16 personas regresaron. La valentía de contarle al mundo lo vivido nació mucho tiempo después como terapia. Todo comenzó el 13 de octubre de 1972, el Vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, con 45 personas, en su mayoría jóvenes del equipo de rugby Old Christians Club, acompañados de amigos y familiares, con la ilusión de salir y conocer Santiago de Chile, se estrelló. Su desafío no era ganar un partido sino vencer a los Andes, al Valle de las Lágrimas, aquellas que muchos derramaron y otros evitaron, pues su objetivo más que salir, era vivir.
33 sobrevivieron al impacto, 12 perecieron el fatídico 13 de octubre. Diecisiete no sobrevivieron a las escalofriantes temperaturas de los solitarios vientos, a la nieve que caía, la que yacía y a la que amenazaba con sepultarlos. Lea aquí: Galería: 10 cosas que debes saber de la película ‘La Sociedad de la Nieve’
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Fueron 72 días en las que el cineasta español Juan Antonio Bayona tuvo la osadía de retratar a través de la magia del séptimo arte. Su querer y hacer por contar esta historia, que se debate entre ser tragedia y milagro, duró 10 años. Una década en la que buscó -en especial- presupuesto para producir lo que su mente sabía. Las productoras que visitaba no querían apostarle a la complejidad del español y a los emergentes actores. Nadie -como decimos en la Costa- le paró bolas, pero seguía vendiendo su película, con la plena convicción de que alguien se montaría en el avión de los que mueren por hacer un cine que conmueve, que enseña y que perdura. Gracias, Netflix.
Para J.A. Bayona, realizar ‘La Sociedad de la Nieve’ fue el testimonio del entusiasmo, la dedicación y resiliencia de un equipo de más de 800 personas aguantando condiciones climáticas extremas por 140 días, muchas veces a 3.500 metros de altura en Sierra Nevada, Granada. Un rodaje que se dio, cuando todavía había una pandemia declarada, pero que había comenzado proceso de casting en 2018. Lea aquí: La Sociedad de la Nieve: hablaron los sobrevivientes de los Andes
La película es una poesía visual y no se necesitan los complejos diálogos para que la empatía surja. Tan minuciosamente cuidada y construida que usted se pregunta por qué los sobrevivientes tenían tantos cigarrillos y si podían prenderlos ¿por qué nunca hicieron una fogata? Imagínese que a principios de 1970 había escasez de cigarrillos en Chile, así que Javier Methol (sobreviviente) y Francisco “Pancho” Abal (fallecido) eran accionistas de la sociedad Abal Hnos, una compañía tabaquera. Ellos llevaban cajas que alcanzaron para los 72 días, pero no contaron con suerte porque todo lo que tenían para quemar estaba mojado.
Lo humano de la película se lo debemos a actores que no contaban con experiencia en grandes producciones cinematográficas, para ellos, el teatro lo era todo, y para Agustín Della Corte que fue jugador de rugby profesional y Agustín Berrutti, domador de caballos, la actuación se convirtió en su Andes, difícil pero posible salir victoriosos. Lea aquí: La Sociedad de la Nieve: la película de Netflix elogiada por el mundo entero
Los otros héroes $>
Los actores son estrellas indiscutidas, pero el equipo de maquillaje y peluquería (Ana y Belén López-Puigcerver) y los maquilladores de efectos especiales (David Martí y Montse Ribé) son héroes fuera de la cámara. ¿Es usted consiente de la desnutrición extrema con la que regresaron los sobrevivientes a Uruguay? Era peligroso, siquiera, imitar los números con los actores, por lo que, junto a un grupo de nutricionistas, se logró una gran perdida de grasa y musculatura, pero la extrema delgadez fue gracias a prótesis faciales muy sutiles que reforzaban su débil aspecto desarrollados por estos equipos. Lea aquí: ‘La sociedad de la nieve’, la película de Bayona que enamora en los Óscar
“La Sociedad de la Nieve” generó 51 millones de visualizaciones en 11 días en Netflix. Está entre las diez películas de habla no inglesa más vistas en la historia de la plataforma. Número 1 en 93 países. Una película que no superaremos nunca.
Y a Numa... ese gran personaje cuya historia conmovió a muchos (sabrá a qué me refiero si ya se vio la película), aunque nunca pudo rimar como Neruda sí dejó una frase que cobra gran relevancia hoy en día: “No hay amor más grande que el que da la vida por los amigos”.
Y gracias a María Laura Berch, Javier Braier y Lair Said que dirigieron el proceso de casting y lograron su objetivo: encontrar actores, no solo, físicamente iguales, sino capaces de afrontar retos psicológicos y físicos que demandó el rodaje.
Los secretos de Juan Antonio Bayona: $>
El diseñador de producción, Alain Bainée, construyó tres réplicas del Fairchild 571: una en Sierra Nevada; otra en una nave industrial; y la tercera a nivel del mar para los días donde rodar en la montaña era imposible.
Tomás Wolf interpreta a Gustavo Zerbino, a quien llamaban “orejas”. El equipo de maquillaje moldeó orejas falsas que justificaran tal apodo. Las prótesis eran tan delicadas que se deterioraban y había que reemplazarlas casi a diario.
Pau Costa, maestro de los efectos especiales, creó nieve con papel, plumas, material dentro de los pañales... menos con plástico porque no es biodegradable.
José Luis “Coche” Inciarte, al desnudarse en el hospital, notó sus rodillas hinchadas. En realidad, eran piel y hueso. El equipo de maquillaje fabricó prótesis de plastilina reforzada de aluminio, aplicando silicona teñida, maquillada al tono de piel e insertaron pelos individualmente.
Agustín Della Corte que fue jugador de rugby profesional y disputó la Copa del Mundo de Rugby 2019 que se celebró en Japón, fue parte del elenco de la película.
María Laura Berch, Javier Braier y Lair Said dirigieron el proceso de casting. Su objetivo: encontrar actores físicamente iguales a los originales y capaces de afrontar retos psicológicos y físicos que demandó el rodaje.
Tres sets: el primero era un avión construido sobre una plataforma para simular las turbulencias; el segundo con un tercio del fuselaje encima de un gimbal (un estabilizador formado por una plataforma motorizada con sensores, acelerómetros y compás magnético) para los movimientos y las inclinaciones del avión. El último es la construcción de solo una pared del avión con cinco filas de asientos con ruedas, para poder rodar los detalles del momento del impacto.
Las escenas de la casa de Numa Turcatti, fueron filmadas donde residió. El diseñador de producción Alain Bainée, con el departamento de arte, recreó el edificio tal y como era en 1972.
Se rodó a 3.500 metros de altura en Sierra Nevada, Granada (España).
Los dos viajes de los supervisores de efectos visuales Laura Pedro y Félix Bergés al Valle de las Lágrimas requirió la ayuda de montañeros profesionales. El resultado fue una representación 3D del terreno como base a las extensiones del metraje filmado en Sierra Nevada.
El diseño de vestuario estuvo a cargo de Julio Suárez, el reto fue encontrar la funcionalidad narrativa de cada prenda y elemento tras el accidente.