Cartagena en un árbol de deseos

12 de abril de 2014 12:31 AM

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Los deseos competían con las hojas. El árbol parecía murmurar: escribe tu deseo. Con todos esos deseos escritos y colgados en el árbol elegido por la artista japonesa Yoko Ono para su instalación en la I Bienal Internacional de Arte de Cartagena se pudiera escribir un libro de deseos, desde los más íntimos, carnales, mundanos, espirituales,  urgentes y a largo plazo.

El deseo que más me conmovió fue quien escribió su  sueño de tener una bicicleta.  ¿Cómo no regalar una bicicleta a una criatura desconocida que la reclama con tanta urgencia? Los deseos de Cartagena fueron múltiples, extraños, paradójicos. El que deseaba ver integrada a su familia, recuperada la salud de un pariente, el que clamaba por una legítima amistad, el privilegio de un amor sin posesiones, hasta el que soñaba con una mejor ciudad sin tantas fracturas sociales y raciales, una ciudad donde lo público no quedara a merced del menoscabo y la rapiña de lo privado. Los deseos de los cartageneros volaron ya a las manos de la artista Yoko Ono, sobrepasan el número de siete mil deseos (Iliana Restrepo dice que es probable que sean diez mil deseos escritos).

¿Y qué va a hacer la artista con estos deseos? Los reunirá en una cápsula como ha hecho con otros árboles de deseos en Nueva York,  Londres,  Berlín, Venecia, y los quemará en un ceremonial cerca a la Torre de John Lennon. Lo de quemar estos deseos no me parece nada poético. El fuego purificador debe estar antecedido de otro ritual que salvaguarde el espírítu de miles de cartageneros que espontáneamente escribieron su deseo bajo la sombra del árbol en la placita que empezó a llamarse Nautilus. Lo efímero concebido con intensidad creadora llega a ser perdurable y a tener un impacto emocional de grandes proporciones. La lección de la Bienal de Arte en Cartagena empezó a dar sus señales en la misma ciudadanía que redescubre casas ruinosas, esquinas  abandonadas, patios a la deriva, objetos y talismanes con apariencia inofensiva e inútil pero con un gran poder secreto que  reclaman nuevos usos para la experiencia cotidiana y para la emoción de estar vivo.

Los espacios convencionales de la cultura empiezan a replantear sus dinámicas y los gestores culturales vuelcan sus ojos en espacios antes subestimados: la muralla, por ejemplo inició una nueva dinámica cultural. El árbol de Nautilis se empezó a sentir desamparado cuando le quitaron los diez mil deseos de los cartageneros que habían empezado a conversar de tú a tú con las hojas. Y ahora en esa placita llega el contador de historias y  el evangelista desaforado y el solitario que no escribió ningún deseo, y el cronista que al pasar cerca al árbol solo m urmura: Mi deseo es que vengas Yoko Ono.

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