En el pabellón 8 de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, entre pasillos colmados de libros y conversaciones cruzadas, el stand 308 de la Universidad de Cartagena se convirtió en un pequeño territorio del Caribe. Allí, más que presentar publicaciones, la universidad construyó durante varios días una experiencia donde la palabra fue puente entre ciencia, memoria, literatura y comunidad.
La apuesta comenzó con una idea clara: llevar el Caribe a la feria no como paisaje, sino como pensamiento compartido. Bajo el concepto de “Radio Patio Caribe”, el stand se transformó en un espacio vivo, inspirado en las radios comunitarias, donde cada presentación se sintió como una conversación abierta.
Voces distintas —académicas, literarias, científicas— se encontraron para dialogar con un público diverso que iba y venía, pero que siempre encontraba algo que lo detenía.
El mismo stand representaba en sí mismo a una casa caribe, con el piso rojito y con un “patio” lleno de palmeras y mecedoras. Un pequeño rincón Caribe se adueñó de ese pedacito de Bogotá llevando calidez en medio del frio.
UniCartagena entre presentaciones en la FILBo
Uno de esos momentos, académicos y literarios, ocurrió con la presentación de Querido Gabo, un libro construido a partir de las voces de niños y niñas de Cartagena que escribieron cartas a Gabriel García Márquez. Lejos de ser un homenaje convencional, el proyecto apostó por mantener vivo al Nobel en la imaginación de las nuevas generaciones.
Las autoras Delly de la Rosa Tovar y Bertha Arnedo explicaron que el libro nació como una invitación a dialogar con su legado desde la cotidianidad. En las páginas, los niños no solo recuerdan al escritor, sino que lo integran a sus propias historias familiares, escolares y emocionales.
El público que asistió a esta presentación encontró algo más que literatura infantil: una demostración de que la universidad también es un espacio para la creación sensible. Las cartas, seleccionadas entre más de 200, evidenciaron cómo la lectura puede convertirse en una experiencia viva, capaz de conectar generaciones distintas a través de la imaginación.
Días después, el tono cambió, pero la esencia se mantuvo. La poesía se tomó el stand con la presencia del escritor cartagenero Nemesio Castillo, quien presentó su poemario Los reflejos de la vida entre versos. La escena fue íntima: un autor hablando sin pretensiones, un público cercano y una conversación que giró en torno a preguntas fundamentales. ¿Qué es ser poeta? ¿De dónde nace la poesía?
Castillo no habló de técnica ni de métrica. Habló de vocación. “Un poeta necesita tener un llamado”, dijo, mientras algunos jóvenes asentían desde las sillas improvisadas del stand. Su intervención convirtió el espacio en un aula abierta, donde la literatura dejó de ser un objeto para convertirse en experiencia. Más que un lanzamiento editorial, fue un ejercicio de reflexión sobre el sentido mismo de escribir.
Pero la presencia de la Universidad de Cartagena en la FILBo no se limitó a la literatura. La programación también abrió espacio para discusiones científicas y sociales. Conversatorios sobre la relación entre ciencia y religión, la nanoencapsulación y su impacto en la medicina, o los debates en torno a la bioética y la educación, mostraron una institución que entiende el conocimiento como un campo amplio, donde distintas disciplinas pueden dialogar.
En ese cruce de saberes, el Caribe volvió a aparecer como eje. Temas como las raíces afrocaribeñas, la literatura del Pacífico o las transformaciones culturales desde el cine y la memoria barrial ampliaron la conversación más allá de los libros. Cada charla, cada panel, parecía responder a una misma intención: mostrar que la universidad no solo produce conocimiento, sino que también interpreta el mundo desde su territorio.
El Vicerrector de Investigación de la institución, Harold Gómez, tuvo activa participación en el encuentro literario. En el marco de la Filbo destacó el valioso papel de la Editorial Unicartagena: “Nos dimos un espacio para seguir conectados con la esencia de nuestra labor: disfrutar y compartir el valioso producto literario de nuestros autores, maestros e investigadores. Cada obra refleja conocimiento, pasión y el compromiso de seguir construyendo futuro desde la academia hacía la sociedad”
Rector de la Universidad de Cartagena destaca su papel en la FILBo
Esa visión fue reforzada por el rector Willian Malcun, quien durante su paso por la feria destacó el papel de la educación pública como motor de transformación. Para él, la presencia en la FILBo no es casual, sino parte de una estrategia para visibilizar el impacto de la universidad en los territorios. “La educación garantiza la libertad a través del conocimiento”, afirmó, recordando que la institución ha trabajado durante más de 30 años en llevar oportunidades a regiones donde el acceso a la educación superior sigue siendo limitado.
Su discurso no sonó distante frente a lo que ocurría en el stand. Al contrario, parecía encontrar allí su mejor ejemplo: estudiantes, docentes, escritores y lectores compartiendo un mismo espacio, dialogando sin jerarquías, construyendo conocimiento de manera colectiva.
En paralelo, la universidad también dejó ver su apuesta editorial. Más allá de publicar investigaciones académicas, busca abrir sus puertas a voces culturales del Caribe colombiano, fortaleciendo una identidad que se nutre tanto de la ciencia como de la creación artística. En ese sentido, cada libro presentado en la feria fue también una declaración de principios.
Al caer la tarde, cuando el flujo de visitantes disminuía y las luces del pabellón comenzaban a apagarse, el stand de la Universidad de Cartagena conservaba algo de su energía inicial. Quizás porque no se trataba solo de una agenda de eventos, sino de una forma de estar en la feria.
En medio de una FILBo marcada por la diversidad de propuestas, Unicartagena logró construir un relato propio. Uno en el que la poesía dialoga con la ciencia, los niños con los grandes autores, y el Caribe con el mundo.
Al final, entre libros, voces y encuentros, quedó la sensación de que ese rincón del pabellón 8 no fue solo un stand, sino un espacio donde la universidad se pensó a sí misma y, al mismo tiempo, invitó a otros a hacer lo mismo.
