Cultural

Juan Fernando Merino, el maestro del cuento, habla de su obra

El autor caleño presenta su obra ‘Hijos del trueno’, una pieza más de su ya elogiado talento, de su oficio en relatos variados.

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EL UNIVERSAL
27 ABR 2023 - 04:44 PM

Juan Fernando Merino nació en Cali, estudió en Colombia, México y Estados Unidos. //Cortesía.

Por: Juan Lozano

Gente perdida y encontrada en “Babilonia”, New York, la capital del mundo. Un hombre que sospecha de sus vecinos; la desconfianza, la soledad en fríos apartamentos de Manhattan. Una mujer del común que se enamora de un rockero famoso y es la testigo privilegiada de su decadencia. La madre de un escritor talentoso que no es tan buena como parece. Músicos que superan las barreras culturales e idiomáticas a través del sonido. Esto y mucho más encontramos en el magnífico libro de Juan Fernando Merino, Hijos del trueno, una pieza más de su ya elogiado talento, de su oficio en relatos variados. Lea: FILBO 2023: Gustavo Tatis firmará su nuevo libro ‘Caribe, realismo mágico’

El autor nació en Cali, estudió en Colombia, México y Estados Unidos. Es un trotamundos y ha ganado varios concursos literarios locales e internacionales. Publicó los libros Las visitas ajenas (1995), Viaje al reino maravilloso (2013), El sexto mandamiento (2015), El intendente de Aldaz (1999), El campamento de verano de Gaspar Guatín (2019), Los mares de la luna (2020) y La bufanda de Isadora (2022). También ha sido compilador y traductor de gigantes como Mark Twain, Daniel Defoe, Herman Melville y William Shakespeare. Desde el 2012 vive en Cali. Es director académico de la Biblioteca del Centenario y asesor literario de la Red de Bibliotecas Públicas de la ciudad.

En Hijos del trueno, los personajes sobreviven con astucia, no son quejetas, en una ciudad difícil y cruel. Chocan con los otros seres humanos, de todo el mundo, también hacen alianzas, sufren con el amor, pero se aferran a él. Encuentran la liberación en los márgenes del sistema económico, en el caos, en lo que se sale de lo racional, calculado, utilitario, que caracteriza a New York y Estados Unidos. Y el metro ahí andando con sus caras de todos los colores, que reflejan angustia, pero también felicidad, aguante. Los hijos del trueno saben defenderse, al fin al cabo son hijos de la guerra, se convive con las tecnologías del primer mundo, se les saca provecho.

El libro recuerda a cuentistas norteamericanos como John Cheever y Lorrie Moore, pero también tiene cierta magia borgeana, se siente latinoamericano. Es una buena mezcla étnico-literaria, de un nuevo mundo sin identidades estáticas, tal vez de un mundo que se acerca al fin. Y el último cuento es bellísimo, en él hay un hombre, barbudo, cómo no, que vive en los árboles, que escapa de la trampa de la ciudad, de la ciega ambición y la competencia. El final sorprende, colorea de otras maneras a los cuentos anteriores, el autor se supera a sí mismo y uno se pone contento de que un libro tan universal lo haya escrito un colombiano. Lea: El escritor Rafael Cadenas gana Premio Cervantes con su poesía

¿Qué se siente regresar a casa después de viajar por el mundo?

Una mezcla de alegría por regresar a los seres queridos y el barrio de la infancia, de nostalgia por dejar atrás el espíritu de un verdadero viajero por el mundo —es decir aquel que viaja sin tiquete de vuelta y sin destino predeterminado— y de expectativa por ver de qué manera esas vivencias en el camino abierto y esas búsquedas en distintas latitudes se van transformando en literatura

¿Qué le aportaron los viajes a tu literatura?

Yo diría que lo esencial. Si bien mis bases iniciales como escritor se remontan a una niñez y una adolescencia de lector ávido, un deseo de escribir textos de ficción desde los siete años y la suerte de contar con buenos maestros de literatura, los viajes y los personajes provenientes de otros ámbitos y otras lenguas desde muy pronto han sido el detonante personal para escribir relatos. De hecho, esa inclinación por ese tipo de historias y de protagonistas ya se revela desde mi primer libro, Las visitas ajenas, publicado hace 29 años y recientemente reeditado.

Tus cuentos me recordaron a autores como John Cheever o Lorrie Moore, grandes cuentistas norteamericanos. Háblanos un poco de los cuentistas que te influencian.

En mi adolescencia y primera juventud leí muchas antologías de cuentistas colombianos, españoles e hispanoamericanos, que sin duda tendrían en mí una enorme influencia de manera soterrada, por más que sus huellas no resulten tan visibles a primera vista en mi escritura. Luego vendría una época, ya cuando estudiaba en la Universidad de Ohio, en que leí incansablemente a los grandes cuentistas estadounidenses: E.L. Doctorow, Heminwgway, Carson Mc Cullers, Flannery O`Connor, y efectivamente John Cheever, a quien considero mi principal maestro del género y uno de mis escritores más admirados. De Lorrie Moore no he leído tanto, pero sí incluí uno de sus relatos en Habrá una vez, una antología del cuento joven estadounidense que preparé para Alfaguara en el año 2000.

