Invisibilizar al otro es, quizá, una de las formas más habituales de ejercer la violencia. No es que no se le reconozca su existencia; más bien, sabiendo que está ahí, se le hace sentir como si no estuviera. Eso suele suceder con los vendedores en el espacio público. No solo sabemos que están ahí sino que, además, nos beneficiamos de los bienes o servicios que ofrecen. Sin embargo, si los desplazan poco nos importa porque para muchos <<ellos>> son invisibles. Y es que uno puede invisibilizar muy fácilmente lo que le resulta inconveniente, indeseable, molesto. Basta con hacerse el de la vista gorda, ignorar o despreciar.
Como artista, llevo años ocupada en entender el fenómeno del rebusque y la gentrificación. Esta última, es una forma de violencia subrepticia (ejercida por particulares y también por el Estado) a través de la cual se desplaza a la gente más vulnerable, más invisible, cuando un sector popular empieza a valorizarse. Y todo bajo la promesa de que la zona se “recuperará”. Ese concepto sería veraz (y no un eufemismo) si se recuperara para los mismos habitantes pero, en cambio, la “recuperación” arrasa con la raigambre de un lugar para construir un “nuevo espacio”, que borra el paso del tiempo, volviéndolo impersonal, aséptico, mucho más chic, mucho más cool.
Desde el año 2000, cuando vivía en Bogotá, empecé a ver cómo el Distrito “recuperaba” algunos espacios públicos del centro y ese cambio se reflejaba, también, en mis propios hábitos de caminante, en mis sensaciones, en la relación que había construido con la ciudad durante mis años de estudiante. Y luego sucedió lo mismo cuando volví a Cartagena. En 2010 fui testigo de la transformación de varios sectores del centro que, para mí, hacían parte de mis más entrañables memorias. Desde entonces, hablo con rebuscadores y transeúntes de diversos estratos sociales; observo instantes de la cotidianidad en la calle, los capturo; registro algunos cambios en el paisaje; pregunto a las autoridades, me cuestiono a mí misma...
Mis reflexiones e inquietudes se han transformado en dos proyectos artísticos, “Se ReBusca” (2013) y “Se ReBusca II: El fritanguero” (2015). El primero fue una colección de 29 fotografías de vendedores desplazados de las plazoletas de Telecom y La Matuna, y de los que aún permanecen en el centro. Estas imágenes se expusieron en el Centro de Formación de la Cooperación Española. El segundo, es un happening y vídeo, recientemente presentado en la inauguración del XV Salón Regional de Artistas en el Palacio de La Inquisición. En esencia, la idea era mostrar a un fritanguero de patacones en su labor, mientras una cámara grababa y transmitía en tiempo real, dentro de una sala, un pequeño fragmento de la escena (del happening). La dicotomía entre la experiencia en vivo y la transmisión quería generar una reflexión sobre lo que sucede cuando se vive una situación con todos los sentidos y, por el contrario, lo impreciso que puede ser tener solo un idea de lo que sucede.
La producción para el happening significó, más allá de idear y trabajar en el concepto, buscar un fritanguero que hubiera sufrido el desplazamiento y que estuviera dispuesto a ser, él mismo, una representación de esa circunstancia tan traumática. Una vez acordado todo lo concerniente a la logística, me reuní en tres ocasiones con el curador de la exposición para determinar dónde se ubicaría esta obra en el espacio cedido al XV Salón Regional de Artistas. Para que esta obra se entendiera eran fundamentales tres cosas: 1. Que estuviera en un lugar alejado del cóctel de inauguración, pues de lo contrario se corría el riesgo de que se asumiera que los patacones eran un tentempié 2. Que el happening estuviera acompañado de un texto sobre el sentido de la obra 3. Que la transmisión en vídeo se hiciera en vivo. Como digo, hablé todo esto expresamente con el curador.
