Cuando a Cristian Agámez le llegó la hora de escoger la profesión que ejercería toda la vida, no dudó ni un segundo en dictaminar que aquella que le permitiera contar dos tipos de historias, las que construye en su cabeza con su imaginación infinita y aquellas cuyos protagonistas tienen pelo, uñas y huesos. Partiendo de ahí, la comunicación social era la opción más aterrizada para el joven que leía el impreso de El Universal con los ojos llenos de esperanza: memorizaba los nombres de los periodistas que firmaban las notas e imaginaba, de mayor, convertirse al igual que ellos en un catador de historias.
Poco a poco el tiempo fue organizando cada cosa en su lugar y antes de que Cristian se convirtiera en periodista de El Universal, conoció a personas con las que compartió el gusto por el oficio. Una de ellas fue Adrián Fajardo, un barranquillero que Cartagena de Indias adoptó en todo su esplendor con picós retumbando en los oídos, domingos pasados por el sofoco del mediodía y personas con historias tan trágicas como bellísimas.
Con el paso del tiempo, se hicieron amigos en la Universidad de Cartagena y estrecharon las manos y los gustos. Cristian escribía poemas y cuentos con personajes sacados de la vida real, a quienes les daba un soplo de vida en sus relatos y Adrián era un apasionado por la musicalidad y las formas de habitar el Caribe, pues para él más que el lugar, era una cosa arraigada al pellejo de cada costeño. Lea aquí: Un viaje a través de la vida musical del jazzista Justo Almario
Adrián vivió en el barrio La Esperanza, su primer punto de contacto con los picós y el universo de la champeta. No solo le encantaba el género sino su historia, la manera en la que las canciones llegaron a nosotros convertidas en formas de la felicidad. Por eso, cuando en la universidad tuvo que desarrollar una investigación, no dudó en escarbar en la memoria musical de la ciudad, poco documentada en la literatura.

Con Cristian se embarcó en la misión de encontrar relatos que les permitieran conocer las particularidades de la introducción de la música africana en Cartagena. Fue así como conocieron a Humberto Castillo, en otros tiempos un corresponsal picotero, quien era “la persona que, por cuestiones de trabajo o de turismo, viajaba hacia otros países y traía la música a La Heroica. Traían los LPs a los picós y ellos explotaban la música”.
Los corresponsales hacían las veces de piratas, zarpaban en otras tierras buscando tesoros desconocidos para los otros picós, por eso una de las condiciones de quienes se encargaban de comercializar los discos era la exclusividad. Las canciones no debían haber sonado en ningún otro lugar, ni en las emisoras, debían ser vírgenes a los oídos de los oyentes, tanto que el nombre original de la canción era borrado para evitar que se filtrara y que alguien lo fuese a buscar a tierras lejanas. Lea aquí: Agnusingers: un coro de góspel ha nacido en Cartagena
Humberto era un paisa criado en Barranquilla con el oído agudo para encontrar buena música. Tanto así que, estando en alguna estación del metro de Londres, para lograr su cometido, se atrevió a decir: “al primer negro que vea, le pregunto dónde hay música africana”.
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De Humberto Castillo se hicieron amigos. Durante tres años, las entrevistas formales se convirtieron en largas conversaciones en las que había cabida para la risa y la sorpresa.
Más allá de la influencia del corresponsal en la música que hoy en día se sirve en las esquinas de los barrios populares, las anécdotas de los viajes a París (Francia), Londres (Inglaterra), Lagos (Nigeria), Johannesburgo (Sudáfrica), Duala (Camerún) y Kinsasa (República Democrática del Congo) dieron fe de una época en la que los hombres llenaron sus pasaportes de sellos, con tal de traer a este lado del mundo un amplio repertorio sonoro con todo el profesionalismo del caso, ya que “Humberto Castillo se diferenció entre ellos por ir más allá de la adquisición de discos long play, al obtener licencias de sellos fonográficos, como Sonodisc, Melodie-Celluloid, Afrorithme, Kaluila, Tame Records y Hit city”, lo que logró con 15 viajes al extranjero.
Tanto había por escarbar, que los jóvenes terminaron teniendo acceso a fotografías, tiquetes de avión e información sobre el presupuesto de los viajes que emprendió Castillo. Con esto no solo tenían suficiente para escribir un libro, sino para llenar vacíos en la historia de Cartagena de Indias. Lea aquí: “El arte sana”: ‘Pincelhadas’ busca equilibrar la psicología y la pintura
Sin embargo, tanto Adrián como Cristian empezaron a trabajar y el tiempo para dedicarle era más bien escaso, por lo que el barranquillero terminó retomándolo años más tarde como tesis de maestría. Para ese punto ya había trabajado con algunos artistas de champeta como Kevin Flórez, así que el encuentro con Humberto era casi que diario. “Lo veía todos los días porque iba a la casa de Kevin, así que nos contaba sus historias, una por ejemplo, de cómo un 11 de noviembre se perdió en Londres y lloraba porque no entendía cómo estaba en esa fecha en Inglaterra buscando un disco exclusivo que no encontraba”, recordó Adrián al otro lado del teléfono.
El sueño cumplido
“¿Bueno y cuándo es que voy a ver mi historia en algún lado?”, le preguntó un día cualquiera Humberto a Cristian. La respuesta llegaría años más tarde cuando la Pontificia Universidad Javeriana, en alianza con la Universidad de los Andes y la Universidad de Antioquia, abrió una convocatoria para publicar el segundo volumen de un trabajo de investigación sobre las prácticas sonoras en el Caribe. La oportunidad estaba servida y no la desaprovecharon, participaron y el texto fue elegido para ser parte del libro ‘Músicas y prácticas sonoras en el Caribe Colombiano’, editado por Federico Ochoa y Juan Sebastián Rojas.

El sueño cumplido
“¿Bueno y cuándo es que voy a ver mi historia en algún lado?” le preguntó un día cualquiera Humberto a Cristian. La respuesta llegaría años más tarde cuando la Pontificia Universidad Javeriana en alianza con la Universidad de los Andes y la Universidad de Antioquia abrieron una convocatoria para publicar el segundo volumen de un trabajo de investigación sobre las prácticas sonoras en el Caribe. El texto fue elegido para ser parte del libro ‘Músicas y prácticas sonoras en el Caribe Colombiano’, editado por Federico Ochoa y Juan Sebastián Rojas. Lea aquí: Depresión: las escritoras que han mostrado su dolor para combatirla
“No te puedo explicar lo importante que es para mí, ahora soy un escritor con su primer libro”, comentó Cristian entre risas, pues durante años sus textos solo eran publicados en El Universal, pero la idea de que sus historias tomaran forma de manuscrito le resultaba sobrecogedora. Tristemente en el 2022 Humberto falleció sin alcanzar a leer su propia historia. “Si preguntas por Humberto a quienes lo conocieron, te van a decir que era un hombre sabio, lleno de historias y anécdotas por contar”, contó Adrián, rememorando los años de amistad y trabajo con el empresario, visionario y, como lo describen ellos en el texto, un pirata en busca de tesoros musicales.
