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Cultural

Las mujeres que me llevaron a las urnas

Cada voto de una mujer en Colombia guarda la huella de generaciones que lucharon por ser escuchadas y conquistar su lugar en las urnas.

Las mujeres que me llevaron a las urnas

En diciembre de 1957 las mujeres votaron por primera vez en Colombia. //Foto: Centro nacional de memoria histórica.

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Este domingo, mientras usted lee el periódico, yo estaré haciendo fila en mi puesto de votación para elegir al candidato a la Presidencia que más se ajusta a mis principios.

Quizá porque en los últimos meses me he acercado dos veces a las urnas, he tenido más tiempo para reflexionar sobre lo que significa votar y sobre el acto profundo de elegir a alguien, de decidir con cautela quién nos gobernará durante los próximos cuatro años.

Las mujeres que me enseñaron el valor de votar

Hay mucha profundidad en ese gesto y también una enorme responsabilidad. Votar debería convertirse en una oportunidad para leer, investigar y conocer los planes de gobierno, la trayectoria y los pilares de quienes aspiran a dirigir el país.

Pero no podría hacer nada de esto sin las mujeres que estuvieron antes que yo. Ellas lucharon para que nuestra voz fuera tenida en cuenta y para que nuestras vidas dejaran de estar sometidas a la voluntad de un padre o de un esposo. No fue sino hasta el 1 de diciembre de 1957 cuando las mujeres en Colombia pudieron votar por primera vez. “La participación masiva de 1.835.255 mujeres no solo abrió el camino hacia la igualdad política, sino que consolidó su lugar en la democracia colombiana, impulsando la lucha por la equidad y los derechos políticos de las mujeres”, señala la Secretaría Distrital de la Mujer de Bogotá.

Sin embargo, en otros países este derecho llegó mucho antes. Nueva Zelanda fue la primera nación en reconocer el sufragio femenino en 1893. Después se sumaron países como Reino Unido y Estados Unidos. En América Latina, Uruguay fue pionero al garantizar el voto de las mujeres en 1927.

En Colombia, el camino hacia las urnas comenzó con la conquista de otros derechos fundamentales. Antes de la década de 1930, las mujeres tenían prohibido ingresar a la universidad y ni siquiera podían cursar el bachillerato. Tampoco podían salir del país sin la autorización de sus esposos ni administrar libremente sus bienes y recursos económicos.

Aunque suele asociarse el sufragio femenino con la década de 1950, existen antecedentes mucho más antiguos. En 1853, en la provincia de Vélez, Santander, las mujeres accedieron al voto de manera fugaz. Fue una conquista efímera que desapareció apenas dos años después, cuando la Corte Suprema de Justicia anuló la medida. No obstante, aquel precedente dejó claro que las mujeres colombianas llevaban décadas reclamando participación política.

La lucha tomó fuerza nuevamente en 1947, cuando cerca de 500 mujeres firmaron un memorial dirigido al presidente Alfonso López Pumarejo para exigir reformas que garantizaran sus derechos políticos. Este movimiento fue liderado por Lucila Rubio, una de las fundadoras de la Unión Femenina de Colombia.

Años después, dos mujeres serían protagonistas de uno de los debates más trascendentales en la historia democrática del país. El 25 de agosto de 1954, el Capitolio Nacional acogió las intervenciones de Josefina Valencia y Esmeralda Arboleda, representantes de corrientes políticas distintas, pero unidas por una misma causa: la aprobación del voto femenino.

Ambas habían sido designadas como integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente, Josefina Valencia por el Partido Conservador y Esmeralda Arboleda por el Partido Liberal. Tras la reelección de Gustavo Rojas Pinilla el 3 de agosto de ese año, presentaron el proyecto que buscaba reconocer plenamente los derechos políticos de las mujeres.

El debate que siguió marcaría un antes y un después en la historia del país. Tras escuchar distintas intervenciones, el sufragio femenino fue aprobado con 60 votos a favor y ninguno en contra. Aun así, el resultado no fue producto de un consenso absoluto: algunos opositores abandonaron el recinto para impedir el quórum de la votación.

La aprobación del voto femenino abrió las puertas a una mayor participación de las mujeres en la vida pública. Esmeralda Arboleda se convirtió en la primera mujer elegida para llegar al Congreso de la República, mientras que Josefina Valencia hizo historia al convertirse en la primera mujer en dirigir la Gobernación del Cauca y posteriormente el Ministerio de Educación. Por su parte, Arboleda había ingresado en 1939 a la Facultad de Derecho de la Universidad del Cauca, en una época en la que las mujeres apenas comenzaban a abrirse paso en la educación superior. Más adelante se convertiría en una de las principales figuras del movimiento sufragista colombiano.

Actualmente las mujeres no solo votamos en Colombia sino que somos mayoría en el censo electoral con 21.298.492 mujeres habilitadas para votar.

Hoy, siete décadas después de aquella conquista, las mujeres no solo votamos sino que somos mayoría en el censo electoral. Según datos de la Registraduría Nacional, para la segunda vuelta presidencial están habilitados para votar 41.421.973 ciudadanos. De ellos, 21.298.492 son mujeres y 20.123.481 son hombres.

Mientras esté haciendo la fila para votar este domingo, pensaré en todas aquellas mujeres que hicieron posible que hoy pueda ejercer este derecho. Pensaré en Lucila Rubio, Josefina Valencia, Esmeralda Arboleda y en tantas otras cuyos nombres no aparecen en los libros de historia, pero cuya lucha sigue viva cada vez que una mujer deposita su voto en una urna.

También pensaré en un fragmento del libro Madrid me mata, de Elvira Sastre: “Votar me parece uno de los actos más hermosos que existen. Sigo pensando en su valía, sigo pensando que todo se decide en un acto tan arcaico como meter un sobre en una urna. Las manifestaciones, los mensajes en redes cargados de rabia, las canciones o los poemas sociales, las conversaciones críticas en las reuniones de amigos, las lágrimas que se vierten al ver las noticias: todo eso es polvo si el domingo no se ejerce el derecho al voto (...) Porque es mi derecho, es mi poder, es un acto de bondad, de rechazo y de defensa”.

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