Cartagena Insular: así es vivir en la península de Barú

24 de febrero de 2020 12:00 AM
Cartagena Insular: así es vivir en la península de Barú
En la península de Barú, la mayoría de sus habitantes viven del mar: pesca, actividades turísticas y comercio.

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“Olvido total”. Con esa frase resumen los habitantes de Ararca, Santa Ana y Barú, la labor que históricamente ha desempeñado el Distrito en sus corregimientos, los cuales, a pesar de estar enmarcados en uno de los ecosistemas más preciosos y biodiversos del país -el Parque Nacional Natural Corales del Rosario y San Bernardo – poseen un nivel de pobreza superior al 96% en sus territorios.

Así lo reveló el más reciente informe sobre calidad de vida de Cartagena Cómo Vamos relativo a la zona insular de Cartagena, la cual está compuesta por la península de Barú y la isla de Tierrabomba.

En estos territorios, conformados por siete corregimientos (tres en Barú y cuatro en Tierrabomba), los niveles de miseria, superan el 55%, lo que representa una amplia diferencia con el nivel de pobreza extrema general de Cartagena, que según los últimos datos de CCV está en 25.9%

En la primera entrega de este especial, El Universal expone los datos correspondientes a la península de Barú (Barú, Ararca y Santa Ana). Espere la próxima semana el especial de la isla de Tierrabomba (Tierrabomba, Punta Arena, Caño del Oro y Bocachica).

I.

Un territorio apartado

Hasta hace unos pocos años, la única forma de llegar hasta Barú era por vía marítima: algunos lo hacían a través de embarcaciones, mientras que otros transportaban sus vehículos en el ferry que se encargaba de cruzarlos por el canal del Dique. En ese entonces, por todo lo que implicaba, Playa Blanca era un destino paradisíaco al que pocos se daban el lujo de llegar.

Aún lo sigue siendo. Sin embargo la inauguración del puente que en 2014 conectó a ambos territorios, propició una llegada masiva de turistas y visitantes que desbordaron la capacidad del balneario y que ahora lo tienen el ojo del huracán por parte de las autoridades y de las entidades ambientales por cuenta del desorden que hay en la playa.

Pero más allá de eso, la península contempla otros tres territorios que quizá, ante el brillo de un destino como Playa Blanca, han estado históricamente opacados en torno a la inversión que se realiza en ellos para propiciar su calidad de vida. Este es el caso de Barú, Ararca y Santa Ana, tres poblaciones en las que los servicios públicos son intermitentes, la salud es una incertidumbre y la educación es deficiente.

II.

Altos costos, baja calidad de vida

Paradójicamente, vivir en uno de estos tres corregimientos que representan a la zona rural de Cartagena, puede resultar igualmente costoso que vivir en un barrio estrato 6 de la ciudad, aspectos tan básicos como el pago de los servicios públicos y la movilidad lo demuestran.

Por ejemplo, para Naida Pérez, habitante del corregimiento de Barú, única de las poblaciones de la península que no cuenta con servicio de acueducto, el invertir entre 5 mil y 10 mil pesos diarios en galones de agua para sostener su hogar representa un golpe para su bolsillo, donde al mes, es posible que se gaste hasta 300 mil pesos en este servicio.

Esto sumado a los altos costos de la luz que a pesar de ser intermitente, porque se va sin aviso cada tanto, le llega por valores superiores a los 80 mil pesos.

Sin embargo la gran carencia que tienen en Barú, para Naida, es la que tiene que ver con la ausencia de un centro de salud, el cual les obliga a salir del pueblo cada vez que tienen alguna dolencia. “El agua al menos la traen, cara pero se consigue. Pero aquí no hay clínica, centro de salud, médico ni nada. Toca coger para Cartagena, y para allá son 30 mil ida y vuelta”, afirma. Esto sin tener la certeza de que toque pasar varios días en la ciudad para tratar la enfermedad.

III

Educación “D”

En un panorama bastante desalentador, las instituciones educativas de cada de uno de los corregimientos: la I.E de Santa Ana, la I.E de Ararca y la I.E. Luis Felipe Cabrera de Barú, presentaron los niveles más bajos de desempeño en las Pruebas Saber 11°, ubicándose en la categoría D.

