José Ramón Mercado, el muerto sobrevivido

26 de febrero de 2020 04:30 PM
José Ramón Mercado, el muerto sobrevivido
El escritor José Ramón Mercado Romero.

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Por: Eduardo García Martínez

Especial para El Universal

De José Ramón Mercado se ha sabido de todo: que fue pobre entre los pobres, mirador de pájaros cantores y sembrador de yuca en Naranjal, arreador de agua llorada de los pozos del arroyo pechilin, recogedor de leña seca en los potreros, soñador despierto bajo los ciruelos del patio de la casa alucinada, mirador de lejos a la escuela imposible, recorredor de calles desoladas bajo el sol quemante, buscandor de ilusiones en la memoria incipiente, niño sin esperanzas en procura de un milagro.

Y el milagro llegó de la mano de la Niña Pacha, la maestra que lo salvó de vagar por siempre como iletrado en un pueblo incierto como Ovejas que no le ofrecía nada a cambio de su probada inteligencia. Lo enseñó a leer y a comprender, gratis. Era el único alumno que no pagaba. Tampoco había de dónde. Su hermano Hugo, haciendo piruetas con sus pocos pesos se lo llevó después a Barranquilla y allá estudió en el colegio San José. De la nada, surgió una beca para ingresar al colegio de Zipaquirá donde estaba Gabriel García Márquez o a La Esperanza de Cartagena pero su madre temerosa no lo dejó ir. “Por allá se me muere de hambre”, fue su argumento definitivo. De modo que aterrizó en el internado del colegio Carmelo Percy Vergara de Corozal -Sucre- donde siguió formándose como hombre y descubrió el encanto de la lectura, la escritura, la poesía. Quedó poseído. Ya no tendría descanso para alimentar su intelecto. Después de culminar el bachillerato en el Liceo de Bolívar de Cartagena tuvo arrestos para irse a la gran ciudad. Bogotá era la meta. Pero los bolsillos del padre seguían vacíos y no había para pagar el bus rumbo a la montaña y el frío. Recurrió, con la vergüenza amansada y la decisión tomada, ante algunos mayores de Ovejas que tras su ruego le entregaron 170 pesos para iniciar el viaje. Una maleta de cartón con poca ropa y repleta de ilusiones, era su equipaje.

No miró hacia atrás y luego de muchas peripecias llegó a la ciudad desconocida y anhelada. Trabajó como poseído en un laboratorio de productos farmacéuticos para ganar y ahorrar los pesos que más pudiera. Cuando tuvo 500 se presentó a la Universidad Nacional de Colombia para estudiar licenciatura en Ciencias Sociales. Era 1960. Pasó sin problemas y años después era flamante egresado de ese claustro, hombre dispuesto a combinar sus estudios con el arte de escribir. Dio rienda suelta a la imaginacion, la entreveró con sus experiencias de vida y las lecturas de cuanto libro encontró a su paso y de ahí salieron cuentos, novelas poesía, obras de teatro, ensayos. Hasta soy son más de 20 libros publicados pero sigue escribiendo cada día como si fuera el primero y prepara una compilación de su poética para convertirla en libro de 500 páginas que pronto estará en manos de los lectores.

Se sabe igualmente de los premios, las distinciones y los reconocimientos que ha tenido a lo largo de su larga vida, vivida con prudencia pero disfrutándola a plenitud. También conocen sus más cercanos que tiene estómago de caballo porque se llenó de anticuerpos desde niño cuando tomaba agua junto a su jamelgo en los arroyos, boca a boca sobre la corriente. Por eso come de todo sin arrugársele a nada, sobre todo las viandas que ofrece el campo pero también los envenenamientos de la ciudad. “Hay que probar de todo - dice- porque no hay mejor maestro que la experiencia”.

Se conoce que su docencia ejercida no solo fue para pasar de una clase a otra sino para dejar huella entre sus alumnos, a quienes enseñaba con afecto. Dramaturgo, formó actores para el teatro de las tablas y el de la propia existencia. Les inculcada la necesidad de leer, de escribir, de ser ellos mismos, librepensadores, necios de espíritu, respetuosos de los demás. De sus versos, cuentos y novelas se han escrito ponencias, ensayos, libros, pequeños y grandes. El último, “La memoria conmovida: caminos hacia la poesía de José Ramón Mercado” del docente universitario e investigador Adalberto Bolaños Sandoval, 452 páginas dedicadas a escudriñar la poética de Mercado Romero, a quién se considera un baluarte de la creación literaria en el Caribe colombiano y el país. Un hombre cercano, discreto, amoroso, sin ínfulas, dado a reconocer el valor de los demás sin pretender imponer los suyos. Cuando se le dice lo mucho que ha hecho por sembrar, regar y expandir el encanto de la poesía sonríe, calla un momento y luego habla de ella como un tesoro en su corazón, un ser tan preciado para él como Alcira, su compañera de siempre, sus hijos José Ramón, Aura María y Mónica, sus hermanos y sus padres, Don Chú, duro como la piedra, y la niña Aura, de quién dice era más que una santa.

