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Cultural

El búho y los gavilanes, un cuento de ambición, traición y misterio

Nadie gana cuando la guerra la libran la avaricia, la ambición y la traición. Lo que pasó esa noche aún sigue siendo un misterio.

El búho y los gavilanes, un cuento de ambición, traición y misterio

Foto: Ilustración realizada con IA.

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Al caer la lluvia o a fin de mes, su pulgar siempre parecía un delfín rosado. Vestigio de una psoriasis recurrente que provocaba el viento frío, aquel que extendía las cortinas de su búnker como anémonas, o cuando las deudas tocaban la puerta de la avaricia. Lea: Novedades literarias para el 2024

Carlo di Biase. Italiano de 61. La mitad de su vida en la vereda de ese pueblo olvidado. Cojo. Contaba que por caerse de un caballo en las playas de Catanzaro, aunque en los burdeles decían que tenía una herida de bala. Tres décadas atrás se libró la batalla de Punta Stilo.

Rico. Una fortuna tímida después de tantos años de esa zalamería colectiva que lo saludaba siempre llamándolo: “doctor italiano”. Pero Carlo nunca sostuvo una ampolla ni tomó la presión. Cuando llegó a ese lunar de la civilización, la gente recuerda que lo acompañaban decenas de baúles que hacían el mismo sonido del lavado de cucharas, tenedores y cuchillos.

Nadie olvida ese estentóreo sonido que provocó una huelga de cacareos en todos los puntos cardinales, pero esa fue la única y última vez que se vieron esas cajas negras.

Gruñón. Siempre caminaba con el mismo gesto del que tenía un problema por resolver y con el tórax haciéndole honor a la torre de Pisa. Su calvicie escamosa siempre llegaba a su destino antes que su cadera. Siempre forrado con vestidos de paño negro en un pueblo de pies descalzos y barrigas al sol.

Hizo suyo un cerro con una vista panorámica del caserío. Erigió una casa que parecía un contenedor de basura. Un gran bloque de concreto grisáceo. La estética es cara y Carlo siempre tuvo el aura de una llave que abría la caja de un secreto. Allí vivía con su mayordomo del que nadie recuerda su nombre.

A esa rémora le decían: ‘el Búho’. Tenía los ojos ambarados, pero libertinos. Su mirada no estaba atrofiada; era víctima de un par de ojos cobardes que tenían que ver si el otro estaba ahí antes de salir a la calle. Siempre caminaba con las manos entrecruzadas en su espalda baja, y solo las apartaba para sacar del bolsillo las once rentas mensuales que repartía en casas de tablón.

*

“El estadero de los 11”. Así se llamaba una cantina que de lejos parecía una cesta de paja. Allí se emborrachaban peleadores de gallos, juglares nómadas, gitanos acezantes y locales aciagos.

Esa cantina fue fundada como una cofradía por los Carlitos que el s Di Biase registró luego de llevar a su gran baúl enmontado a pueblerinas que ‘el Búho’ hechizaba con objetos brillantes. El mayor de los conspiradores tenía 28 y el que limpiaba la letrina del parador tenía 16 cuando Carlo di Biase fue asesinado.

El mayor de los conspiradores tenía 28 y el que limpiaba la letrina del parador tenía 16 cuando Carlo di Biase fue asesinado.

Cada amanecer, cuando los vómitos ya estaban secos y restando una o dos horas para que apareciera el primer cliente, los once gavilanes hacían contacto visual con el búho. Unos sentados en butacas y el resto sobre la mesa de guayacán; él con unos binoculares en lo alto de la meseta. En el alba siempre cuchicheaban alrededor del mismo pergamino.

Rayaban hojas con lápices, discutían entre ellos y más de una vez se zanjaron en peleas. Al limpiarse la arena tras las contiendas, volvían a su postura de girasoles al sol. ‘El Búho’ siempre alerta a los latidos incesantes de un mal presentimiento.

‘El Búho’ se transformó y, en medio de la noche, se volvió un cetrero. Sentía cada vez más cerca el aleteo de los once gavilanes sobre un secreto. Ocultarlo lo juró con sangre y era su alegría de vivir. “Sono innocui”, respondía siempre Di Biase cuando su mayordomo proponía un exilio intempestivo.