La inauguración se programó para el 14 de agosto a las 7 de la noche. Yo llegué al Museo a las 6. Para mi sorpresa, el espacio donde iría la obra tenía instalado el circuito cerrado que transmitiría el vídeo, pero no estaba el texto que acompañaría el happening. Para no perder tiempo investigando dónde había estado el fallo en la organización, me puse manos a la obra y salí corriendo a buscar dónde imprimirlo. Lo hice en tiempo récord: 28 minutos. A las 6:40, cuando los invitados estaban agolpados en la puerta, peleando con el celador porque no los dejaba entrar, y nosotros ya teníamos el puesto montado y a punto de encender el fogón, el curador nos informó que el fritanguero se tenía que desplazar "junto al cóctel". La razón era insólita: al director del Museo no se le había informado en qué consistía la “intervención” en ese espacio (el segundo piso). Agitados, entonces, Germán, el fritanguero, Denis, la productora, Jose, mi esposo y yo bajamos las escaleras arrastrando el bulto de plátanos, cargando el anafe con los carbones, la paila, la mesa de fritos y demás utensilios, como si el ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios) nos estuviera persiguiendo. A las 7, cuando los invitados ya estaban paseando por el lugar, apenas nos estábamos reubicando en el patio, junto al cóctel. Mientras Germán encendía el carbón y Denis acomodaba la mesa y demás chécheres, yo estaba pegando las improvisadas cartulinas bond en una hermosa pared del siglo XVIII. A la vez, preguntaba quién me traería la cámara para grabar lo que, en teoría, debería transmitirse en vivo, en la sala de exposiciones pero que, por razones obvias, ya se haría al día siguiente. Pasados unos minutos, cuando los primeros patacones estuvieron listos, la gente ya había acorralado a Germán. No dejaban siquiera que los sacara de la paila hirviendo cuando, literalmente, habían desaparecido. El curador, en esos momentos de rapiña, invitaba a los muchísimos espectadores a admirar el performance de otro artista que estaba justo en el patio del lado. Y, sin embargo, nosotros, mientras luchábamos porque nuestra obra no naufragara entre la confusión y la hambruna de los invitados, permanecimos invisibles. Me acerqué, entonces, a sugerirle que debería aclarar que el puesto de patacones NO era parte del cóctel sino un happening. Sin embargo, ya para esos momentos, el barco había naufragado. Hasta las 8:30 de la noche, un afán desesperado por salvar lo que quedaba de una obra desplazada y despedazada, me dediqué explicar a mis invitados y a todos aquellos que se mostraban interesados, cuál era el sentido de la obra. Sabía que así la remataría, pero necesitaba expresarme, hacerme escuchar.
Un par de días después recibí un mensaje de un conocedor del mundo del arte. Luego de presenciar los hechos me dijo: “(…) Debió ser todo un aprendizaje para usted, desde la manera en que abordó el tema, el montaje, el espacio y en cuanto a la labor del curador con su obra. ¿Sabe una cosa? Usted terminó siendo parte del happening, terminó siendo fritanguera, vendedora ambulante o lo que sea, en medio de la inauguración. La vi corriendo de un lado para el otro, angustiada, preocupada, emberracada.… al final desplazada, tal cual lo harán con los fritangueros, "ignorada". En ese sentido el happening fue todo un éxito y si logra capturarlo en su registro puede darle la vuelta a esta experiencia. Al final creo que el tema era ése y lo mismo que usted pretendía exponer acerca de la invisibilidad de estos personajes le pasó a su obra. ¿Cómo no iba a ser así?”.
Como artista, llevo años ocupada en entender el fenómeno del rebusque y la gentrificación. Esta última, es una forma de violencia subrepticia (ejercida por particulares y también por el Estado) a través de la cual se desplaza a la gente más vulnerable, más invisible, cuando un sector popular empieza a valorizarse. Y todo bajo la promesa de que la zona se “recuperará”. Ese concepto sería veraz (y no un eufemismo) si se recuperara para los mismos habitantes pero, en cambio, la “recuperación” arrasa con la raigambre de un lugar para construir un “nuevo espacio”, que borra el paso del tiempo, volviéndolo impersonal, aséptico, mucho más chic, mucho más cool.
Desde el año 2000, cuando vivía en Bogotá, empecé a ver cómo el Distrito “recuperaba” algunos espacios públicos del centro y ese cambio se reflejaba, también, en mis propios hábitos de caminante, en mis sensaciones, en la relación que había construido con la ciudad durante mis años de estudiante. Y luego sucedió lo mismo cuando volví a Cartagena. En 2010 fui testigo de la transformación de varios sectores del centro que, para mí, hacían parte de mis más entrañables memorias. Desde entonces, hablo con rebuscadores y transeúntes de diversos estratos sociales; observo instantes de la cotidianidad en la calle, los capturo; registro algunos cambios en el paisaje; pregunto a las autoridades, me cuestiono a mí misma...
Mis reflexiones e inquietudes se han transformado en dos proyectos artísticos, “Se ReBusca” (2013) y “Se ReBusca II: El fritanguero” (2015). El primero fue una colección de 29 fotografías de vendedores desplazados de las plazoletas de Telecom y La Matuna, y de los que aún permanecen en el centro. Estas imágenes se expusieron en el Centro de Formación de la Cooperación Española. El segundo, es un happening y vídeo, recientemente presentado en la inauguración del XV Salón Regional de Artistas en el Palacio de La Inquisición. En esencia, la idea era mostrar a un fritanguero de patacones en su labor, mientras una cámara grababa y transmitía en tiempo real, dentro de una sala, un pequeño fragmento de la escena (del happening). La dicotomía entre la experiencia en vivo y la transmisión quería generar una reflexión sobre lo que sucede cuando se vive una situación con todos los sentidos y, por el contrario, lo impreciso que puede ser tener solo un idea de lo que sucede.
