Cultural

Tarcisio Martínez Peña, el señor de los gatos

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GUSTAVO TATIS GUERRA
19 SEPT 2015 - 12:00 AM

Los gatos le conocen la pisada a Tarcisio Martínez Peña.  Viene temprano en medio de la penumbra del amanecer, y en su bolsillo lleva dos enormes llaves coloniales, con la que abre las puertas del cementerio y la  capilla interna. Pero en una de sus manos trae también el concentrado para los gatos.   Es la tercera vez que contemplo la escena de Tarcisio caminando hacia el cementerio, mientras los gatos dispersos salen a su encuentro en la antigua antesala donde solo reposaban los suicidas.

Tarcisio Martínez Peña, de 51 años, el celador del Cementerio de Mompox, es también el guardián de medio centenar de gatos que desde aquel 1 de diciembre de 2001 empezaron a multiplicarse en la tumba de su pariente Alfredo Serrano Rubio, fallecido de infarto, y al que todos conocían como  El Gato. Un gato negro que tenía cola de ardilla apareció entre los familiares el día del entierro. Y ahora lo vemos repetido sobre las lápidas de siete generaciones de la familia Serrano.  El gato se quedó a vivir sobre la tumba de Alfredo, pero ahora todos los gatos viven, comen y duermen allí, junto a los ancestros de Alfredo que están sepultados en el Cementerio de Mompox: Víctor SerranoFlórez (1879-1958) y Leonor Rojas de Serrano (1879-1924), sus padres   Julio Serrano Rojas, al que llamaban también El Gato, que nació el 9 de abril de 1908 y murió el 17 de enero de 1974. Y su madre Berta Gómez de Serrano que nació el 19 de septiembre de 1908 y murió el 29 de octubre de 1965.

Sobre las tumbas de la familia Serrano hay gatos de todas las estirpes: los tigrillos, angoras, los negros brillantes de ojos amarillos y verdes y los de cola de ardilla. Tarcisio dice que al primer Serrano, el padre, lo llamaban El Gato,  por su vellosidad.  La familia eligió a Tarcisio para que llevara los alimentos diarios a los gatos. Pero el ejército de gatos crece porque hay gente que llega al cementerio y deja su gato. Tarcisio dice que no hay lápidas para tanto gato. Le tocó esterilizar a las hembras, y eso lo entristece. Hay gente que incluso le pide que le regale un gato, pero los gatos no quieren irse del cementerio. Están en su reino. Tarcisio les abre un hueco en la tierra del cementerio para darles cristiana sepultura a los gatos. Está convencido de que los gatos tienen una manera particular de estar en este mundo, con una extraña y elástica forma de deslizarse por el tiempo, como criaturas sobrenaturales. Los gatos viven su eterno presente y no se quejan de nada. Cuando se enferman, van a buscar una  sombra de lápida y se mueren sin molestar a Tarcisio. Cuando quieren halagar a Tarcisio, le llevan un murciélago pequeño que perdió  el rumbo de la luz y se lo dan como ofrenda. Tarcisio se ríe de sus gatos.

“Llego a las seis de la madrugada al cementerio, pero les doy la comida a los gatos a las siete de la mañana. Y a las cinco y treinta de la tarde”, me dice Tarcisio, y mientras habla los gatos lo merodean todo el tiempo. Basta que haga una señal con su mano y los gatos entienden que es una orden. Vamos a hacerle una foto a los gatos saliendo de la capilla. Todos acuden al llamado y bajan de la lápida de Alfredo hasta la puerta de la capilla. Uno de los gatos parece posarme cuando se detiene frente al nombre de Alfredo en su lápida. Se estira, me repara y descubre que al forastero  que ha llegado ama a los gatos. Ninguno de ellos se espanta cuando saco la cámara del bolso. Los gatos intuyen que nadie los desplazará de la eterna frescura de una lápida. Recorren todo el vasto silencio del cementerio, pero duermen sobre la tumba de Alfredo. Algo especial debía tener Alfredo con los gatos, para que el primero de ellos se lo transmitiera a las generaciones siguientes. Truene o relampaguee, Tarcisio llega cada día y tarde, con su comida para los gatos.

Le pregunto por el jardín de los suicidas y me responde que eso fue en siglos pasados que no se permitía que se enterraran en el mismo cementerio. Mientras conversamos sobre los muertos y los gatos, descubro el mausoleo del poeta Candelario Obeso y del general Maza. La sentencia de la entrada al cementerio es de Obeso: “Aquí confina la vida con la eternidad”.

Un par de señoras llega a visitar la tumba de un sobrino muerto muy joven hace nueve años. El Cementerio de Mompox es el único del mundo en donde los enamorados se citan para encontrarse. Parece un jardín abierto en pleno corazón del centro histórico.

La gente de Mompox conoce los gatos que se crían en el cementerio.  El gato negro que tiene Jimmy Alvarado en su café es un gato que desciende de uno que se quedó a vivir en la lápida de los Serrano.

Al final del día, los gatos adivinan que Tarcisio está a punto de irse, cuando deja en vilo aquella llave que sobrevive a las noches de la Colonia. La mirada de los gatos brillan en la penumbra de las lápidas.

Tarcisio emprende su salida del cementerio y los gatos mueven sutilmente la cola. Se despiden de su guardián con  un leve temblor de luciérnagas en el aire.

Tarcisio Martínez Peña, celador del Cementerio de Mompox y guardián de medio centenar de gatos que han nacido junto a la tumba de Alfredo Serrano Rubio. Gustavo Tatis-El Universal

Los gatos habitan sobre las tumbas de siete generaciones de Serrano en el Cementerio de Mompox. Gustavo Tatis-El Universal

Entrada al Cementerio de Mompox. Los gatos dan la bienvenida. Gustavo Tatis- El Universal

Los gatos comen y duermen sobre la tumba de Alfredo Serrano Rubio. Gustavo Tatis-El Universal

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