Es el hombre más longevo de Cartagena de Indias. Uno de los más viejos de Colombia y del mundo. Delgado, huesudo, laborioso, con la recia madera de ébano en la piel, José de los Santos Ruiz Gómez nació en 1910, en Urabá, y el pasado 31 de diciembre celebró 115 años de edad. Para creerlo tuve que pedir su cédula de identidad y confirmarlo.
José de los Santos está sentado en la sala de su casa, en el barrio El Campestre de Cartagena, en la manzana cuarenta, lote veinte, y vio pasar el siglo pasado con la picardía de un solitario feliz. Al entrar al siglo XXI, tuvo la esperanza de que, luego de dos guerras mundiales, el mundo no repetiría los desatinos del pasado, pero ha vivido para darse cuenta de que la humanidad ha empeorado repitiendo errores.
En su casa se encendieron las velitas y se festejó por partida doble el Año Nuevo y su cumpleaños hasta la 1 de la madrugada. Hasta hace poco jugaba dominó con los vecinos, se comía sus chicharrones en Turbaco y sus sancochos de pescado en La Boquilla y Playa Blanca, bebía sus cervezas y tragos de whisky, se veía los partidos de fútbol, especialmente cuando jugaba la Selección Colombia. Su música preferida es la de acordeón, especialmente los paseos de Alejo Durán y Enrique Díaz. Fumó tabaco hasta los 110 años. Tomaba mucho café. Era muy bailador en las Fiestas de la Independencia de Cartagena. Le encantaba bailar porros al ritmo de las bandas de viento. Enamoradizo. Tuvo ocho hijos con tres mujeres. Desde hace poco perdió la visión. Macaria, su hija mayor, nacida en Cartagena el 7 de septiembre de 1953, lo cuida. Su padre vino temprano de Turbo a Cartagena. Fue alcalde de San Onofre, cuando pertenecía a Bolívar. El gobernador del departamento era Edmundo Balseiro. Trabajó en el Ministerio de Obras Públicas, en la Licorera de Bolívar. Fue celador durante diez años de la Casa Museo Rafael Núñez. Católico y conservador por convicciones, apoyó a líderes políticos conservadores como Raymundo Emiliani Román, Santiago Heredia y Rafael Pérez Martínez. Fue lector toda la vida del diario El Siglo.
“Duerme bien, muy tranquilo”, dice Macaria. “Ahora solo toma sopitas. Antes, mucho pescado con yuca, chicharrones. Ha sido un buen padre, un hombre pacífico, tranquilo, jamás ha cogido rabia. Mi madre, Luciana Mercado Cuello, de Sincelejo, ama de casa, una mujer bastante fregada, me tuvo a mí cuando mi papá tenía 58 años. Soy la mayor de tres mujeres: Ángela, Vilma y yo. En Turbo quedan algunos sobrinos y sobrinas de mi papá. Uno de los amigos cercanos de mi papá es Evaristo González. Uno de los lugares que visitaba mi papá era el Portal de los Dulces. Todos los días jugaba a la apuesta hípica del 5 y 6, le encantaban los caballos, cuando vivía en Urabá montaba a caballo en una finca familiar. Su padre, Custodio Ruiz Rodríguez, mi abuelo, murió a los 105 años. Mi abuela Agustina Gómez Julio era de Turbo. Mi papá nombra cada día a su mamá. Él en toda su vida no se ha enfermado de nada, cuando la pandemia mi papá no se enfermó de COVID-19, se puso las vacunas dentro del carro, los médicos dicen que no tiene ninguna enfermedad de base, pero como fue fumador, ha tenido sus problemas de salud. El médico Abel Pérez le encontró una infección urinaria. Lo increíble es que él está afiliado a la Nueva EPS y no le están prestando los servicios que requiere. Necesita paños, potes, una silla para el baño, complejo B, Redoxón, mucha vitamina C, ciertos medicamentos, y no se los dan. Solicitamos una cuidadora para mi papá. Pusimos una tutela y nada. Y yo, que estoy cuidando a mi padre, tengo dos hernias, problemas con las articulaciones y los pies hinchados”.

Vivir entre dos siglos: la historia de José de los Santos Ruiz Gómez
Fue Piedad Berrocal quien nos contó hace poco de la existencia de José de los Santos Ruiz Gómez, de 115 años, y nos pusimos en contacto con su hija Macaria Ruiz. Llegamos con el amigo conductor Carlos Manzur, en compañía de Óscar Díaz, fotógrafo de El Universal, en la mañana sofocante del jueves y nos recibieron Macaria y su padre.
“Mi padre es un patrimonio humano camino a cumplir 116 años”, dice Macaria viendo a su papá. Se enternece hasta las lágrimas al recordar su vida junto a él.
“Ha sido un padre ejemplar. Cuando yo, siendo niña, pedía algo, mi mamá -que era más rígida- no me acolitaba lo que pedía, un día pedí que me compraran una sillita, y yo lloraba porque mi mamá no quería comprármela, mientras mi papá decía para complacerme: ¡Comprásela!
“Me cargaba para que no me ensuciara los pies”. Macaria le pide a su padre que levante la cabeza para la foto. Me muestra su cédula, en la que verificamos que nació en 1910, y confirmamos que ya pasó los 115 años. Macaria me comparte videos en celebraciones de sus cumpleaños, bebiendo cervezas, tamborileando vallenatos, recorriendo la ciudad en Navidad.
Y me cuenta esta historia divertida: “Un día, un yerno, Alexander, que tiene un carro de turismo, se llevó a mi papá a pasear. Cuando pasaron por La Casa del Marino, se desviaron y entraron al establecimiento. La Policía les pidió documentos y, al ver que mi papá ya tenía más de 100 años, se asombró y dijo: ‘¿Así que usted está buscando chicas lindas?’. Las jóvenes salieron a recibirlos. ‘¿Y usted aún tiene agallas para andar con estas chicas?’, le preguntaron.
Y mi papá respondió: ‘¡Las agallas aún están en las manos, en los dedos, en la lengua! ¡Eso es lo que yo vengo a buscar aquí!’”.

El milagro de vivir muchos años
Vivir entre dos siglos es un milagro. José de los Santos lo ha logrado gracias a que no le ha llevado la contraria a la naturaleza. Ha sido un hombre festivo y siempre con una actitud positiva. Nunca se ha salido de casillas, dice Macaria, quien, para ir a reclamar medicamentos que no le entregan, tiene que dejar a su padre con la ayuda de la cuidadora Andrea.
Nos despedimos de Macaria y de José de los Santos Ruiz Gómez. Su mano se aferró a la mía. “Usted es una reliquia viviente”, le digo.

