Cultural

Saia Vergara Jaime cuenta su verdad en ‘La hija del guerrillero y la loca’

Saia Vergara Jaime habla de ‘La hija del guerrillero y la loca’, un libro de memorias sobre infancia, exilio y la búsqueda de un lugar propio.

Saia Vergara Jaime cuenta su verdad en ‘La hija del guerrillero y la loca’

Saia Vergara Jaime, la autora del libro, con su padre Rafael Vergara Navarro. //Fotos: Cortesía

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Saia Vergara Jaime, quien hasta hace poco se desempeñó como viceministra de Cultura, presentó su libro ‘La hija del guerrillero y la loca’ (Random House, México/Colombia, 2026), el pasado sábado en Papelería Jonán, en Bocagrande. Me cuenta que la génesis de su libro de memorias de su infancia, exilio y búsqueda de un lugar propio está en el “profundo dolor que me produjo la muerte de mi padre, en agosto de 2022”. Su padre Rafael Vergara Navarro. “No entendía cómo la desaparición física de alguien podía generar un sentimiento tan devastador; sin embargo, mis dos hijos, el de dos patas, como digo siempre, José María, y el de cuatro, Pepe, quien murió un año después, me mantuvieron atada a la vida”.

Al referirse a su vida personal, confiesa que lleva casi 30 años explorando el funcionamiento de su mente, e intuyó que debía “volver a la infancia para encontrarme con las raíces de ese dolor. Y la forma de generar ese diálogo con mi niña fue la escritura, a la que profeso un amor inconmensurable desde los 15 años”.

El proceso de escritura de Saia Vergara Jaime

Escuchó incontables grabaciones que le hizo a su padre durante treinta años. Revisó fotografías de archivo, documentales, “leí sobre el duelo, las revoluciones y los terremotos. Hablé con varios amigos y amigas entrañables de mi padre, buscando recuerdos compartidos, y también con mi hermano, mi mamá y la mamá de mis hermanos mexicanos, contrastando las memorias del exilio”.

“Compartí con distintas amigas los capítulos que iba terminando. A mis tías les mandé el libro ya acabado. No tenía intención de publicarlo, quería compartirlo con la gente más cercana. Los comentarios eran siempre tan alentadores que un día, con el apoyo de Taína, gran amiga de mi padre, envié el manuscrito a Random”.

El 8 de marzo de 2025 -cuenta- le llegó a su correo la sorpresa de que habían aceptado publicar su libro. El manuscrito tuvo dos lecturas: una literaria y otra comercial. “El 18 de septiembre -cumpleaños de mi hijo- me llegó el contrato para firmar y, el 13 de enero -cumpleaños de mi padre-, el libro llegó impreso a la oficina de mi editor, Juan Carlos Ortega. Todo, en este proceso de muerte y renacimiento, ha sido muy simbólico y hasta mágico”.

¿En qué instante intuiste que las vidas de tus padres, tan llenas de aventuras y sobresaltos, y tu propia vida configuraban un retrato de país y de historia colectiva?

- Fue mi editor quien se dio cuenta. Me pidió que añadiera más contexto político para que se entendieran mejor las descripciones de la niña. Y, aunque me resistí porque quería centrarme más en lo humano que en lo político, cerré los ojos y confié en su criterio. Ha sido increíble darme cuenta de que mi historia, que yo creía tan íntima y personal, es también la de una cantidad de gente. La guerra ha silenciado las historias de las infancias porque, finalmente, los análisis siempre los hacen las personas adultas, como si su perspectiva fuera la única válida o digna de ser narrada y leída.

¿Qué consideraste que no era relevante narrar de la vida de tus dos padres y de la tuya?

- Hice una lista de temas que me habían marcado: las mudanzas, la actividad política de mi padre, los viajes, la forma de ser de mi madre, el terremoto de 1985, el lenguaje. Y luego empecé a escribir lo que recordaba. Aunque, para que mi adulta no falseara la voz de la niña, debí escribir y borrar lo escrito durante cuatro meses, hasta que por fin apareció Sayita. Y, entonces, Saia se volvió su escribiente. Mi mamá fue leyendo los capítulos y, cuando no estaba de acuerdo con algo, lo hablábamos. Para mí era clave ser respetuosa con lo que revelaba de su vida y su intimidad. Y como mi padre estaba muerto, lo que hice fue rememorar muchas conversaciones que tuvimos, los recuerdos compartidos y, a través del recurso de los corchetes, que es una continua digresión, conversar con él durante todo el libro.

Portada del libro de Saia Vergara Jaime. //Foto: Cortesía.
Portada del libro de Saia Vergara Jaime. //Foto: Cortesía.

¿Qué rescatas de las virtudes individuales de tus padres y cómo crees que moldearon tu carácter y tu vocación de artista e investigadora?

