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Cultural

Emery Barrios Badel: La música de una vida

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Estaba tratando de hacer un crucigrama en su hamaca cuando le sobrevino al amanecer la crisis cardiorespiratoria. Allí en su apartamento del  piso 5 del edificio Ganem, rodeado de lo que siempre amó: la música, las películas, los libros de literatura y sus dos niñas: Tatiana y Karina. Y por supuesto, la memoria de su bella Susana, su mujer, que era un encanto de ser. Y se le adelantó en el viaje hace pocos años.
Émery tenía 59 años pero había vivido intensamente diversas pasiones estéticas: era un coleccionista musical, de los pocos que aún quedan en el mundo que conservaba acetatos y reclamaba para sí mismo el recuerdo visual de las portadas de los discos compactos y la imagen promocional de las películas. Era un historiador de la música que empezó desde niño como un melómano de lo ancestral, lo popular, la salsa y las tradiciones sonoras del Caribe y del universo. Hasta convertirse en un sistemático estudioso del fenómeno musical. Le apasionaban por igual Pacho Galán y Lucho Bermúdez, Pedro Laza y sus Pelayeros, los Gaiteros de San Jacinto, el son cubano y el porro sinuano, la salsa, el bolero, el jazz. En la maleta de Émery había siempre una novedad seleccionada o una reliquia redescubierta, una buena película y un buen libro de literatura. Pero también guardaba con sigilo unos cigarrillos de Malasia que sabían a clavo de olor y fumaba con lentitud casi acariciando cada palabra, con la paciencia del ser que siempre fue, deteniéndose en cada esquina para saludar siempre a alguien. Conocía a cada uno de los habitantes del corazón amurallado. Sus amigos estaban en todas partes: en las universidades, en los colegios, en las cafeterías, en las heladerías, en las panaderías, en los puestos de revistas y periódicos, en los vendedores callejeros de libros, película y música. Parecía un hombre con prisa, pero su paciencia era infinita cuando se trataba de saludar a alguien. Era solícito y caballero.
A Émery Barrios Badel (Sincé, Sucre, 1953), le debemos su pasión por el cineclubismo. Fue uno de los fundadores del Comité de Cine de la Universidad de Cartagena y uno de los artífices del concurso de cortometrajes del Festival de Cine de Cartagena. Ejercía con suprema devoción su fina vocación de pedagogo de español y literatura. Pero no tuvo jamás espíritu de litigante. Recuerdo que llevó al Colegio La Milagrosa, de Getsemaní al escritor Germán Espinosa, y logró contagiar a innumerables estudiantes del vicio fabuloso de la lectura, del arte de ver cine y la alegría de escuchar música. Hace treinta años vimos juntos el filme “Desde el jardín”, en el Teatro Cartagena en una celebración del Comité de Cine. Y allí en la penumbra por esa puntualidad que solo suele tener el azar, conocí a Mary, mi mujer. Ella había ido sola y en reemplazo de una amiga a la que habían invitado y no pudo ir, y gracias a esa maravillosa causalidad, Émery y yo levantamos la mano para ceder nuestros puestos a la joven que estaba de pie y sin puesto en la sala de cine. Cedí mi puesto. Y se quedó para siempre conmigo.
Pero hay muchos instantes compartidos en aquellas noches de leyenda de la Terraza Marina, donde uno de sus juegos creativos era interpelar a personajes de la literatura y del cine, ausentes e intemporales, mientras nos bebíamos al amanecer aquellos tintos donde Pajarito. Muchos de las historias imaginadas por Émery eran proyectos de libros de cuentos y cortometrajes. Una de esas historias eran la de seres paralelos y desconocidos que esperaban a alguien que no llegaba y terminaban compartiendo algo en común. Uno de los cuentos breves de Émery Barrios ganó uno de los concursos impulsados por la Universidad de Cartagena. Tuvo siempre el deseo de reunir todos esos bellos e ingeniosos cuentos para publicarlos en un libro. Y editar su serie de artículos y ensayos sobre la música del Caribe colombiano. Fue uno de los líderes de este proceso de revitalización de las Fiestas de la Independencia en Cartagena. Y uno de los más activos lanceros de estas tradiciones.
Las nubes que pasan cerca de la ventana de Émery son claras y azules, recién lavadas por la lluvia. Como su alma.

Émery para siempre

“Siempre me produjo una infinita admiración y me hacía sentir a mi un ser miserable, cómo un hombre agobiado con tantos problemas familiares tuviera siempre una sonrisa franca y unas palabras hermosas para tus proyectos”.
(Javier Ortiz Cassiani)
“Émery Barrios fue uno de los grandes cineclubistas de la ciudad. Muchos jóvenes, hoy adultos, le deben a Émery una especial pasión por el cine, una afición que él supo contagiar y transmitir en largas y agradables tertulias. 
El Festival de Cine le debe esa fidelidad que muchos cartageneros le tenemos al evento cultural más importante de Cartagena.
Su acercamiento a la música en cualquiera de sus ritmos y géneros lo convirtieron en punto de referencia para investigaciones, documentales y festivales.  Lo único que lo alejaba momentaneamente de sus grandes pasiones por el cine y la música era su familia. Se fue en medio de muchos proyectos por terminar y muchos más a los cuales dio forma y concretó”.
(Manuel Lozano Pineda).

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