Cultural


El huracán que pasa por nosotros

Es allí, en esa presencia tormentosa y extrema del ciclón, el tifón o el huracán, donde el ser humano recuerda otra vez que es la más frágil de las criaturas.

GUSTAVO TATIS GUERRA

20 de noviembre de 2020 11:04 AM

Ahora el huracán pasa por una novela de Joseph Conrad y, como en la realidad, su poder devastador no solo deja catástrofes por el Caribe, Centroamérica y Estados Unidos, también devasta a pueblos y a seres humanos, por dentro y por fuera. Joseph Conrad (1857-1924) recorrió los senderos orientales trabajando en la Marina Mercante Inglesa y fue testigo de tifones, huracanes y ciclones y, luego de muchos años viendo la línea misteriosa y desafiante del mar, cuyas aguas merecen nuestra veneración y nuestro respeto, escribió novelas como La locura de Almayer (1895), Tifón (1902), El corazón de las tinieblas (1902), Nostromo (1904), entre otras. En todas sus novelas, el viaje nos lleva al contrapunto salvaje y demencial de un conflicto entre culturas y a un descenso a la compleja y dramática condición humana. Si la aventura de Almayer ocurre en Malasia, la del corazón en las tinieblas es un viaje desde Londres hasta el río Congo; Nostromo es una expedición a una república ficticia en Sudamérica, denominada Costaguana. El mar es una obsesión tutelar de Conrad y en Tifón nos revela la fragilidad del ser humano zarandeado por un barco en medio de un tifón. Es allí, en esa presencia tormentosa y extrema del ciclón, el tifón o el huracán, donde el ser humano recuerda otra vez que es la más frágil de las criaturas que cada vez inventa máscaras para sentirse infalible.

Pero tan solo en este 2020, una peste y un huracán como Iota, nos recuerdan la desnuda e incierta fragilidad de nuestra presencia planetaria. Tal vez la imagen más contundente que he visto sea la de una mujer con el agua hasta el cuello llevando en una palangana a su pequeña niña que tiene los ojos despiertos ante un cielo amenazado. O la imagen paradójica, irresponsable, dionisíaca y festiva, en su embriaguez demencial, de un grupo de hombres y mujeres que bailan bajo lluvia, con el agua al cuello, como si fuera el fin del mundo, desatendidos tanto de la peste como del huracán. Al volver a leer a Conrad, encuentro el egoísmo humano de quienes son testigos del tifón y en medio de ese drama colectivo se aferran a sus pequeñas cosas materiales de la vida que el mar destruye. Tanto en la novela como en la realidad, esos seres de carne y hueso y esos personajes de Conrad se parecen en tiempos y paisajes distintos, en la peste y en el huracán salen a flote no solo lo mejor del ser humano sino también lo apestoso y dañino de esas criaturas igualitas a ese pobre y desamparado ratoncito que encontró una chancleta flotante en la corriente y le sirvió de salvavidas en medio del huracán. La imagen de las nubes errantes del cielo cartagenero del 15 de noviembre era como un gigantesco viento de fatalidad que se confundía con el mar, el cielo y la tierra. Alguien filmó esas nubes que bajaban entre olas y esas olas que destrozaban las piedras, y esa lluvia torrencial confundida con las aguas mezcladas de la bahía y el mar con las aguas putrefactas de la alcantarilla. Todo revuelto como en un apocalipsis. Leer la realidad es como descifrar la ficción de las novelas. El huracán también ocurre dentro de los habitantes de la ciudad, tal vez menos en la mirada de quienes hace siglos nos gobiernan y ya tienen escritos, como en los pergaminos de Melquiades, los designios del dios de las aguas y no movieron jamás ninguna brújula pese a los viejos pronósticos de los nuevos desastres sociales y ambientales del presente. Como jamás fuimos previsibles y jamás le creímos al vulcanólogo que advirtió que un día el volcán del Nevado del Ruiz se despertaría, borrando del mapa a todo un pueblo de 25.000 habitantes, jamás creímos que un municipio colombiano como Armero quedara sepultado con más víctimas que Pompeya. Y en Cartagena esperábamos que pasara un huracán para recordar los viejísimos diagnósticos de que más temprano que tarde un desastre ocurriría. Ese huracán está más vivo hoy, más adentro aún, en quienes soñaron con construir una casa en el aire al pie de la loma o una casa muy cerca de la ciénaga o vieron incluso que su casa, lejos de la ciénaga de La Virgen, fuera arrasada por la furia de las aguas. Y al volver a la novela como en la realidad, la gente que está dentro del barco se aferra a sus individualidades desesperadamente. Y luego de que el apocalipsis se disipa, nadie vuelve a ser el mismo. Todos volvemos a ser frágiles como en los primeros segundos de la creación. Y todos nos preguntamos si la doble lección de la peste o el huracán, sea para que aprendamos esa suerte épica de la que ningún ser de la especie puede escapar, esa suerte de redención que empieza, como en un espejo en donde ya no podremos vernos sin reflejarnos en ese otro que es mi prójimo. En esa novela todos somos protagonistas.