comscore
Cultural

Un cartagenero cuenta cómo es moverse en bicicleta por Cartagena

Fragmento de Narraciones de naturaleza híbrida, antología de 13 autores locales que será presentada el 17 de junio en Casa Bolívar.

Un cartagenero cuenta cómo es moverse en bicicleta por Cartagena

Moverse en bicicleta por Cartagena: una reflexión ciudadana. //Foto: Luis Eduardo Herrán-EU

Compartir

La pregunta la hago diez años después: ¿Quién era ese yo que un día decidió dedicarse a pedalear por la ciudad de las murallas? El interrogante es complejo. La respuesta, una acción concreta. Es la metáfora de estos días en que construir preguntas es lo más difícil, porque el resultado es como un hipo repentino. Sabemos que lo tenemos pero no sabemos el porqué.

Somos superposiciones de otros yo. Ponerse una camisa nueva sin quitarnos la que hemos tenido todo el día. Esas capas de un mismo yo te transforman. Si eres coherente, aquel yo no regresa, no duda, no se devuelve, sigue, se obstina y piensa en los interrogantes que se arman en la cabeza, mientras el mundo pasa a menos de 8 kilómetros por hora, brisa en las orejas, la serena velocidad sin distorsiones que solo te da una bicicleta.

Pedalear es verbo de la primera conjugación, al igual que, volar, andar, rezar, conquistar, mamar, tan antiguos como pensar. Escuchar, observar, lo que realmente se hace cuando uno pedalea.

Evoco los comienzos de diciembre de 2015 y la Navidad. Veo en el Centro Comercial Nueva Cartagena una bicicleta Scoopy-28, 12 velocidades, verde oscuro, rines delantero y trasero, lámpara frontal, modelo retro y dije: «Aquí está el regalo de Navidad para mi hijo Santino».

La tarde del 24 de diciembre, fui a buscar la bicicleta al centro comercial. Recliné las sillas posteriores para ampliar el baúl del carro, entró armada con ciertas maniobras. Ahí permanecería hasta la medianoche o hasta que Santino decidiera ir a la cama para cumplir de inmediato los rituales del engaño. Hacer creer que hay un recién nacido que anda por todas las casas repartiendo regalos.

A la mañana siguiente, Santino vio la bicicleta. Me abstengo de usar el posesivo su porque jamás fue suya «Nojoda, esta bicicleta es como de viejos» Exclamó al levantarse. «Retro», dije. Usé la palabra precisa. Y él siguió como descarriado, con esa facilidad que ha tenido desde niño para expresarse: «Tanta bicicleta deportiva, bacana, de colores fluorescentes, de rines de lujos, con sillín de colores vivos, y me traen una y que «retro», y eso que vociferé de forma directa lo que quería, y vea, semejante equivocación».

Tomé la bicicleta y me fui a dar una vuelta por la ciudad de las murallas. Pedaleando, pensando en esas frases perfectas que despreciaban un regalo sincero de una tradición construida de mentiras.

Los riesgos de pedalear en Cartagena

Santino cumplió 13 años en aquella Navidad que se quedó sin regalo.Me dice que ya no le importa que le den algo ni en Navidad ni en su cumpleaños, que entienda, que él está grande, que sabe que los papás son el niño dios, que, en últimas, es un «jueguito» para los más pequeños.

Guardo silencio. Tiene el 100% de razón.

Santino improvisa frases sobre la ciudad. Hace un inventario de peligros y los comenta como si fueran descubrimientos recientes: «Mira nada más por el sector del monumento a la India Catalina. Así, como de truco de mago pobre, sale del pavimento una línea de asfalto fúnebre al borde de la Avenida Pedro de Heredia. A un ciclista le toca pelear con los peatones y los mototaxistas que se parquean allí, no existe límite entre la supuesta línea de ciclorruta y el andén. La cinta negra tiene entonces una curva que te lleva a la avenida con el nombre de un poeta que ya estudiamos en el colegio, Luis Carlos López. En esa bajadita, la bici se va sola, como en pista de skate rolling del suicidio, porque a los tres segundos de dicha y descenso la cinta negra desaparece y se integra al concreto que tiene una elevación protuberante, zas, zas, se acaba la ciclorruta… Si no tienes buenos frenos te revientas».

