Cultural

Una mañana solitaria en el Parque Centenario

Impulsado por la lluvia y un error de horario, un hombre se refugia en el Parque Centenario al amanecer. Encuentra en la soledad del parque un lienzo para su imaginación.

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Un cambio de horario me movió a este parque en una mañana solitaria.
JUAN SEBASTIÁN RAMOS
30 JUN 2024 - 10:02 AM

Qué difícil es decidir. Siendo consciente de que llovería en cualquier momento, decidí no seguir tibio a Y de la carretera. El abanico de opciones me tenía indeciso. Eché las piernas a andar por los vestigios de lo que fue el Revellín de la Media Luna, sin prisa, cual turista con tiempo a su favor. El cielo apenas se formaba como humo espeso haciendo su aparición matutina, y al mismo tiempo un rugido amenazaba con ametrallar techos y asfalto con gotas de lluvia. Al ver aquel espectáculo, me pregunté: ¿Qué sería de nosotros si la lluvia fuese eterna y estuviéramos estáticos, si su persistencia nos disparase y su poder nos dejara los huecos que deja en las piedras?

La paranoia de la lluvia me movió al Parque Centenario a las seis de la mañana, con el celular a punto de descargarse y la cartera vacía. Desde afuera vi a dos porteros acercarse, uno terminaba de masticar el desayuno, y el otro se abotonaba el uniforme para que no sobresaliera su gelatinosa barriga cervecera. Me abrieron, entré y comenzó mi jornada de nómada a la fuerza. Lea aquí: La historia de dos sobrevivientes de la bomba nuclear en Hiroshima y Nagasaki

Creo que estoy enamorado; minutos antes fui a la oficina solo para darme cuenta de que había leído mal el horario y llegué al turno equivocado, ocho horas antes. Podía quedarme trabajando horas extras, O aventurarme a visitar algún lugar para quemar tiempo. “Mi tiempo, mi valioso tiempo, qué estoy haciendo contigo”, pensé. Pasé por el Centenario muchas veces, pero nunca lo visité como esa mañana. Pasaba por ahí porque me ayudaba a cortar camino de Getsemaní al Centro, por pura rutina, nunca como opción de entretenimiento. Esa mañana, estar ahí fue como darle una colchoneta a un niño. Y aunque para un adulto solo sea eso, una colchoneta, para los infantes puede mutar en un Ferrari, la alfombra voladora de Aladdin, o quizás un resguardo en la guerra de las trincheras. Cuántas cosas maravillosas se pueden construir con la imaginación y el tiempo como aliado.

Una Mariamulata juguetea con los restos de un mango.

***

Miré el reloj y apenas habían pasado cinco minutos. Saqué un libro, leí un par de páginas y volví la mirada al reloj. El tiempo parecía eterno. No tenía a quien contarle lo que me había pasado. Al principio me sentía en la cárcel de Sing Sing, solo que yo no estaba destinado a morir por culpa de una infame, sino a causa del aburrimiento. Me incorporé en una de las bancas frente a la fuente con la esperanza de observar y escuchar el sonido del agua. Pero ya no era como en Navidad, cuando de sus tuberías brotaba un manantial abundante. Ahora solo veía una piscina seca donde aterrizaban las hojas secas empujadas por el viento.

Vi a una muchacha acercarse a la banca de al lado, estaba sola y aunque no lograba mirar con claridad su rostro, la recuerdo por su cabello trenzado que parecía la cola de un pescado. Le di un nombre y una historia: se llamaba Carmen y estaba esperando a alguien, miraba una y otra vez un celular de gama baja. Probablemente trabajaba por ahí cerca, tenía abrazado un morral y miraba con desespero hacia la entrada, esperando que ese alguien apareciera por la puerta, un amor o un salvador. Carmen seguramente había llegado más temprano de lo usual, y al igual que yo, estaba quemando tiempo. Lea aquí: Las confesiones de Shakespeare elevan al teatro en Cartagena

Aquel inoficioso lapso de especulación fue interrumpido por un mango que cayó a escasos centímetros de mí, por poco me golpea en la cabeza. Lo vi en el piso, rajado por el impacto de la caída, sucio y raspado. Sería bueno que alguien lo tomara y lo lavara, porque su trágico final era inevitable, lo pelarían, chuparían su pulpa hasta secarlo y lo devorarían a mordiscos. Quería ser yo quien le diera ese trágico final, pero me daba pena agacharme a cogerlo.

