La mirada de un cineasta puede llevarnos a su memoria personal y a la historia del mundo.
Una de las grandes sorpresas de Ficci 2017, ha sido conocer la obra del cineasta genial tailandés Apichatpong Weerasethakul, uno de los homenajeados en el festival de Cartagena.
En su masterclass ayer en el Centro de Formación de la Cooperación Española, dijo cosas de una intensa e impactante sabiduría.
Contó que en su país Tailandia, bajo la dictadura militar, se persigue y encarcela a quienes leen los libros prohibidos. Se han perpetrado matanzas por parte del ejército y nadie asume sus responsabilidades. Él como cineasta se sumergió en la memoria colectiva y convocó a los jóvenes que tienen memoria heredada para rescatar historias de su país y contarlas en el cine. Descubrió que mucha gente en su país, no quiere recordar lo que le hace sufrir. Logró hacer una serie de cortometrajes, instalaciones y libros artísticos. En Tailandia existe la más alta concentración de monjes budistas, que meditan y buscan el nirvana en medio de la jungla, alejados de la civilización. Sus visiones a ojo cerrado son una forma de percibir otra realidad. La tierra en su país es seca y difícil para cultivar. Conoció a un monje carismático en cuyo templo tenía fotos en las paredes con imágenes de animales y seres humanos, y esculturas de gran formato que inquietaron a los militares. Ellos creían que el monje ocultaba armas dentro de las esculturas. El templo era un eco de la histeria. La historia de Tailandia está llena de dificultades. Se vivió una monarquía absoluta desde 1932 que se convirtió en monarquía parlamentaria hasta 2014, en que el país vive gobernado por una dictadura militar. “A veces hay que cerrar los ojos para buscar una mejor realidad”, dice el cineasta ante una audiencia hipnotizada por sus palabras. “Para encontrar una visión a ojo cerrado. El cine es una máquina de distorsión del tiempo”. El director dice que aún filmamos de manera primitiva, pero que muy pronto, con las nuevas tecnologías, la humanidad podrá transferir sus propios sueños y compartirlos de manera colectiva. Se dijo que eso nos hará mejores seres humanos. Conocer lo que sueñan los seres humanos en general, sean guerrilleros o paramilitares. “El sueño es como el cine, pero mejor. El cine explica esa necesidad biológica que tenemos de soñar”. El cineasta explicó que ver es una ilusión. “Miramos a los ojos, a la nariz, a los labios, pero nunca podemos ver enfocado todo”. Contó que en Tailandia creció en una familia budista que no estuvo involucrada en los rituales. Ese budismo está mezclado con hinduismo. Creen que la muerte no es el final de la vida, sino una de sus distintas formas. Creen en la reencarnación. Pero la fe no es sólida, cambia como esos fantasmas en los que creíamos en la infancia, que ahora son ficción.El director dijo que tenía interés en conocer Colombia y América Latina, la selva amazónica y la forma que tiene ciertas comunidades indígenas de alterar su percepción de la realidad. “El cine es un poco ese juguete de infancia, cuando jugábamos con la luz y la imagen. Soy introvertido. No me gusta la gente. Un cuarto oscuro todo el día me parece maravilloso. Estudio los cuatro ciclos del sueño que duran aproximadamenyte 90 minutos, el tiempo de una película. En mis películas no hay explosiones ni accidentes de carros, porque yo no he vivido eso, pero llevo mis sueños a escena. La clave es preguntarse qué es lo más importante en la vida. Invito a la gente a que haga lo que mejor conoce”.El cineasta recorrió el río Mekong en donde fluyen las cenizas de su padre, rastreando una memoria escondida.
Cine de medianoche
Para insomnes, el Ficci presenta en esta versión películas a la medianoche en el Centro de Convenciones de Cartagena. Se trata de El ornitólogo, La noche y La región salvaje.
“Cine de medianoche reconoce los rostros-subterráneos- del deseo, el continente del inconsciente, lo oculto, lo sumergido y avergonzado”, precisa Diana Bustamante, directora artística de Ficci.
“Convocamos a la medianoche a un cine sin género, desde el cual fundar un lugar para escapar de los tópicos, los tabúes y los prejuicios. El cuerpo como última utopía y como espacio de toda posibilidad de resistencia política, donde se cruzan-promiscuamente-lo privado y lo público”.

