Cultural

Leila Guerriero: el arte de pulir la mirada

En Los suicidas del fin del mundo, Leila Guerriero muestra que el periodismo también está en lo que permanece oculto.

Leila Guerriero: el arte de pulir la mirada

Leila Guerriero publicó en el 2005 su primer libro ‘Los suicidas del fin del mundo’. //Foto: EFE EFE/ Álvaro Sánchez

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No recuerdo la primera vez que escuché el nombre de Leila Guerriero en la Universidad. Sé que vino de la querida profesora que siempre tenía un autor que recomendar cuando llegábamos sedientas de libros. Empecé a leerla porque aquella profesora lo hacía. Cada vez que hablábamos mencionaba alguna columna suya o alguna historia que le recordara a ella, hasta que un día me prestó un libro que, hasta el sol de hoy, no he devuelto.

Se llama ‘Zona de obras’, una colección de ensayos, conferencias y columnas alrededor del periodismo narrativo, sus luces y sus sombras. Pero también es un llamado a los periodistas a beber de fuentes como la música, la pintura, el cine y la poesía para trascender el periodismo rutinario (del titular, del última hora) y acercarlo a un género literario capaz de remover sentimientos. “No creo en las crónicas cuyo lenguaje no abreve en la poesía, en el cine, en la música, en las novelas... Porque no creo en crónicas que no tengan fe en lo que son: una forma de arte”, se lee en alguna parte de este libro. En 2002, Leila viajó a Las Heras, un pueblo de la Patagonia argentina donde doce jóvenes se habían quitado la vida en un año y medio. “En Las Heras, pueblo petrolero y aislado con algunos trabajos bien pagados pero que hacen que la gente llegue y se vaya sin arraigarse, la maleta siempre preparada, y también con un índice elevado de paro y con embarazos adolescentes y con demasiado alcohol y con demasiados prostíbulos y con demasiada violencia y con poco -o nada: ni cine ni teatro, nada- que hacer, esa melancolía social era algo tan evidente como la luz del día”, escribe en los primeros párrafos de Los suicidas del fin del mundo.

Leila no solo habló con madres que visitaban las tumbas de sus hijos y les preguntaban “por qué”, sino también con novias, novios, peluqueros y prostitutas del pueblo. También se hizo lo suficientemente poco visible como para desaparecer ante la vista de los otros y poder mirar con profundidad a un pueblo que lo determinaba el viento, siempre violento. De hecho una de las cosas que más le sorprendió al llegar al lugar, -a pesar de que conoce muy bien este tipo de zonas porque es argentina- fue la brusquedad del viento, capaz de mandar a volar una lata y cortarle la cara a alguien.

En la mirada, siempre ha insistido Leila, está el centro de una historia. Mirar es, a su vez, tener todos los sentidos dispuestos al presente. Mirar es hacer las preguntas a un lado y dejar que la persona se nos revele en su naturalidad porque cada vez que alguien es entrevistado está dando una versión de sí mismo que no es la de siempre, una versión autoeditada, bien puesta. Pero las expresiones, los silencios, los gestos y hasta aquello que se escapa pueden revelar una capa que no alcanzamos a ver cuando solo disponemos de unos minutos para sentarnos a escuchar a alguien.

“En Los suicidas del fin del mundo no estoy yo reflexionando, no es como que la presencia del periodista pueda modificar la vida del otro o modificar el comportamiento, como hasta qué punto el otro es una máscara que está actuando de sí mismo (...) Pero no hay ninguna máscara que se sostenga a lo largo de dos, tres meses, un año”, dijo durante una entrevista para el pódcast Afueradentro.

A pesar de que en el pueblo circulaban voces que aseguraban que las muertes eran el resultado de una secta que los empujaba a acabar con sus vidas, Leila encontró en Las Heras un pueblo en el que la soledad lo cobijaba todo: “un vacío, un dolor, y una falta de sentido. Desprovisto de sentido, y de sentido de pertenencia, nadie es del lugar”.

“Siempre están todos metidos para adentro y el suicidio tiene que ver con eso, con una agresión para adentro. No hay urbanización que invite al encuentro social, no hay plaza, no hay confiterías”.

La voz de Leila como narradora es importante en este libro porque parece ser la única persona extrañada por lo que ocurre en el lugar. Para el resto, es paisaje; vida cotidiana. “Para mí no era natural que el único lugar para ir a tomar un café con la familia era un burdel, que se hubiera matado un chico por mes desde el año 97 y que el Estado estuviera completamente ausente”.

“Afuera el viento era un siseo oscuro, una boca rota que se tragaba todos los sonidos: los besos, las risas. Un quejido de acero, una mandíbula”, escribe amargamente.

Hay muchas cosas que entran en juego cuando se trata de un suicidio, casi nunca hay una respuesta a los “por qué” sino una lista interminable de dolores que cuesta mirar. En las primeras entrevistas que concedió cuando el libro fue publicado, la sorprendía que esa fuera la primera pregunta: “Bueno, ¿y por qué se mataron?”.

“Viste que en el libro hay un momento en el que entra un señor a un bar donde estoy cenando y me dice: ‘Para ustedes nosotros somos indios, pero si no nos tuvieran no tendrían ni agua, ni gas, ni calefacción’”, narra en una entrevista publicada por El Tiempo. La soledad y la muerte de los vivos (porque se puede sentir uno muerto estando vivo), es el eje sobre el cual gira la historia que cuando termina, nos hace quedar mirando hacia el techo con una especie de miedo atrapado en alguna parte del cuerpo.

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