Una mariamulata se me adelantó, la muy viva comenzó a rodearlo hasta que le dio el primer picotazo, no obstante, era poco lo que podía consumir del jugoso fruto, así que se dio por vencida y se fue, dejándome tentado a tomarlo. Tenía hambre y no tenía dinero, ¿por qué no cogerlo? Al fin y al cabo, estaba en modo supervivencia. El portero barrigón me gritó desde la otra acera: “Ajá, mijo, ¿por qué no coges el mango?”. Yo sonreí avergonzado, él insistió: “Eso te lo dio la naturaleza, cógelo”. Yo hice caso. Me acerqué, lo agarré cuidando no mancharme y lo puse a secar al lado de la banca.

Mientras observaba el árbol de aquel fruto, vi que los demás mangos parecían custodiados por un grupo de iguanas que descansaban en las ramas. Una de ellas se había caído y trataba de volver a subir con el resto de la manada. Lentamente enterraba las uñas en la textura áspera del tallo. Escalaba con una facilidad que evidenciaba su experticia, enterraba las uñas mientras yo la observaba atontado y me presumía su habilidad. Lea aquí: La historia de amor y alzheimer de Mario Benedetti llega al cine

Un mango jugoso cayó de uno de los árboles.

Otra persona llegó al Centenario, era un anciano con un periódico en la mano, se sentó en otra de las bancas para leer la edición dominical. Probablemente hoy esté leyendo esto sentado en la misma banca, o quizá se salte la página y me ignore con crueldad. También le inventé una historia. El hombre se llama Roberto, está pensionado, se conoce cada calle del Centro Histórico y le tiene miedo al olvido. Roberto no era el hombre que Carmen estaba esperando, nunca hablaron, pero compartieron una mirada de complicidad cuando un habitante de la calle irrumpió por los pasillos del parque. A aquel hombre, le di por nombre Horacio, tenía los pies inflamados y sus talones tenían grietas parecidas a las de mi mango. Horacio era oscuro como la noche y en su cara abundaba como cosecha de trigo una barba canosa. Caminaba como zombie, dando pasos len-tos, como si se fuera a caer, como si no tuviera rumbo, o como si su rumbo fuera este parque. ¿Yo estaba tan solo con estas tres personas? o ¿ellos disfrutaban la soledad tanto como yo?

Volví a revisar la hora y me abordó la presencia de una mujer, de ella emanaba un aura rosa, no había visto su cara aún, solo la escuché decirme «Buenos días», reaccioné mirándola a los ojos, la tenía muy cerca. Para mí, ella es Roxana, supuse que trabajaba de noche y por tal razón tenía el maquillaje cuarteado y la cara deshidratada. Olía a licor, estaba desgreñada y su mirada me pedía sacarla de ese cuerpo a gritos.

Quise pensar en otra historia para Roxana, pero no pude. “¿De quién es ese mango?”, me dijo señalando con el dedo. Intimidado y con la voz cortada le pregunté: “¿Lo quieres?”. Abrió los dedos hasta explayar la mano por completo y encima de su palma coloqué el mango. Quise hacerle preguntas pero me acobardé y la dejé ir. Me dio las gracias y se marchó, haciendo del pasillo una pasarela, moviendo sus caderas de lado a lado y con los tacones en la mano.

Cuatro personas encontré y sin terminar sus historias, los conocí. Carmen, Roberto, Horacio y Roxana, a todos les inventé historias sin la certeza de qué los llevó al Centenario esa mañana al igual que a mí. Tal vez nunca lo sepa, nunca se los preguntaré, esa mañana solo pude imaginar más que cuando jugaba con las colchonetas siendo un niño.

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