- Lo que más me ha influido es que ambos han sido personas apasionadas, valientes y muy persistentes con sus causas. No se puede ser artista sin esas cualidades. Si te quedas en la fórmula, si no le metes berraquera y no te levantas todas las veces que te caes para volver a intentarlo, hasta que dices: “Esto es lo que estaba buscando”, no creo que te puedas considerar “artista”. Serás una persona con talento, seguro. Para mí, el artista es quien hace de su praxis algo excepcional: puede ser en la política, en el deporte, en la escritura, en la jardinería, en la administración de una empresa, en fin. No creo que esté circunscrito al mundo del arte. Es una forma de estar en el mundo. Se es artista cuando se honra la vida y se vive con pasión y valentía, cuando se inspira a los otros a ser mejores personas, a superarse a sí mismos. Eso me enseñaron mis padres con su ejemplo.

¿Qué instantes de tu vida junto a tus padres encontraron claridad y profundidad al ser descritos y revisados como memoria crítica?

-No fueron los instantes o las vivencias como tal sino, más bien, el proceso de la escritura y la edición lo que me aportó claridad y profundidad. Escribir genera reflexiones que no se producen de otra manera. Es un diálogo consigo misma que llega a unas honduras inimaginables. Es pura magia. Lo mismo que la edición, de la que poco se habla. Ése es otro proceso en el que, si no has practicado en tu vida el arte del desapego, te enredas, te estancas. Ahí también se pone en práctica la valentía. Y te das cuenta de que por lo general, “menos es más”. Igual en la vida: menos reclamos, menos lamentos y menos victimismo te da más claridad, más felicidad y más libertad.

¿Qué piensas de la soledad forzada del exilio y la soledad elegida para descubrirte a ti misma?

-No había sido tan consciente de mi gran soledad hasta que empecé a tener retroalimentación de lectores, incluida mi psicoanalista. Creo que no hay una forma más íntima de irse encontrando y descubriendo a sí misma que la soledad. La convivencia es otra forma. Pero, para mí, en el silencio es menos difícil aprender a escucharse y a amarse, a pesar de las costuras y de los huecos que nunca se van a poder zurcir.

¿Crees que la experiencia de escribir La hija del guerrillero y la loca, novela real de tu vida de infancia es la antesala de un próximo proyecto de novela de ficción?

-No soy muy fan de la novela. Prefiero los géneros periodísticos (el perfil, la entrevista, el reportaje), el ensayo, las memorias, la poesía. No hay nada más alucinante que la realidad y cuando has estado rodeada desde niña de tantos personajes maravillosos, de situaciones sui generis, y de aventuras como las que me tocó vivir, no sientes la necesidad de inventar nada. Te vuelves coleccionista de historias reales que ya quisiera el mejor novelista poder inventar. Creo que al escribir es muy clave saber escoger el género con el que vas narrar. Éste no es el primer libro. He escrito varios que nunca busqué publicar porque el objetivo era más experimentar, expresar y jugar que compartir. El año pasado, por ejemplo, escribí uno en prosa poética sobre los tránsitos y la imposibilidad del amor. Vamos a ver si nace o se queda viviendo en la nada.

Pese a los sufrimientos del exilio, si se te permitiera volver a vivir ese tiempo, ¿qué descartarías y qué preservarías?

Hay muchos dolores innecesarios que quitaría, como el desarraigo y la ausencia de la familia. Lo vivido me hace la mujer que soy, con todas mis virtudes y mis defectos. Me habría gustado que alguien me explicara los cambios que se iban produciendo, pero la forma de criar hijos en ese entonces era muy distinta. Los y las niñas éramos como muebles que iban moviendo de un lugar a otro. No había ningún cuidado con su psique ni con su emocionalidad. Tampoco había maldad en quienes nos criaron. En mi caso, hubo mucho amor, a pesar de todo.

Saia Vergara Jaime, la autora del libro, con su madre. //Fotos: Cortesía
Saia Vergara Jaime, la autora del libro, con su madre. //Fotos: Cortesía

Nada con la ficción

Al sugerirle si después de este libro escribiría ficciones, Saia me confesó: “No soy muy fan de la novela. Prefiero los géneros periodísticos (el perfil, la entrevista, el reportaje), el ensayo, las memorias, la poesía). No hay nada más alucinante que la realidad y cuando has estado rodeada desde niña de tantos personajes maravillosos, de situaciones sui géneris, y de aventuras como las que me tocó vivir, no sientes la necesidad de inventar nada. Te vuelves coleccionista de historias reales que ya quisiera el mejor novelista poder inventar. Creo que al escribir es muy clave saber escoger el género con el que vas narrar. Éste no es el primer libro. He escrito varios que nunca busqué publicar porque el objetivo era más experimentar, expresar y jugar que compartir. El año pasado, por ejemplo, escribí uno en prosa poética sobre los tránsitos y la imposibilidad del amor. Vamos a ver si nace o se queda viviendo en la nada”.

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