En Fuga de caballos, la más reciente novela de José Luis Garcés González, existe el mérito de afrontar con solvencia una realidad que ha sido narrada en varios géneros y por diversos autores, de Zapata Olivella a García Usta, y de la que él sale bien librado. Este es un esfuerzo mayúsculo por dar a conocer lo que sucedió, lo que sucede o lo que está sucediendo. Todo, en una narración de más de cuatrocientas páginas que combina presente y pasado, realidad y fantasmagoría, diálogos deliciosos y lenguaje poético.
Fuga, y me viene la idea: algo que sale hacia la noche profunda. Y su estructura es lo más parecido al soporte que abre y cierra los paraguas. Cerrar o abrir. Abrir o cerrar. En este laboratorio narrativo es nula la diferencia. La novela es un punto que se inicia antes de que existiera el tiempo; y desde ese tiempo antes del tiempo, se empiezan a mover los caballos, veloces, atravesando sucesivas oscuridades; y a flotar los pájaros, a chapotear sus alas por arte de magia para crear las primeras noches, e ir dando forma a una realidad de acontecimientos sorprendentes, como si tuviéramos delante un espejo mágico que se nos fuera revelando por pedacitos, para ir mostrándonos de a poquito la inmensidad de esta cosmogonía que nos ha tocado vivir y que a Garcés González le ha tocado narrar.
Y enseguida el intento y el mérito de contarlo todo. O casi todo. Partiendo desde la misma oscuridad de los tiempos pretéritos, ya sean del Sinú o del Caribe, hasta el nacimiento de las primeras semillas abonadas con el orín de la primera mujer, y la germinación del Árbol de la canción y el llanto, vegetal mágico que propuso sus raíces, su llanto y su canción para que se iniciaran las interminables lluvias, para alentar los primeros vientos, y el nacer de la noche dentro de una noche más grande que hiciera germinar la magia de la vida, y hasta la misma muerte.
Pero la muerte, nuevamente, como un ciclo, como un comienzo y un final, como el otro mundo, el mundo de los muertos, o de los muertos que todavía siguen vivos. Para ello el autor utiliza, señalizándolo, ese capítulo titulado Las tablillas de los muertos; muertos con sus tablillas en los caminos y trochas como si estuvieran marcando su territorio; ese destino que según los astros nos persigue desde que nacemos, hasta el día que caemos como don Franco Arrieta, a una noche más noche que todas las noches; amarrado todo esto a la narración con el verbo del principio, el río del lenguaje, el lenguaje que fluye como leche suave, y la lluvia persistente y menudita, y la vocalización melodiosa de los pájaros, y la levitación dura de los cascos de los caballos que se fugan en esas noches profundas para atestiguarlo todo, para que algo se quede por siempre en la memoria.
Esta que opera en Fuga de caballos es una memoria recuperada, cuestionada, usurpada, a veces tramposa, de vasos comunicantes que se articulan con los diferentes personajes que prestan sus voces, como un juego de palabras, como un parloteo de animales que hablan, o, si se quiere, como un collar de lenguas, o un gorgoteo de silabas de todas las procedencias, sabores y saberes. El caso de Mola Morales y el Diálogo de comadres, pueden corroborarlo.
Así se gesta este gran mosaico sociológico y antropológico de la cultura popular del Sinú y del Caribe, con su enorme carga de oralidad astillada y recompuesta, que es la base en donde se sustenta la verdadera historia de nuestros pueblos caribeños o fluviales, o de nuestro “hombre hicotea”, en el decir del sociólogo Orlando Fals Borda.
Por ello en Fuga de Caballos es tan importante cómo se narra la historia y la historia misma; el lenguaje preciso es tan rico como la anécdota que se cuenta. La historia empieza y acaba. Muere, y después, por obra dda de los hombres. Hombres sujetos a un territorio, a unos acontecimientos, sucesos estos que fueron moldeando una forma de ser y de estar. Pero al lado de estos hombres también existen los hombres que no se ven pero se presienten. O las fuerzas ocultas, o la brujería, o el conocimiento, o el animismo que se entrelaza con la dialéctica y con la siembra; pero también la guerra, la lucha por la justicia, el trabajo sudoroso, el ocultismo, las fuerzas del bien, pero también las fuerzas del mal. Lo que está arriba, y lo que está abajo. Lo que se ve, pero también lo que no se ve. Un juego de mundos, me atrevería a decir. Unos mundos reinventados, dirán otros.