De hecho, en lo que corresponde a la I.E de Ararca, esta presentó el puntaje más bajo en 2018 en comparación a las demás instituciones educativas de Cartagena y Bolívar tanto oficiales como privadas, evidenciando nuevamente la gran brecha que existe entre la educación en la zona rural y urbana de Cartagena.

[10:16 p. m., 23/2/2020] Julie González:

Según María Alejandra Cantillo, rectora de la I.E Luis Felipe Cabrera de Barú, tal panorama se debe a que los estudiantes tienen bastantes dificultades en lectura y escritura y a que no son constantes en clase. “Por ejemplo, los lunes y los viernes son días en que la asistencia baja mucho. Esto porque los viernes comienza la temporada alta del turismo y varios estudiantes ayudan a sus papás. Mientras que el lunes es el día de descanso”, afirma Cantillo.

Imagen Colegio Baru
I.E Luis Felipe Cabrera de Barú (corregimiento)

Igualmente dado que la mayoría de los padres familia viven del agua salada, es decir, viven del turismo o de la pesca, los niños crecen pensando que deben hacer lo mismo. “Piensan que tienen que trabajar en la playa, no les incumbe si salen o no del colegio porque ya sienten que tienen un trabajo asegurado ya sea en la playa, pescando, siendo guías o trabajando en un hotel en servicios generales. Ven más importante conseguir trabajo que profesionalizarse”, dice la rectora.

Sin embargo agrega que este no es el único motivo por el cual los estudiantes se ausentan. Otra razón común es que los niños se enferman constantemente por diarrea o problemas de estómago debido a que el agua que ingieren no es tratada, lo que representa un doble problema teniendo en cuenta que en Barú no hay centro de salud y les toca trasladarse para poder ser vistos por un médico.

Para Augusto Rodríguez, rector de la I.E Santa Ana, las deficiencias se deben a la falta de inversión y de acompañamiento de parte del Distrito. “Nuestro mayor enemigo es el no nombramiento de docentes a tiempo, la falta de presupuesto, que nos garanticen una real adquisición de equipos de libros y la dotación de personal idóneo”, asegura.

Sin embargo algo medianamente positivo que arrojaron los resultados de CCV es la reducción en los niveles de deserción escolar, los cuales en Ararca y Barú disminuyeron. En Santa Ana la cifra aumentó (de 7.1% en 2017 a 9.6% en 2018), pero según el rector esto se debe principalmente al flujo de estudiantes venezolanos que se movilizan constantemente por el área.

“Eso es un problema más estructural, el empleo y la falta de oportunidades en la isla, hacen que los habitantes se desplacen mucho de un lugar a otro”, dice Rodríguez.

Esto mismo propicia que haya varios estudiantes en extraedad, quienes luego de salir del colegio por un tiempo, regresan nuevamente a continuar con su ciclo educativo.

De igual forma, aseguran que no han visto apoyo en el tema de la infraestructura, teniendo en cuenta que las instituciones están en una zona donde el suelo provoca erosión y agrieta las paredes.

A las afueras de la I.E de Ararca, de hecho, está visible la valla en la que se dice que la institución es uno de los 30 planteles educativos que serán intervenidos por el Distrito para el mantenimiento preventivo de su infraestructura, sin embargo los habitantes aseguran que hasta el momento no han visto nada.

IV

Promesas incumplidas

Narcila Pérez ha vivido toda su vida en Barú (corregimiento), por lo que ha sido testigo de los avances y retrocesos que ha tenido su población en todos estos años. Sin embargo, el retraso más preocupante para ella ha sido el derrumbe del centro de salud, el cual fue demolido en 2015 para supuestamente mejorarlo. Sin embargo cinco años después en su lugar lo que hay es una estructura a medias que cada día se deteriora cada vez.

Ese es el elefante blanco más famoso de Barú: la fracasada remodelación del Centro de Atención Primaria (CAP). “Aquí ya se han muerto como dos o tres personas que se han enfermado y como no hay salud, toca llevarlas a Cartagena y fallecen el camino”, dice Narcila.

