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Colombia

“El poder, ¿para qué?”

“A los colombianos nos consume la incertidumbre, sobre todo en época electoral, pues sea quien fuere el próximo mandatario, tendrá que asumir responsabilidad...”.

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En estos tiempos ariscos y explosivos conviene traer a la memoria, para no repetir errores, el dolor de patria causado por el magnicidio del ‘Caudillo del Pueblo’ Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, que prendió la mecha de la violencia que aun nos calcina. En medio del caos los colombianos de entonces escucharon la respuesta patriótica y aleccionadora del doctor Darío Echandía cuando le propusieron, ante la explosión social del ‘Bogotazo’, adueñarse del poder, obteniendo respuesta categórica que retumbó en recinto de la auténtica democracia. Echandía, liberal vanguardista, rechazó la iniciativa golpista: “El poder, ¿para qué?, solo debe asumirse cuando se obtiene democráticamente”.

Pagina dolorosa de nuestra historia que prolonga sus raíces hasta nuestros días: siete décadas después continuamos buscando soluciones a nuestro conflicto armado interno, que carcome las entrañas de la patria dejando profundas heridas, cientos de miles de viudas, huérfanos, millones de víctimas, incontables familias desplazadas huyendo con lo poco que cabe entre sus manos, enjambres de personas desaparecidas, comunidades signadas por el miedo, generaciones de niños y jóvenes reclutados, violados por grupos armados robándoles libertades y sueños.

¿Quién lo duda? Nuestra infame y vetusta violencia no nació por generación espontánea, tiene raíces en la terrible desigualdad social, abandono estatal, campos vueltos trizas o sembrados de coca para deleite de señores y señoras, de todos los estratos sociales: ellos, contentos, ponen las narices, nosotros los muertos. A lo largo y ancho de estos 70 años se intentaron diálogos y negociaciones, operaciones militares, reformas y procesos de paz, obteniéndose enclenques resultados mientras surgen nuevos grupos violentos dejando frustraciones, heridas abiertas, sin que se marchite la esperanza de vivir en el país que merecemos.

A los colombianos nos consume la incertidumbre, sobre todo en época electoral, pues sea quien fuere el próximo mandatario, tendrá que asumir responsabilidad histórica: el poder no es un premio ideológico - revanchista fomentando odios ancestrales, tampoco instrumento para acentuar divisiones. Gane quien gane las próximas elecciones en Colombia, tendrá que tomar las riendas de este país desbocado, comprometiéndose con el inaplazable compromiso de cerrar brechas sociales, fomentar cosechas de corazones generosos en un país al que le cercenaron la esperanza, cubierto de incertidumbre y violencia desbocada. La historia se repite y repite como rueda de molino: el próximo presidente encontrará un país en llamas, obligándolo a proceder con mesura y talante democrático.

Ojalá tenga éxito perdurable, quizás sea la última oportunidad que brinde nuestra enclenque democracia. Merecemos un país equitativo, líder en justicia social, educación de calidad, atención medica oportuna y eficiente, justicia fortalecida, dignificando al campesino y recuperando confianza ciudadana, que ningún niño colombiano crezca entre privaciones alimenticias y educativas, exorcizando odios y graznidos de fusiles.

Estamos hastiados de discursos incendiarios, padres y abuelos sepultando hijos y nietos acribillados por la violencia despiadada. Hemos intentado muchas veces hacer las paces y tratarnos como hermanos. Al nuevo presidente de Colombia le corresponderá asumir responsabilidad histórica inaplazable, convencido de que el poder no debe ser premio ni herramienta proselitista para afincarse en el trono, preferible imitar las prioridades de Nelson Mandela: “Educación de calidad, arma poderosa para cambiar el mundo”, y a Teresa de Calcuta: “Solo existe una manera de convertirse en héroe durante las guerras: no mates a nadie y abandona las armas. ¿Quién lo duda? El lápiz es más poderoso que el fusil, fabrica pupitres para no tener que cavar fosas ni trincheras, vota a conciencia, solo así florecerá sonriente la esperanza entre los descendientes de Aureliano Buendía.

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