Portada de Narraciones de naturaleza híbrida. //Foto: Cortesía.
Portada de Narraciones de naturaleza híbrida. //Foto: Cortesía.

Prioridad para los ciclistas

De todos los comentarios de Santino sobre la Scoopy-28, 12 velocidades, me he quedado con eso de «modelo de viejos» algo que me sobrecoge luego de 10 años de andar en bicicleta. Tanto él como yo hemos crecido de ciertas maneras, vamos siendo modelos «retro» también. En mi caso, las velocidades existenciales cambian.

En últimas, ese yo de hace diez años, le dio a su hijo un regalo de Navidad que nunca tuvo. Allí encontré sosiego. Esa bicicleta es entonces mi autorregalo como respuesta a un niño dios lejano y ensordecido. Aquel día que descubrí a ese yo, era un 27 de enero de 2015. Ese mismo año, a comienzos del mandato de un nuevo alcalde, se anunció un documento de movilidad que alentaba el uso de la bicicleta, sin embargo han pasado los años, y no existe una ciclovía que conecte un barrió con otro, un parque con otro, una plaza con otra, un sector con otro. Nada.

La gran innovación, el año que siguió a la pandemia, fue una nueva señal de tránsito que anunciaba la prioridad de una bicicleta sobre la vía. ¿Cómo se hace una nueva señal de tránsito? Podría haber preguntado Santino, quien dejó la ciudad de las murallas en 2021. Intento responder. Se escoge una palabra, Prioridad, se busca una imagen, la de una bicicleta. Letras negras, fondo blanco. Creada. Luego se trazan unas líneas blancas, se supone, para que las bicicletas puedan rodar libremente.

Prioridad es un término complejo, más aún en el contexto que se valora. Para entenderlo en su magnanimidad ha de escindirse en pri, primero, y ior, que en competencia con otros, define qué o quién es el mejor. Completa la palabra el sufijo dad, cualidad de, esencia de, que la tiene o lo tiene. Prioridad es, en sentido práctico, que es el primero, el mejor.

Si entran en una competencia otros vehículos con la Scoopy-28, 12 velocidades, en una zona de Prioridad, será ella la primera. Ahí la farsa se revela.

Le cuento a Santino, vía whatsapp, sobre la nueva señal implementada. «Las prioridades allá son otras» responde. Me cuenta que hace dos años se compró una bicicleta para andar en la ciudad a la que se mudó luego de la pandemia. La ciudad se llama Victoria, en Canadá, en el Estado de British Columbia, que es como un pedazo de Inglaterra en América del Norte. Me dice que anda por ciclorrutas que no tienen allá señal de Prioridad, porque la gente entiende las marcas y delimitaciones sobre el concreto.

En la ciudad de las murallas es posible que el concepto de Prioridad, con los años, signifique lo contrario a su sentido etimológico y convencional. Lo que realmente pasa es que una bicicleta como la Scoopy-28, 12 velocidades, no es prioridad en ninguna vía. Pedalear es abrirse paso en la ciudad de las murallas, intentar dar aliento a ese yo hecho de pulsiones, un yo que no es aquel que intentó convencer a Santino de aceptar un regalo caduco y demodé. Ni siquiera le he preguntado qué bicicleta usa en aquella ciudad británica, porque en el fondo sé que saldrá con alguna frase que ponga en duda mi lealtad hacia mi Scoopy 28, 12 velocidades, y agregar otro yo a mis realidades futuras.

«Vente a rodar en este pedazo de Bretaña» Me insistió el año pasado, a punto de cumplir sus 22 y yo mis 60. Seguro será mejor el pedaleo en aquella urbe lejana, pero a estas alturas he construido ese yo que prefiere el ritmo caótico, el vértigo, el peligro de continuar avanzando, sobre ese filo de incertidumbres y riesgos que caracteriza a la ciudad de las murallas.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News