A los treinta y un años, Antonio Caballero volvía de España a vincularse a la revista Alternativa. A esa misma edad, Escobar, el personaje de su novela Sin remedio, se maravillaba porque a los treinta y un años Rimbaud estaba muerto.
En ese país ibérico, al igual que en Francia, el columnista había vivido antes de los treinta, “rodeado de periodistas grandiosos, ingeniosos, gigantescos. Pasaba las horas leyéndolos. Viví en ciudades cultas que le aportarían a cualquiera”.
Caballero, con trayectoria como escritor, periodista y humorista gráfico de más de cincuenta años, puesto que comenzó de columnista en El Tiempo en 1964, es integrante de una familia destacada por su talento creativo: hijo del escritor Eduardo Caballero Calderón (El Cristo de espaldas); hermano del pintor Luis Caballero; sobrino de Lucas Caballero Calderón, Klim; tataranieto del poeta José Eusebio Caro; bisnieto del político Miguel Antonio Caro; pariente de los políticos Carlos Holguín y Jorge Holguín.
Con ese “pedigrí”, en su familia, a uno le daría vergüenza salir con un chorro de babas.
“Nadie crece pensando en esas cosas. En lo que fueron o hicieron el tatarabuelo, el abuelo, los tíos, el padre... Nadie”.
-En notas biográficas se lee que su padre asumió por un tiempo su formación en Tipacoque. ¿Qué recuerda de sus enseñanzas?
“Fue muy poco tiempo. Tal vez menos de un año. Y no fue una educación integral, como la que le brindaba Simón Rodríguez al Libertador Simón Bolívar. Él me enseñaba historia, aritmética, geografía y demás asignaturas, como para que no me atrasara en el estudio.
En ese tiempo, los padres no se ocupaban mucho de los hijos. Llevaban una vida más bien dedicada a ellos. Contrario a hoy, cuando les dedican más tiempo. Por ejemplo, yo nunca vi televisión con mi papá”.
-Su ficción comprende Sin remedio, una novela bien recibida por los lectores; Isabel en invierno, una obra infantil ilustrada; un cuento, El padre de mis hijos, que apareció en una revista... ¿Sigue escribiendo relatos de ficción?
“Solo he escrito esa novela, Sin remedio, que es sobre la dificultad de escribir poesía y sobre los malentendidos; el cuento que usted menciona, publicado en El Malpensante, y una media docena de cuentos empezados.
La ficción, para mí, solo tiene la función de permitirle a uno decir de otra manera lo que no se puede decir directamente. Me interesa más la realidad”.
-Se lee en las biografías sobre usted que en Alternativa se reprimió su estilo, porque los textos eran sometidos a la revisión del consejo de redacción. ¿Antes de eso no había sufrido ese pedazo del quehacer periodístico: que lo leyeran otros?
“No sé quienes escriben esas notas, que mantienen llenas de imprecisiones y errores. A todos los periodistas los lee algún otro: el editor o el director. Además, en Alternativa, los textos iban sin firma. Si no me leen las columnas es porque soy periodista externo y respondo por los artículos. En ningún periódico revisan lo que escriben los columnistas externos”.
-A la gente, en general, le gustan sus columnas. Celebra que no le cargue agua a nadie y sea directo; sin miedo. Sin embargo, usted tiene fama de que no le gusta nada. A los que así piensan, dígales qué le gusta.
“Les digo que me lean más para que se den cuenta de que hay muchas cosas que me gustan. En columnas hablo a favor de cientos de cosas: de poetas, de ciudades, de paisajes... Incluso me he atrevido a defender asuntos que son objeto de discordia, como las corridas de toros.
Por ejemplo, hay cosas que me gustan del presidente Santos, como su tentativa de hacer la paz con la guerrilla de las Farc; otras que no me gustan y le hacen daño al país. Lo que me repugna es la política colombiana. Y no es que yo parta de antemano en contra de las cosas”.
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