Por: Manuel Lozano Pineda
De los recuerdos de infancia que pueda tener un cartagenero que pase de los 50 años, es posible que esté en los archivos de su memoria los detalles del divertido preámbulo de las Fiestas de Noviembre: el día de los Ángeles Somos, una alegre jornada que tenía una suculenta recompensa y que para esa época en nuestro “chip” no estaba dimensionar la fuerza de esa celebración popular que llevaba por aquél entonces unos 400 años de tradición, y mucho menos pasaba entre las preocupaciones pensar que ese musical y ancestral recorrido estaba en riesgo.
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Para nosotros ese momento solo era un tiempo para el disfrute, divertirse o reunirse con amigos. Sacábamos el espacio sin afanes para organizarnos y planear quién cocinaría, qué familia se encargaría de armar el fogón, buscar la leña, mantener vivo el fuego, quién traería los platos, cuchillos, cucharas y los palos para hacer sonar con más fuerza en las ollas los estribillos de Ángeles Somos. (Le puede interesar: Ángeles Somos: conoce el valor cultural de nuestra tradición)
Ese día para nosotros, los amigos del barrio El Socorro, el “Tintililillo” era solo eso, un motivo para ir de casa en casa buscando quien sería el generoso que aportaría más para el sancocho e imaginarse el final de la mañana: sentados saboreando en los andenes del barrio un plato típico e identificar quienes habían sido las brujas, o donde estaban las casas de arroz y las de ají.
Era la época en que era difícil imaginarse y valorar que lo que estábamos haciendo era construir ciudad y tejido social. No sabíamos que nos convertíamos en mejores vecinos. No teníamos claro que nos estábamos solidarizando con los demás para celebrar ser más caribe, no dimensionamos que de esa manera fortalecíamos valores, y que sin pretenderlo nos acercábamos a mucha gente para ser feliz compartiendo y comiendo.
Fue necesario que el Observatorio de Infancia y Adolescencia Ángeles Somos, liderado por los sociólogos Raúl Paniagua y Rosita Díaz, cientos de niños y un equipo de colaboradores nos ayudarán a caer en cuenta que, con el tiempo, los cambios de hábitos, la arquitectura de la ciudad, el desorden social de nuestra Cartagena y las tecnologías esta celebración se estaba apagando.
Motivados por este riesgo, los dos sociólogos se dieron a la tarea, con varias entidades e instituciones públicas y privadas, a tomar medidas para mantener y conservar una tradición que después de más de cuatro cientos años todavía sigue viva. (Le puede interesar: Ángeles Somos: los recuerdos gratos de la infancia)
Para eso hicieron un documento, un Plan Especial de Salvaguarda. Diseñaron unas acciones y lo presentaron ante el Ministerio de Cultura para ser incluidas en la Lista Representativa, un mecanismo de salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial.
El informe presentado hace pocos años y aprobado recientemente está compuesto por el conjunto de manifestaciones relevantes de Patrimonio Cultural Inmaterial, que son incorporados a un catálogo especial mediante acto administrativo de la autoridad competente (Ministerio de Cultura, gobernaciones, alcaldías, autoridades indígenas o de consejos comunitarios afrocolombianos).
La inclusión en la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial (LRPCI) tiene como condición la elaboración de un plan especial de salvaguardia, un acuerdo social para la identificación, revitalización, documentación, divulgación y protección de las manifestaciones.
Rosita Díaz dice que el haber sido incluido en el listado, además de un importante reconocimiento de la tradición, es un instrumento de gestión que tiene incluidas medidas que, si en Cartagena se aplican, se lograría esa inclusión y representación de Colombia a partir de nuestros niños, niñas y adolescentes. (Le puede interesar: Memorias: la felicidad de despertarse a celebrar Ángeles Somos)
Según Díaz de Paniagua, “Ángeles Somos tiene todas las bases fundamentales para que, a partir de allí, se pueda restaurar y reconstruir la ciudad que todos queremos. En Ángeles Somos todos cabemos, y eso se puede dar porque tenemos las bases, la fundamentación en principios y en valores que nos permite manejar problemas como la inseguridad alimentaria, hasta los 44 derechos de la infancia y adolescencia, que van a incluir indudablemente un modelo de cambio en el pensamiento de los adultos de la ciudad”. Para eso y mucho más sirven las tradiciones como estas.
Después de 50 años, y de estar cerca al proceso que lideró el Observatorio de Infancia y Adolescencia, no fue difícil caer en cuenta de la importancia de lo que hacía cuando niño: salir junto a mis amigos era reconstruir ciudad, era fortalecer una fiesta de solidaridad, una forma de reconocer a mis vecinos, un modo descubrir y planear la ciudad y una manera de acercarme aún más a ser un cartagenero.