Las obras del CAP hacen parte del conjunto de mejoras que prometió el exalcalde Dionisio Vélez a la Red Pública Primaria de Salud de Cartagena, de las cuales varias siguen paralizadas y tienen en vilo a la población que pretendía beneficiarse de ellas.

Imagen Casa baru

En medio de todo ese embrollo se ha visto perjudicado Pedro Miguel Julio, un hombre oriundo de Codazzi, César que llegó al corregimiento en 2015 para ser parte de la obra administrada por el consorcio Coinses S.A, y que ante la suspensión repentina de los trabajos se quedó varado en el CAP, donde vive ahora a costas de todos los riesgos.

“Me deben 20 meses de sueldo. He estado esperando a ver quien viene por aquí y nadie se aparece”, afirma. Las obras según Julio, iniciaron en mayo de 2015 y luego de cinco meses fueron suspendidas. Posteriormente fueron retomadas en 2018 por un año y algunos meses más hasta que finalmente se paralizaron.

Imagen Obras paralizadas
Pedro Miguel Julio ahora vive en la estructura que dejaron del nuevo CAP de Barú.

La situación, que no solamente a perjudicado a Julio en cuanto a su estabilidad, y a los habitantes de Barú en torno al acceso a la salud, también ha significado un riesgo para las viviendas vecinas teniendo en cuenta que la estructura que dejaron se encuentra frágil y se ha convertido también en un foco para la concentración de enfermedades como el dengue.

Imagen Estructura
Así luce la estructura por dentro.

En Ararca, el panorama no es menos preocupante. Si bien hay un centro de salud, este sólo abre los jueves, con un médico y una enfermera, y la atención es hasta las dos de la tarde. “No lo permita Dios, pasa una emergencia otro día, y no hay a donde ir”, dice Samuel Berrío, habitante de Ararca.

Según José Villero, presidente de la Junta de Acción Comunal de Ararca, es más la gestión que se ha visto de parte de la gestión social de fundaciones de entidades privadas que del Distrito en este tema.

Y es que según los datos que obtuvo CCV, en general el estado de la Red Primaria Pública de la zona insular es deficiente.

V

Más allá de la playa

Otro de los hallazgos más relevantes que se detectaron con el informe de CCV tiene que ver con la oportunidades para el esparcimiento y la recreación que tienen sus habitantes, ya que la playa es más vista por ellos como un medio de trabajo.

Según lo que se pudo constatar tan sólo hay un polideportivo y una cancha en Ararca, la cual es bastante concurrida por sus habitantes, pero que aún así tienen algunos aspectos en su infraestructura que necesitan ser reforzados.

A su vez se evidenció que son pocas las actividades gestionadas por el IPCC que son pensadas para la península. De 436 macroeventos culturales que se llevaron a cabo en 2018, tan sólo dos tuvieron lugar en Barú y Santa Ana, lo que deja mucho que pensar en cuanto a la oferta cultural y de esparcimiento que tienen estos corregimientos.

Epílogo

Una brecha cada vez mayor

Los resultados de CCV comprobaron las grandes diferencias que existen entre la zona urbana y la zona rural de Cartagena, que claramente vive rezagada en aspectos tan básicos como el servicio de alcantarillado (ninguno de los tres corregimientos tiene), el debido acceso al servicio de salud y la calidad educativa.

Según Augusto Rodríguez, rector de la I.E de Santa Ana, lo que se requiere para tratar de equilibrar la balanza es que haya un presupuesto diferencial para la zona rural.

“Si no tenemos un presupuesto diferencial la respuesta siempre va a ser la misma, que no hay dinero. Es así como van a seguir las brechas en salud y protección. Siempre estaremos recibiendo las migajas que le sobren al Distrito y a las entidades públicas”, afirma.

Entre tanto los habitantes de estos tres corregimientos siguen subsistiendo como pueden. Del agua salada, del turismo, de la agricultura y del comercio, esto mientras esperan que en algún momento, se les preste la atención que históricamente les ha sido negada.

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