Esta forma de mostrar ese territorio es la formada por un tiempo diacrónico y sincrónico, como lo manifiesta el autor en la contraportada del libro. Expresada en una estructura fragmentada. Es un indudable mérito de esta novela totalizante tener intactas las ganas de meter hasta el fondo la totuma para achicar lo vivenciado. Porque lo demás es trabajo de carpintero entregado a su taller. Que la crónica, que el relato corto, que los diálogos, que la poesía, incluso el mini cuento, articulado todo esto por el pegante de un lenguaje sugerido, que atestigua y niega, que se duplica y simplifica para amarrar, para hacer reír, para asustar, e incluso para asombrar.
Decir que esta novela es la historia de don Franco Arrieta articulada a ligamentos de historias sueltas y de otros personajes sujetos a la realidad histórica del Sinú, sería injusto con el autor. La narrativa de Fuga de Caballos habla por sí sola. Es todo lo dicho y todo lo que le faltaba por decir a esta literatura llena de duendes y gritones, de niños convertidos en hormigas, de hombres peleadores destripa terrones, de corralejas y fandangos preñados de tamboreros y dioses tutelares, pueblos con sus santos paralíticos que hacen milagros y sudan, y emigrantes que llegaron de tierras lejanas trayendo sus costumbres, y sus dolores, y el follaje, y el río (el padre río) y la sinuanidad.
Aquí lo nuevo, lo que importa realmente es lo que el lenguaje es capaz de hacer, en una combinación de tradición y vanguardia. Lenguaje para abarcarlo todo. Es lo que se deja leer a primera vista, pero es también lo que se oculta pero que se mueve y se siente como el viento o las fuerzas del imán. Escribir esto o sugerirlo, para que algún lector lo descubra, es muy meritorio. Es como convocar la carne y el espíritu del libro en una sola hostia. Entonces al autor le toca jugar con las fuerzas oscuras, o conjurarlas. Jugar con el humor, o exprimirlo. Y hacer lo mismo con lo afro, con lo indio, con lo blanco. En fin, es el mestizaje haciéndose a través de las palabras precisas. Historias tras historias. Diálogos que nacen de otros diálogos. Las ganas de decir las cosas como se deben de decir. Lo que se nos va apareciendo poquito a poco. Parecido al río que nace de una gota y se convierte en chorro, y después en cascada, en aguas que corren agresivas; o a las noches que van saliendo de un ojo, del brillar de un fuselaje, hasta llegar a la oscuridad misma.
El referente que se percibe de entrada es el de un hombre que vestía de azul profundo, o de muchos azules y que parece tener pacto con el diablo. Pero pronto, para empezar a redondear ese universo, aparecen rezanderos obispales y comadres que licúan diariamente una sarta de palabras que aseguran y niegan, y que construyen retazos de historias, fragmentos de fechas, toda esa historia menudita y completa, la contada y la que faltaba por contar, hasta llegar a la misma intuición, al presagio, pero vaya a saber uno cuantas cosas se van moviendo por debajo de estos personajes extraños, raros y poderosos.
Los caballos, como símbolos, siguen andando como espantados; don Franco después de muerto se continúa viendo o presintiendo; tal vez a Mola Morales, uno de los personajes más convincentes de la literatura del Caribe, algún día se le canse la lengua; y quizá los negros que trajeron de Urabá para defender la propiedad privada regresen a sus cerros y a sus ciénagas inhóspitas. Y al final de la novela, después del desastre implacable de los aguaceros, todo vuelve al principio. Y el orín de la diosa Manexca cae sobre la tierra para fertilizar la nueva semilla. Pues en Fuga de caballos, que trata de narrarlo casi todo, con el retorno a los comienzos, parece profetizarse que aún hay para estos pueblos caribeños la débil luz de una esperanza.
(Texto de Guillermo Valencia Hernández)
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