La producción para el happening significó, más allá de idear y trabajar en el concepto, buscar un fritanguero que hubiera sufrido el desplazamiento y que estuviera dispuesto a ser, él mismo, una representación de esa circunstancia tan traumática. Una vez acordado todo lo concerniente a la logística, me reuní en tres ocasiones con el curador de la exposición para determinar dónde se ubicaría esta obra en el espacio cedido al XV Salón Regional de Artistas. Para que esta obra se entendiera eran fundamentales tres cosas: 1. Que estuviera en un lugar alejado del cóctel de inauguración, pues de lo contrario se corría el riesgo de que se asumiera que los patacones eran un tentempié 2. Que el happening estuviera acompañado de un texto sobre el sentido de la obra 3. Que la transmisión en vídeo se hiciera en vivo. Como digo, hablé todo esto expresamente con el curador.
La inauguración se programó para el 14 de agosto a las 7 de la noche. Yo llegué al Museo a las 6. Para mi sorpresa, el espacio donde iría la obra tenía instalado el circuito cerrado que transmitiría el vídeo, pero no estaba el texto que acompañaría el happening. Para no perder tiempo investigando dónde había estado el fallo en la organización, me puse manos a la obra y salí corriendo a buscar dónde imprimirlo. Lo hice en tiempo récord: 28 minutos. A las 6:40, cuando los invitados estaban agolpados en la puerta, peleando con el celador porque no los dejaba entrar, y nosotros ya teníamos el puesto montado y a punto de encender el fogón, el curador nos informó que el fritanguero se tenía que desplazar "junto al cóctel". La razón era insólita: al director del Museo no se le había informado en qué consistía la “intervención” en ese espacio (el segundo piso). Agitados, entonces, Germán, el fritanguero, Denis, la productora, Jose, mi esposo y yo bajamos las escaleras arrastrando el bulto de plátanos, cargando el anafe con los carbones, la paila, la mesa de fritos y demás utensilios, como si el ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios) nos estuviera persiguiendo. A las 7, cuando los invitados ya estaban paseando por el lugar, apenas nos estábamos reubicando en el patio, junto al cóctel. Mientras Germán encendía el carbón y Denis acomodaba la mesa y demás chécheres, yo estaba pegando las improvisadas cartulinas bond en una hermosa pared del siglo XVIII. A la vez, preguntaba quién me traería la cámara para grabar lo que, en teoría, debería transmitirse en vivo, en la sala de exposiciones pero que, por razones obvias, ya se haría al día siguiente. Pasados unos minutos, cuando los primeros patacones estuvieron listos, la gente ya había acorralado a Germán. No dejaban siquiera que los sacara de la paila hirviendo cuando, literalmente, habían desaparecido. El curador, en esos momentos de rapiña, invitaba a los muchísimos espectadores a admirar el performance de otro artista que estaba justo en el patio del lado. Y, sin embargo, nosotros, mientras luchábamos porque nuestra obra no naufragara entre la confusión y la hambruna de los invitados, permanecimos invisibles. Me acerqué, entonces, a sugerirle que debería aclarar que el puesto de patacones NO era parte del cóctel sino un happening. Sin embargo, ya para esos momentos, el barco había naufragado. Hasta las 8:30 de la noche, un afán desesperado por salvar lo que quedaba de una obra desplazada y despedazada, me dediqué explicar a mis invitados y a todos aquellos que se mostraban interesados, cuál era el sentido de la obra. Sabía que así la remataría, pero necesitaba expresarme, hacerme escuchar.
Un par de días después recibí un mensaje de un conocedor del mundo del arte. Luego de presenciar los hechos me dijo: “(…) Debió ser todo un aprendizaje para usted, desde la manera en que abordó el tema, el montaje, el espacio y en cuanto a la labor del curador con su obra. ¿Sabe una cosa? Usted terminó siendo parte del happening, terminó siendo fritanguera, vendedora ambulante o lo que sea, en medio de la inauguración. La vi corriendo de un lado para el otro, angustiada, preocupada, emberracada.… al final desplazada, tal cual lo harán con los fritangueros, "ignorada". En ese sentido el happening fue todo un éxito y si logra capturarlo en su registro puede darle la vuelta a esta experiencia. Al final creo que el tema era ése y lo mismo que usted pretendía exponer acerca de la invisibilidad de estos personajes le pasó a su obra. ¿Cómo no iba a ser así?”.
Saia Vergara Jaime
Especial para El Universal
Especial para El Universal
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