La escritora y poeta cartagenera Martha Amor Olaya, se alzó con el primer lugar en el concurso de poesía feminista “Voces de libertad” organizado por Vives Red Verde y Causa Justa por el Aborto en ceremonia celebrada el pasado 3 de octubre en Villavicencio.
Este año se cumplió la segunda edición de este concurso el cual se creó en el marco de la conmemoración del Día de Acción Global por un Aborto Legal y Seguro, que se cumple cada 28 de septiembre. El concurso busca promover la creatividad poética. la vocería y oratoria como una acción pedagógica de resistencia frente a los discursos fundamentalistas, visibilizando las luchas por la autonomía reproductiva.
Martha Amor Olaya participó con el poema Ni una cana con el que obtuvo el primer lugar por decisión unánime del jurado conformado por Laura Isabel Ramos Velásquez, poeta, narradora y Magíster Cum Laude en Ciencias Biológicas; Alejandra Toro Pulgarín, psicóloga y Magíster en Intervención y Mediación Familiar y Fernanda Sternberg educadora sexual, enfermera y estudiante de Psicología, además de creadora del Proyecto Educativo Comunitario de Educación Sexual Integral (ESI) Zona Roja.
El segundo y tercer lugar fue otorgado a las autoras de los poemas ¿Soy buena mujer? y ¿Mía la decisión? quienes ocuparon el segundo y tercer lugar respectivamente. Las tres recibieron un incentivo económico y un diploma con mención honorífica. El evento de premiación convocó a todas las participantes del concurso en el que compartieron sus creaciones y recibieron la retroalimentación del jurado.
Las participantes para concursar debieron enviar un poema inédito en versión escrita y declamada que tuviera como tema: el feminismo, la lucha por los derechos de las mujeres, mujeres en la historia y violencia de género.
Este es el poema ganador de Martha Amor Olaya
Ni media cana
Por: Martha Amor Olaya
Es muy difícil, no querer a un hijo, pero pasa.
No fue mi caso.
Lo amé como se ama lo que todavía no se conoce y ya parece extraordinario.
Le puse mi hambre debajo de la lengua.
Todo lo que tenía
fue dejando de tenerme.
Él crecía.
Yo desaparecía.
—¿El padre?
¡Qué palabra!
La dice y algo en el mundo se inclina. No supo el peso de una frente ardiendo. Ni conoció las mariposas de sus dientes. Ni ese olor que tienen los hijos cuando todavía parecen hechos de agua.
Pero tiene su nombre.
Y el nombre viaja.
Mi rastro se va borrando con los años.
El suyo, sin haber puesto media cana de vida, seguirá pasando
de mano en mano,
de hijo en hijo,
como una moneda que no se gasta.
Yo no puedo moverme con mi niño sin su permiso.
Su permiso.
Su señoría:
deme permiso de moverme con mi niño
con este niño que ha sido solo mío
deme la fatiga de su firma. Firma que pesa más que un niño dormido.
Él se ríe de mi ruego.
Yo me humillo atrás de nada.
Finalmente, la sangre me alcanzó para entregárselo al mundo.
He visto que las piedras tienen religión
se lanzan con la misma mano que se persigna.
En algunas puertas hay pan, pero no para todos.
Dios mira,
el Estado archiva,
la gente señala. Y ninguno abriga a mi niño.
Pensé que sería una sola vez.
Pero las heridas se repiten para mostrar sus marcas.
Hubo otro niño que también sería solo mío. No nació.
Lo amé
como se ama
lo que todavía no se conoce
pero esta vez
no podía lucir extraordinario.

