Juan Antonio Pizarro fue una de las revelaciones literarias de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, con su primera novela: Las bocas del silencio (Yarumo, 2025). En esta ópera prima, el autor recrea intersticios humanos, sociales y políticos de la historia de Cartagena, y rescata, como quien recupera tesoros sumergidos, fragmentos de esa memoria que permanecían en la penumbra.
A pocos meses de su publicación, la obra ya completa dos ediciones y ha despertado elogios de figuras como Gustavo Álvarez Gardeazábal, Darío Jaramillo Agudelo y Alfonso Múnera, quienes destacan tanto su valor literario como la manera en que aborda aspectos poco explorados de la historia cartagenera.
“Las voces del silencio hablan alto en la novela de Juan Antonio Pizarro”, expresó Alfonso Múnera Cavadía. Por su parte, Darío Jaramillo comentó: “Por culpa de tu novela, hoy no he desayunado ni almorzado”. A ellos se suma Iván Onatra, quien aseguró: “Pizarro nos descubre un Caribe inédito y se reinventa a sí mismo”.
- ¿Qué experiencias de infancia y juventud te acercaron a tu vocación por la historia y la literatura?
-A los 10 años mi mamá, Margot Leongómez, cometió un acto irreversible: me puso un libro en las manos. Ahí empezó todo. Caí en la trampa de la literatura y no salí más. Años después, en plena adolescencia, apareció una colección de clásicos de la editorial Cumbre: Los tres mosqueteros, Cumbres borrascosas, Miguel Strogoff, Los viajes de Gulliver, que convirtió unas vacaciones cualesquiera en una fiesta privada con los grandes de la literatura. Mi mamá soñaba con tres cosas: un hijo cura (falló), un hijo militar (le salieron tres, pero de signo contrario) y un hijo escritor. Tuvo dos: Eduardo, el académico, y yo, el otro… al que nunca leyó. La historia siempre me rondó, pero solo me atrapó de verdad cuando llegué a Cartagena, ya en mi segunda juventud, a los 70. Ahí se cruzaron las dos corrientes -literatura e historia- y terminó naciendo ‘Las bocas del silencio’.
- ¿Qué juegos, tiras cómicas, canciones o personajes populares fueron invaluables en tu formación?
Fui un futbolista entusiasta y mediocre: jugué en todas las posiciones, sin destacarme en ninguna. Pero el fútbol me dejó algo mejor que el talento: disciplina, trabajo en equipo y ganas de seguir jugando aunque uno no sea crack. Mi verdadera escuela filosófica estaba en el periódico: Benitín y Eneas, Mandrake, El Fantasma… pero sobre todo Carlitos y Mafalda. Ahí entendí que se puede pensar en serio sin dejar de sonreír. Musicalmente fui un desastre, pero hay dos canciones que se me metieron en el alma: Palo Bonito y La Pollera Colorá. Nunca las canté bien, pero las sigo oyendo por dentro. Y más adelante apareció un personaje clave: Quincas Berrido De Agua, de Jorge Amado. Su frase final: “Imposibles no hay”, me ha servido más que cualquier MBA.
Detalles del proceso creativo de Juan Antonio Pizarro
- ¿Qué vivencias gestaron tu primer texto literario?
Mi primer libro serio fue uno de poemas: 51. Lo escribí en Bogotá, inspirado en su caos, su frío y su gente. Tiene una particularidad: lo escribí entero en un celular, robándole tiempo a la vida: en la calle, en un café, en la madrugada. Después llegué al Caribe... y se rompió la represa. En pocas semanas salieron 20 cuentos, entre lo fantástico y lo real. Ahora los pulo para ver si se dejan publicar. A veces escribir es eso: callarse durante años, y de repente no poder parar.
- ¿Qué autores y pensadores te han marcado?
He sido un lector omnívoro. Empecé con Dumas y el oeste salvaje de Marcial Lafuente Estefanía; pasé por el Boom -La ciudad y los perros, Cien años de soledad-; me metí en la novela negra con Hammett, Chandler y Vázquez Montalbán; coqueteé con la ciencia ficción de Asimov y Clarke; y últimamente camino con Auster y Padura. En Colombia: Darío Jaramillo, León de Greiff, Samper Pizano… voces distintas que me acompañan. Y en historia, Cartagena fue mi universidad: Lemaitre me dio la base, y Alfonso Múnera me enseñó a mirar a los que la historia había dejado por fuera. De ahí nace buena parte del espíritu de ‘Las bocas del silencio’.
- ¿Cómo nació y se escribió ‘Las bocas del silencio’?
La semilla se sembró en Trujillo, en Extremadura, tierra de los Pizarro. Pero la novela se escribió en Cartagena: aquí fue donde todo cobró sentido. Durante cuatro años fui tejiendo historias de personajes que se mueven entre migraciones, guerras de independencia, diferencias sociales… un cruce entre protagonistas oficiales de la historia y aquellos que nunca tuvieron voz. Aprendí algo fundamental: escribir no es sentarse a escribir. Es reescribir, cortar, volver a empezar… hasta que el texto deja de resistirse.
- ¿Qué historias te interesa contar ahora?
En un comienzo, dada la fuerza de las historias cartageneras, pensé en prolongar ‘Las bocas del silencio’ hasta los años treinta del siglo XIX, cuando Bolívar ordena en Bogotá, de manera inicua, la ejecución del almirante Padilla. Pero, pensándolo mejor, conversándolo con mis editores y tras el reto de un sobrino, decidí cambiar de rumbo: pasar de la ficción histórica a la novela negra y saltar del Caribe al interior del país. Un pequeño salto… o más bien uno cuántico. Ya veremos cómo aterriza.
- ¿Qué reactivó tu vocación literaria?
- Dos cosas: mudarme a Cartagena de Indias con Anamarta. Una decisión peligrosa, porque esta ciudad lo empuja a uno a contar historias; y, entrar al Club de Lectura de Ábaco Libros, donde aprendí a leer en serio. Entre una cosa y la otra, se armó el escenario perfecto para volver a escribir… y esta vez no parar.
- ¿Qué libros relees?
- Los de Borges y Cortázar. Cada cierto tiempo me da el ataque: vuelvo a sus cuentos y salgo con la sensación de que la literatura puede ser breve, precisa... y demoledora.