Todos sabemos que ya remontó a una edad donde la quietud guía los pasos. Él no se resiste pero sigue inquieto, hurgando en la memoria, en sus recuerdos, para seguir relatando a su manera, depurada y sentida. Se sabe que logró la pensión que le permitió, con los años, comprar una vieja, amplia y hermosa casa en Ovejas donde suele ir desde Cartagena, su puerto seguro desde los 70 del siglo XX, para escribir, charlar con amigos, recibir a quienes llegan al Festival Nacional de Gaita Francisco Llirene, que tuvo en su cabeza diez años antes de empezar a alegrar a Colombia con sus cantos. En la gran biblioteca, donada por Jairo, su hermano muerto y también escritor, lee sin afanes ni cansancios disfrutando de centenares de libros que ofrece para que todos degusten la palabra escrita. Es feliz en ese mundo que armó para él, como la oropéndola el suyo en la rama más alta del caracolí.

El niño que murió al nacer

De todo lo anterior, mucho de ello recordado por el poeta Julio Sierra Dominguez en una hermosa y emotiva semblanza de José Ramón Mercado presentada durante la Fiesta del Pensamiento en Montes de María, se sabía desde hace años. Algo más agregó el poeta y profesor Jesús Buelvas en un agudo análisis de la poesía de Mercado a partir de su libro “ El cielo que me tienes prometido”.

Lo que no se sabía era de la primera muerte de José Ramón, ocurrida al momento de nacer. Él mismo lo narró durante el acto de reconocimiento que se le hizo en San Jacinto en la misma Fiesta del Pensamiento. Dijo que su madre, después de un embarazo sin mayores complicaciones pariría gemelos en Naranjal, su territorio encantado, pero él nació muerto mientras su hermano, vino al mundo fuerte y sano. El pequeño cadáver envuelto en trapos fue depositado en una ponchera que colocaron debajo de la cama mientras la partera y sus ayudantes se encargaban de limpiar, cortar el cordón umbilical y acicalar al bebé sano.

Mucho rato después la madre, aún llorosa y adolorida, escuchó algo extraño, como un rasguño sobre la lona. Movió su cuerpo como pudo y dijo entre labios -espánten a ese gato que está fregando por ahí abajo de la cama-. Ayda, de 13 años, hija de Don Chú, media hermana de los gemelos, se asomó con cuidado y no vio el gato pero sí algo que se movía en la ponchera. “No es el gato -dijo- es el niño”. La partera dejó de hacer lo que tenía entre manos, se asomó y vio que el pequeño muerto se movía, como queriendo regresar a la vida. Lo sacaron, lo limpiaron, le echaron aire con un abanico de palma y sí, el niño respiraba. No lloraba pero respiraba. “Yo viví pero mi hermano gemelo, que nació sano y hermoso enfermó y murió después”’, dijo José Ramón entre lágrimas furtivas. El público asistente al homenaje no salía de su asombro.

Fue su primera muerte. Porque ha tenido otros episodios de muerte, en la realidad y la ficción. “Aquí nos han matado a todos y todos tenemos la culpa. Masticamos el miedo que luego se empoza en el alma”, dice en su poema “Mi hermano Luis Enrique”, donde narra las tantas muertes causadas por el conflicto armado que asoló a su pueblo y a todos los pueblos de los Montes de María. Gente inocente, gente buena cuyo pecado fue haber crecido en un momento desgraciado de nuestra historia reciente. Víctimas de criminales que disfrutaban el martirio, el espanto, el dolor y la muerte que traían entre balas, machetes, garrotes, cocodrilos amaestrados y hambrientos. Todas esas muertes las ha vivido José Ramón, este poeta que se crece cuando penetra la adversidad.

José Ramón Mercado, el niño que murió al nacer ha vivido muchos años construyendo un universo de versos, figuraciones, entretelones, para construirse otras vidas y repartirlas para que otros las vivan, las disfruten o las padezcan. Algunas son alegres, otras tristes, muchas dolorosas, calcadas de la propia existencia y convertidas en arte a través de la palabra. Aquella primera muerte lejana y prematura era solo una mascarada. Menos mal. Nos hubiera dejado huérfanos de un talento formidable.

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