Cultural

Viejos rituales de Año Nuevo: así despide el Caribe el 2023

En el Caribe se despide el año con varias ceremonias, una de ellas, es quemar al tradicional Año Viejo, que encarna lo ingrato del año vivido.

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GUSTAVO TATIS GUERRA
30 DIC 2023 - 05:19 PM

Viejos rituales de Año Nuevo. //Foto: Cortesía.

El Año Viejo es la colcha de retazos de los desahucios: con la camisa de rayas y los pantalones ripiados por el tiempo, y las viejas botas pantaneras, y el sombrero vueltiao roto por los soles del verano, el Año Viejo es un patriarca gordiflón y cara de malas pulgas, que tiene una calilla montemariana entre los labios y unos ojos de gavilán que ve pasar el tiempo con la desazón del tendero en ruinas. Los ha creado la vecindad para despedir con candela, según ellos, el peor año de sus vidas y muy probablemente, el peor año del mundo, con dos guerras mundiales después de la pandemia.

Han sentado al Año Viejo en un taburete emparapetado y la sentencia comunitaria es que ha de morir quemado en medio de la bulla de la medianoche del 31 de diciembre, en que todos los hombres y las mujeres del Caribe se ponen a llorar sin saber por qué, mientras escuchan a Diomedes Díaz que nos recuerda al que se quedó sentado bajo las estrellas de la loma atormentado por los viejos recuerdos que ya no vale la pena volver a recordar. Lea aquí: Los agüeros de año nuevo más populares en Colombia: tradiciones vivas

El Año Viejo es una ceremonia colectiva de todos los caribes que siempre queman a la medianoche lo que fue ingrato y lo que no merece robarnos la alegría. Durante muchos años el Año Viejo encarnaba la beligerante reclamación a un alcalde incompetente o a un presidente perdido en el laberinto del poder, o a un desatinado poderoso que creyó gobernar el mundo con sus torpes dedos de marionetista. Pero cada vez, el Año Viejo es lo más parecido a las ilusiones del solar que se llevó el viento adverso de las decisiones inciertas. Cada vecino aporta algo de la colcha de retazos. Dentro de cada casa no hay familia que no lleve su muerto adorado por dentro que despierta al filo de la medianoche.

De repente, despierta mi primo hermano José Ricardo Rodríguez Guerra jineteando su último caballo y despierta mi concuñado Alfredo Díaz Alfaro pastoreando un rebaño y tiene las manos abiertas con la semilla del arará, el árbol que mi madre conserva para sanar los golpes de la tribu. De repente, todos los muertos se despiertan: también Honorio, mi padre, que poco antes de morir, se preguntaba quien se iría en ese año sin comer pasteles. Y era él el que se iría en marzo sin comer los pasteles de diciembre de 1994. Y despiertan tía Carmelita Guerra y tía Narda Guerra, mientras mi madre teje sin cesar con hilos delgados la blanca mortaja de tía Narda, que le pidió antes de morir que fuera ella la que cosiera el último traje de la muerte para ella.

En la cola del patio el lebrillo rectangular de arcilla está listo para el agua de las seis de la tarde del 31 de diciembre. Alguien se asomará a verse a la medianoche en el agua clara y dormida bajo la luna y descubrirá reflejos del porvenir en las ondas secretas del agua, tal como me lo ha recordado Mary Serrano Rivas. Es un viejo ceremonial de supersticiones y creencias españolas heredadas en América. Como el recipiente de arroz y lentejas cada diciembre para que no falten las provisiones en el año que viene. Pero en América heredamos también las creencias africanas e indígenas. Somos una tribu bajo el arcoíris. El lebrillo de la medianoche es herencia judeo cristiana, desde la remota tarde en que Jesús sumergió los pies de sus apóstoles para lavarles los pies, en una ceremonia de purificación.

El agua sigue convidándonos a nuevos rituales de purificación. Mi hermano Isidro Álvarez Jaraba me habla de los Patas de Agua, los hombres anfibios de La Mojana. Han tenido que salirle escamas y aletas en los pies de tanto estar más tiempo en el agua que en la tierra. Los habitantes de La Mojana por razones más políticas que de destino geográfico, viven más tiempo en el agua que en la tierra. Vivir en el agua podría ser el mayor privilegio si no estuvieran condenados por la politiquería y la corrupción a la manipulación de un paraíso que se convirtió en un reino amenazado por la pobreza.

Isidro venía desde Sucre, Sucre, a visitar a Ubaldina Jaraba, la esposa de mi tío Hermógenes Tatis, y sin saberlo, se encontraba con mi primo hermano Gustavo Tatis Jaraba, en el barrio 7 de Agosto. En una de esas venidas supo que su primo hermano era mi primo hermano y que compartíamos el mismo nombre y apellido. Ahora tenemos una estirpe de nombres repetidos, en el que hay Tatis Jaraba, Tatis Julio, como en mi familia materna hay Ricardos repetidos, Gustavos repetidos, Escolásticas repetidas, y Leonardos repetidos, y otros parientes que no he alcanzado a conocer y tienen sus raíces en las sabanas de Sucre, Córdoba, el Sinú, La Mojana, Cartagena de Indias y Palenque. Lea aquí: 28 de diciembre: día de los Santos Inocentes, ¿de qué se trata?

Pienso ahora en el lebrillo y en otras ceremonias de fin de año. La maleta que alguien carga a la medianoche del 31 de diciembre, los interiores amarillos y las 12 uvas que mastica mientras da la vuelta a la manzana, con la ilusa convicción de que serán las doce uvas de un año sin tempestades. Cada uno se imagina el porvenir sin intuir que el ajedrecista de los cielos está a punto de mover una pieza en el tablero, como en el poema de Borges. Y vuelve a sonar la vieja canción del Año Viejo de Crescencio Salcedo, cantada por Tony Camargo en 1953, en RCA Víctor en México. Una canción que nos atraviesa el corazón.

Y volvemos a ver a Tony Camargo, a quien tuvimos el privilegio de conocer gracias a Heriberto Fiorillo, invitado al Carnaval de las Artes. Y Tony Camargo que está en la otra orilla celeste canta mejor la canción más allá de la muerte. Y mientras suena la canción llueven lágrimas en los últimos cinco minutos para las doce de la noche.

Entonces alguien rocía gasolina al patriarca en su taburete patuleco. Y enciende el fuego que empieza a devorar las botas pantaneras, el cuerpo inflado de colcha de retazos de este gordiflón ingrato, y se queman lentamente los ojos de gavilán del Año Viejo.

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