Pero todo cambió un día. Con los primeros rayos del sol, ‘el Búho’ no vio a nadie en la mesa vetusta del estadero ni rastro de los buitres. Los prismáticos hicieron puentismo en su cuello y entró raudo a la casa para cambiarse los mocasines por unas botas pantaneras. Descendió con un fusil Carcano M91 apuntándole a la espesa vegetación. Y se tiró al piso cuando vio, en un claro a unos 40 metros de la cantina, a los once cuervos rodeando a dos seres extraños y rubios que eran más altos que las palmeras.

Con la maleza jugueteando con su barba, sacó un pedazo de papel y retrató lo que vio. El par de seres translucidos vestían con trajes grises y corbatas blancas. La manada de Carlitos estaba embelesada recibiendo las órdenes. Parecía la planificación antes de un golpe de mano. Los dos arios señalaban al cielo y simulaban con sus manos el vuelo de un avión, la explosión de una bomba y el despegue de un cohete.

El búho antes de dar por terminado su dibujo, trazó un círculo temeroso sobre el pergamino que uno de los rubios gigantes siempre tuvo en un atril invisible. Ese día a las siete de la noche, vista desde el cielo, esa villa hubiese parecido un enjambre de luciérnagas.

Todo el pueblo salió a las calles polvorosas con lámparas de querosene luego de escuchar un disparo a lo alto del cerro. Los ojos llorosos e impredecibles del búho fueron iluminados por esas mechas mientras corría por el pueblo pidiendo un doctor o un curandero. “Omicidio, morte, ladri”, fueron las palabras que recuerdan que gritaba. Esa misma madrugada fue visto el mayordomo abandonar el pueblo montado en una bicicleta escoltando a una carretilla jalada por un burro. La biga mortuoria era manejada por un anciano con el rostro más funesto que el ataúd a cuestas.

Al caer la noche, la caja gris donde vivía el italiano se tiñó de naranja. Indistintos fuegos se veían desde la vereda en lo alto del cerro. Extrañas luces traspasaban las columnas de humo negro que se difuminaban en el cielo de enero. Al salir el sol, todo el pueblo corrió al cerro como hambrientos a un camión que reparte comida.

Al salir el sol, todo el pueblo corrió al cerro como hambrientos a un camión que reparte comida.

La meseta pasó de verde a color aluminio. Los malhechores invadieron el bunker y arrojaron a las faldas del cerro todo el contenido de los baúles y todas las joyas y artículos abandonados en cada rincón de la casa. Una avalancha de brillo cegador que hizo que varias tazas de café se enfriaran y un centenar de tamales se quemaran. La ambición hizo correr a todo el pueblo.

*

Dos años después, no hay más testigos de lo ocurrido en el cerro ahora llamado Loma Italiano. Donde las coronas de oro macizo, las cucharas de plata, las tiaras con diamantes y los anillos con rubíes descendieron, no volvió a brotar la vegetación. Una meseta pelada que ahora parece una pila de arena de construcción.

Los primeros en llegar a hacer rápel en el oro, cuentan que esa noche la fortuna fue lanzada en medio de la rabia. “Malparido”, “viejo hijueputa”, “¿esa mierda dónde está?”, recuerdan que fueron las expresiones de los invasores. Algunos hermanos lloraban, otros disparaban al hormigón gris y el resto tiraba todo desde la cima.

Nadie se detuvo por más de un segundo a interpretar la frustración. No había tiempo que perder. Tocaba vivir bajo techos de cinc y entre paredes de cemento. Ahora el pueblo tiene calles pavimentadas y energía eléctrica. El rincón más olvidado está alumbrado, las casas tienen tres pisos y una marca de tractores inauguró un concesionario. Las vacas no dejan ver el verde del suelo y hay más aves de corral que muertos en la Primera Guerra Mundial. Lea también: Cartagena se consolida como uno de los destinos fílmicos más importantes de Latinoamérica

Del estadero y de los Carlitos nadie sabe qué pasó. Esa misma noche desaparecieron con el alba cuando fueron al río y se montaron en una extraña barcaza que parecía una plancha de carbón. El pueblo ahora es opulento, pero misterioso. Muchos citadinos gafufos y con olor a lignina acuden con frecuencia a la vereda para acampar en Loma Italiano. Dicen que por esos extraños luceros que rodean de vez en cuando al cerro y desaparecen a los minutos.

Cuentan, son rumores, que el anciano adusto de la carreta cuando está borracho siempre dice lo mismo: “Ese hijueputa bizco cada quince minutos metía en un joyito del ataú una miecda rara, como un pitillito conectado a un bolso extraño. No sé pa qué mierdas”.

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