¿Qué cuentistas actuales puedes recomendarnos?

Además de los arriba nombrados, cuyo inmenso arte no caduca, y de otros que son eternos como Chejov y Flaubert, entre los más recientes, siento especial admiración por el gran cuentista mexicano Ignacio Padilla, muy prematuramente fallecido en el 2016, y por el italiano Giorgio Manganelli, justamente uno de sus maestros. Entre la camada más reciente de cuentistas latinoamericanos también encuentro plumas muy valiosas: Oliverio Coelho, Samanta Schweblin, Antonio Ortuño, Andrés Neuman o Lucía Puenzo. Y entre los colombianos Gabriel Jaime Alzate, Andrés Felipe Solano, Lina María Pérez y muchos más.

¿Te sientes sobre todo cuentista? ¿Cómo te va con los otros géneros?

Desde hace largo tiempo, mi formato predilecto es el relato literario de mediano aliento —entre diez y dieciocho páginas—, dividido en secciones, con vaivenes cronológicos, personajes y situaciones diversos... No obstante, en los últimos años he publicado volúmenes tanto para lectores infantiles como juveniles y un libro con cuentos mucho más breves y experimentales, La bufanda de Isadora y otros narradores inauditos. Por otra parte, en este momento estoy trabajando en una selección de prosas poéticas de corte fantástico —algo completamente nuevo para mí— y en dos novelas, ambas situadas en Nueva York.

¿Has escrito o escribirías sobre lugares que no has visitado?

Suelo situar mis textos en sitios donde he vivido o donde he estado solo de paso, pero me habría gustado quedarme más tiempo. Sin embargo, no he tenido ni tengo ningún reparo en escribir historias sobre lugares que jamás he visitado... ¡ni siquiera en sueños! Tal es el caso de varios cuentos de mi anterior volumen, Los mares de la luna, que incluye narraciones situadas en sitios por mí desconocidos como las estepas de Siberia, un remoto afluente del río Amazonas o el extremo sur de Chile. Eso sí, cuando esto ocurre, me documento minuciosamente sobre el sitio elegido y sus características.

¿Tus cuentos son muy planeados o te dejas llevar por la escritura y el azar cuando los haces?

No tengo ninguna fórmula, hoja de ruta o esquema a la hora de escribir. Algunos cuentos son muy cuidadosamente planeados, hago previamente largas descripciones de los personajes y esbozos de las posibles secuencias, mientras que otros van saliendo impensadamente, casi al azar, en algunos casos incluso dejándome orientar por pasajes que aparecen al abrir al azar algún libro de mi biblioteca.

¿Qué es para ti ser latinoamericano en New York? Cuéntanos un poco sobre tu experiencia.

La verdad es que al viajar —y los doce años recorriendo muy distintos sitios de Nueva York y mudando de casa con frecuencia los considero parte de ese largo viaje— nunca me he sentido particularmente latinoamericano o colombiano, ni he ejercido de tal. Simplemente he sido un viajero que habla varios idiomas, se siente a gusto casi en cualquier parte y se desplaza al vaivén de los azares de cada día y de cada año. La mayor parte de mis amistades en Nueva York eran de otras latitudes y era muy rara la ocasión en que compartía con amigos colombianos o cambiaba noticias sobre el país.

¿Cómo ves el panorama de la literatura colombiana actual?

Creo que la literatura colombiana está atravesando por un momento excepcional y que esto es algo que vamos a constatar en muy pocos años. Sin ir más lejos, entre los escritores caleños más allegados, en tiempos recientes han saltado a la palestra obras de gran repercusión nacional e internacional: Lo que no fue dicho, de José Zuleta, Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura en el 2022; Horóscopo, la segunda novela de Paola Guevara, que está siendo adaptada para el cine; un ambicioso tríptico de Harold Kremer, cuyo primer volumen, El cartógrafo del infierno, ya se publicó; y Un lugar que no tiene nombre, de Gabriel Jaime Alzate, volumen ganador del Concurso Nacional de Libros de Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín.

Y por lo que leo, por lo que escucho, por lo que trasciende en las ferias del libro y otros eventos literarios, algo similar está ocurriendo en otras ciudades y territorios del país.

¿Cómo ves el tema de la inteligencia artificial que tal vez en algún momento reemplace a los escritores, periodistas, etc.?

Creo que ese es un tema crucial que ya está golpeando a nuestras puertas y que haríamos bien en abrirle alguna ventana antes de que termine por desalojarnos de nuestras casas por completo... Exagero un poco, claro, pero de todos modos es un desarrollo, o una serie de desarrollos, impresionantes y que en lugar de asustarnos y temer que nos desplace o nos haga obsoletos —en mi caso con mi oficio de traductor literario— deberíamos tratar de entender mucho mejor e intentar aprovechar algo de lo muchísimo que sin duda tiene para ofrecernos.

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