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Volver a leer a García Lorca 90 años después de su muerte

Se cumplieron 90 años del fusilamiento del más grande de España, Federico García Lorca (1898-1936). Una relectura de sus primeros poemas.

Volver a leer a García Lorca 90 años después de su muerte

Se cumplieron 90 años del fusilamiento del más grande de España, Federico García Lorca (1898-1936). Una relectura de sus primeros poemas. //Foto: suministradas.

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He vuelto a leer este tesoro editorial: Noche de cuatro lunas. Antología poética, de Federico García Lorca (1898-1936), publicado en 2026 por la serie editorial Letra a Letra, dirigida por Luz Eugenia Sierra. Las 268 páginas de esta antología, que reúne una selección de la obra poética de García Lorca, conmemoran los 90 años del asesinato del poeta, ocurrido el 19 de agosto de 1936. El prólogo es de Jorge Urrutia.

Me referiré para empezar a los primeros poemas que García Lorca escribió entre 1918 a 1920, antes de ‘Poema del Cante Jondo’, privilegiaré solo a la música de las palabras, a los versos e imágenes que tocan mi corazón: “Llegas sobre mi carne/temblorosa de auroras boreales/ con tu capa de espectros” (‘Veleta’), en ese mismo poema de julio de 1920, el solo verso poseído de oscuros presagios es siempre de una belleza premonitoria: “Las cosas que se van no vuelven nunca”.

En ‘Canción otoñal’ (1918) el poeta nos recuerda que “también sobre el alma nieva”, e insiste sobre una de lo inexorable del ser : “Y si la muerte es la muerte/ ¿qué será de los poetas/ y de las cosas dormidas/ que ya nadie recuerda?”, En ‘Canción primaveral’ (1919) describe la salida de los niños de una escuela en el mes de abril cargado de “nidos de oro”, y al ver el paisaje clama: “¡Qué alegría tiene el hondo/silencio de la calleja!”.

En su ‘Elegía a Doña Juana la Loca’ (1918) la retrata como una enorme paloma, una mujer morena formada para el amor, “princesa enamorada y mal correspondida/ hecha para el suspiro, el mimo y el desmayo/ para mirar la luna bordada sobre el río”, “Derramaste tu fuego sobre un cáliz de nieve”, “Nunca tuviste el nido, ni el madrigal doliente/ ni el laúd juglaresco que solloza lejano/ tu juglar fue un mancebo con escamas de plata”, y el poeta la sigue presintiendo en Granada con sus torres viejas, sus jardines callados, “su yedra muerta sobre los muros rojos”.

En su poema ‘Lluvia’ (1919), nos lleva a “la nostalgia terrible de una vida perdida”, a las gotas de lluvia en los cristales que “dejan divinas heridas de diamante”. En ‘Si mis manos pudieran deshojar’ (1919), el poeta pronuncia el nombre de su amor y lo siente “más lejano que todas las estrellas/ y más doliente que la mansa lluvia”.

En su serie de poemas ‘Suites’ hay uno brevísimo ‘Initium’ que nos devuelve al paraíso: “Adán y Eva/ la serpiente partió el espejo/ en mil pedazos y la manzana/ fue la piedra”. En su poema ‘El regreso’ hay una obsesiva canción sobre la muerte: “Quiero morirme siendo amanecer”. En ‘Mediterráneo’ proclama al Mediterráneo como “¡Oh magnífico desierto coronado de palmeras y olivos”. En ‘Caracol’ dice como un niño juguetón: “Caracol/ estáte quieto/ donde tú estés/ estará el centro”. En ‘Surtidores’ define lo esencial: “Como todas las cosas ideales, se mecen en las márgenes de la Muerte”.

Poema del Cante Jondo

En su poema ‘Baladilla de los tres ríos’, los versos fluyen con la cadencia de una canción: “El río Guadalquivir va entre naranjos y olivos/ los dos ríos de Granada/ bajan de la nieve al trigo”. El poeta precisa que esos dos ríos, son de “llanto y sangre”. En ‘Poema de la siguiriya gitana’, el verso es una elegía, un lamento que intuye ausencias y despedidas en las cosas y los seres. Lloran el viento, el agua, la guitarra: “Llora monótona/ como llora el agua/ como llora el viento/ sobre la nevada”, “¡Oh guitarra! Corazón malherido por cinco espadas”. En ‘Poema de la soleá’, dedicado al poeta colombiano Jorge Zalamea, el paisaje es nombrado como una “tierra de las hondas cisternas/ tierra de la muerte sin ojos y las flechas”.

En ‘Sorpresa’, el poeta nombra a un hombre sin identificar que ha sido asesinado y nada parece estremecer al alma humana, solo el temblor de la luz de un farol : “Muerto se quedó en la calle/ no lo conocía nadie/ cómo temblaba el farol/ madre/ ¡Cómo temblaba el farolito de la calle!”. En ‘Sevilla’, la música de la muerte vuelve a girar: “Sevilla es una torre llena de arqueros finos”, “Sevilla para herir/ Córdoba para morir”.

En ‘Viñetas flamencas’, la premonición se vuelve constante como un deseo o un epitafio: “Cuando yo me muera/ enterradme con mi guitarra/ bajo la arena”. En ‘Tres ciudades: Malagueña’: “La muerte/ entra y sale/ de la taberna/ pasan caballos negros y gente siniestra”. En ‘Escena del teniente coronel de la Guardia Civil: Canción del gitano apaleado’ (1925), se prefigura el tono elegíaco, satírico y luctuoso de los años fatales de la Guerra Civil española: “Guardia Civil caminera/dadme unos sorbitos de agua/ agua con peces y barcos/ agua, agua, agua, agua/ ¡Ay, Mandor de los civiles/ que estás arriba en tu sala/ ¡No habrá pañuelos de seda/para limpiarme la cara!”. En ‘Diálogo del amargo: Canción de la madre del Amargo’: “Lo llevan puesto en mi sábana/ mis adelfas y mi palma/ día veintisiete de agosto /con un cuchillito de oro/ vecinas, dadme una jarra/ de azófar con limonada/ La cruz. No llorad ninguna/ El Amargo está en la luna”.

Una música incesante

La poesía de Federico García Lorca entró a la casa, cuando yo era un niño, como una música. “Cantares populares”, son una serie de 13 canciones que el poeta recogió en sus viajes por el sur de España, y volvimos a escuchar hace poco. Las canciones figuran en las obras completas del sacrificado poeta y dramaturgo español. Una de esas canciones que se arraigaron en el Caribe colombiano son “La tarara”,“Nana”, “Nana de Sevilla”, “Los pelegrinitos”, entre otros. García Lorca escribió varios ensayos sobre sus viajes, y uno de ellos, alude las nanas infantiles, muchas de ellas, han sido recreadas en el imaginario popular de América Latina.

Todos en la casa cantábamos aquellas canciones cuando éramos niños sin adivinar que las había recogido en sus andanzas por las aldeas de España el poeta García Lorca. Algunas de ellas son poemas del mismo García Lorca que él musicalizó dejando deslizar la yema de sus dedos por el piano. Algunos de sus poemas tienen la cadencia de un piano frente al mar.

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