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Cultural

El Hay Festival se mece en La Hamaca Grande

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En una parranda bolivarense, de más de dos horas, terminó el conversatorio entre el compositor Adolfo Pacheco Anillo y el periodista Daniel Samper Pizano.

El par de melómanos clausuraron la novena edición del Hay Festival y ofrecieron una deconstrucción magistral de ritmos, instrumentos, métodos de composición, e historia  de la música de la sabana de Bolívar.

Pero más allá del recorrido y exposición de acontecimientos afortunados que componen la riqueza musical de los Montes de María, el gran protagonista fue el público, nutrido en orígnes diversos, que desde las 7 de la noche se agolpó a las afueras del Teatro Adolfo Mejía. Hombres y mujeres, incluso con sus maletas, estaban impacientes por escuchar los versos del autor de La Hamaca Grande.

Pacheco, de 73 años, empezó la charla explicando que su arte se dio por la necesidad que sentía de dar a conocer la belleza de San Jacinto, su pueblo, y para evitar las confusiones entre la música de acordeón de Valledupar (Cesar) y la de Bolívar. “Tenía que mostrarle a la gente que nosotros tenemos una música diferente. Soy de los Montes de María, y cojo como referencia a mi pueblo porque tiene magia, cerros pequeños y arroyos”. Así nació su canción insigne que intenta ofrecer una “vitrina al mundo”, según el músico, que identifica la autenticidad de su folclor, cuyo mayor exponente y acordeonero era el también sanjacintero Andrés Landeros.

La fiesta se encendía con cada intervención de Pacheco ante las preguntas que Samper hizo, a manera de introducción, sobre los temas que después interpretaba la orquesta de Rodrigo Rodríguez.

El merengue El viejo Miguel calentó pronto las palmas de los asistentes. “Cuenta el éxodo, por motivos económicos, de mi padre cuando se fue a Barranquilla, y él tenía problemas con mujeres. Y tiene el verso: ‘A mi tierra no la cambio ni por un imperio’, esa frase era de mi padre. Él me decía que no hablara de su ruina, pero cuando escuchó el tema se le salieron las lágrimas, y me dijo que había compuesto una poesía”.

Adolfo que hizo las veces de docente e historiador para un recinto atento y cautivado. Aludió al sentido del vallenato clásico por contar historias en forma de crónica, y repasó la herencia de la gaita sabanera y los tonos menores, contribuciones inestimables al género.

Tras la descarga de racionalidad generada por el acordeón de Rodrigo Rodríguez, el sanjacientero y el bogotano, de 68 años, conversaron sobre el tema El mochuelo. “Lo compuse cuando vine de Bogotá en 1961. La música la tenía en la mente. Cuando llegué a san Jacinto la toque en guitarra como un paseo. Pero está muy cerca de la cumbia”.Con la intención de continuar haciendo “pedagogía”, los presentes tuvieron la oportunidad de escuchar el tipo de toque del merengue sabanero, cuya cadencia y tiempo se aleja del vallenato del Cesar.

Las canciones de Pacheco fueron desgranadas por el entrevistador que hizo alusión a la rebeldía del compositor a la hora de abordar, musicalmente, temas como la discriminación. “Mi bisabuelo fue un blanco que se enamoró de una sanjacintera negra. Mi abuelo salió moreno. Y mi padre que era blanco también se casó con una sanjacientera, así que los palenqueros decían que yo era un desteñido. Pero cuando llegué a Bogotá hubo una frase de una mujer que me caló: ‘Negro malparido’. Entonces a mí se me dio por reivindicar al negro. La imagen del negro estaba muy llevada e hice una cumbia de forma muy revolucionaria. Al principio traté de ser poeta, pero cuando me di cuenta de que no podía me metí a la música”.

Daniel Samper Pizano, por su parte, agregó que el vallenato actual se fabrica masivamente con poetas alquilados, dañando, por ende, el gusto de mucha gente. “La canción de amor está machacada por el vallenato industrial”.

Llegaría, entonces, uno de los momentos más emotivos de la clausura: la interpretación de El Tropezón. El conjutno de vallenato puso a vibrar hasta a los espectadores más tímidos, que entre murmullos acompañaban los versos inmortales compuestos para una novia que Adolfo duró cortejando durante tres años y que, aseguró, es hoy su esposa. “Fue por una novia muy especial. Ella no gustaba de mí. La convencieron de que se fuera a Bogotá y a mí me decían que yo no me iba hacer rico haciendo canciones. La inspiración surgió estando muy enamorado. Ese día me tomé una botella de ron”. 

Pacheco, quien probó los cuatro aires y géneros posibles en el vallenato, contó que su repertorio incluye 16 cumbias, y su creatividad le bastó, inclusive, para innovar e introducir diálogos en los cantos, elaborando canciones que ofrecen diversos puntos de vista entre un seductor y una mujer.

Durante la charla hubo espacio hasta para hablar de política. El cantautor se refirió a la militancia socialista, a su cargo como concejal conservador, para definirse finalmente como un “voltearepista o chaquetista”, condición que desató carcajadas instantáneas en los cuatro niveles del teatro.

El tigre farandulero y La Hamaca grande, fueron los dos temas culminantes que retumbaron al interior y fuera del teatro, marcando el final literario de una cátedra maestra de tradición.

El recinto rebosante de público se rindió ante los aires del vallenato nacido en los Montes de María. Luis Aparicio - El Universal
El recinto rebosante de público se rindió ante los aires del vallenato nacido en los Montes de María. Luis Aparicio - El Universal
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