herramientas para acudir a la Fiscalía, porque estamos ante un acto que la ley penaliza”.
La corporación señala que esto ocurre en un contexto preocupante, ya que cerramos 2025 como el país con mayor recurrencia de hechos de violencia motivados por prejuicios hacia la orientación sexual, identidad o expresión de género, real o percibida.
Colombia ocupa el primer lugar en la región, seguida por Brasil, México, Perú, Honduras y Argentina.
“Aquí hay dos elementos clave. El primero es entender que este tipo de violencia se llama prejuicio. En términos kantianos, el prejuicio es esa animadversión que me genera lo que otra persona es. Hablamos de orientación o identidad real o percibida porque muchas veces el agresor considera válida solo una forma de ser hombre”, explicó Caribe Afirmativo. Lea también: Exalcalde William Dau denuncia en Fiscalía al que le agarró la nalga: detalles
Y mientras discutimos si lo ocurrido en La Aduana fue provocación, una estrategia o un problema personal, Colón sigue ahí, inmóvil.
Quizá el sistema atraviesa incluso a quien sufre. Los protagonistas de aquella escena no son solamente ciudadanos con diferencias ideológicas. Más allá de ser individuos que encarnan roles sociales, el uno pica y el otro incomoda, porque probablemente no se ha desmontado todavía la estatua más pesada… esa que nos hizo comernos el cuento de que la hombría y la vulnerabilidad son como una cucharada de manteca dentro del agua.

