Cartagena despierta hoy con 493 años, sin dejar de soñar en sus 500 años. Esa antesala de siete años se ha ido forjando con transformaciones funcionales que trascienden lo paisajístico y urbanístico, y se adentra en la renovación del alma ciudadana y en la esencia cotidiana de la cartageneidad. Las nostalgias han sido conjuradas con actos que desafían el presente y el porvenir. Es la ciudad que deseamos que sea cuando llegue el 1 de junio de 2033.
Los espacios públicos se han ido recuperando con obstinado empeño de transformación, para que cada uno de sus habitantes pueda mirarse en el espejo de su propia historia y se reencuentre para reinventar el porvenir con actos, más allá de los deseos y las palabras.

Ese espejo es la vida misma que se convida en parques, calles y plazas, en las nuevas nomenclaturas de la esperanza: Parque Centenario, Nuevo Chambacú, Media Luna, Reloj Floral, Parque de Blas de Lezo, conocido como el de La Virgencita; Protección Costera, Gran Malecón, entre otros. Para que miremos esos espacios no solo como paisajes sino como historias cifradas que se han tejido cerca de cinco centurias.
El mar vuelto a mirar y vivir como infinito que nos reconcilia con las historias del pasado, con la secreta epopeya de la resistencia y la persistente búsqueda de equidad e independencia.

Al recorrer los lienzos de piedra de las murallas y las arenas del nuevo malecón, esa travesía de piedra y agua, nos llevará a la génesis, evolución y desarrollo de Cartagena de Indias que ha escrito páginas globales a la historia de la humanidad.
Ese mar con su malecón fortalecido y embellecido, es más que infraestructura, conciencia ante los desafíos del siglo XXI, con el cambio climático, erosión y riesgo costero. Es paisaje urbano y relación emocional con su borde marítimo.
El privilegio de este tiempo que vivimos es que también la ciudad empezó a contarse de otra manera, como un relato de identidades como caleidoscopios en los que podemos mirarnos todos, en el crisol del mestizaje africano, europeo y americano.

Es la narrativa que además de recordar, celebrar, también protege un patrimonio natural y cultural; decide y proyecta su presente hacia un porvenir con equidad.
En esta nuevo relato está la mirada hacia una Cartagena de Indias que no solo se piensa para el visitante sino para todos sus habitantes. Es la ciudad de la primera infancia en CDI dignos en Bicentenario, Villas de Aranjuez, Ciénaga de la Virgen y Tierra Baja; la ciudad de los adultos mayores, en sus Centros de Vida en Chiquinquirá, El Pozón y otros sectores, con atención y alimentación para una vejez digna.
La ciudadanía que por demanda histórica exigió la eliminación de peajes internos, y reclamó la recuperación de su infraestructura pública en salud en sectores como Nelson Mandela, El Pozón y Canapote.
Para la inminencia de sus 500 años, Cartagena de Indias define como urgencia de vida que atañe a todos sus ciudadanos, cómo convivirá con ese mar tan cercano y protagónico de su historia, cómo conservará y se moverá en los paisajes recuperados, qué espacios públicos defenderá, qué símbolos preservará, qué prácticas dejará en el olvido y qué ciudad entregará a las próximas generaciones.


