Después de cuarenta años volvieron a sonar las campanas de la Catedral de Magangué. En 1984 el reloj se descompuso y apenas hasta hace unos días las manecillas se sincronizaron y volvieron a marcar la hora después de cuatro décadas detenidos en un tiempo en el que los magangueleños se guiaban por los campanazos que se oían más allá de la albarrada.
Las gentes se vistieron de blanco: las mujeres sacaron sus prendas de ojalillo y los hombres vistieron guayaberas del mismo color a pleno mediodía. Bajo un sol sofocante, asistieron ataviados en trajes a las celebraciones religiosas de las Fiestas de Nuestra Señora de La Candelaria con la virgen paseándose alrededor de la Catedral, sostenida por los Guardianes de La Candelaria, un grupo de hombres que custodia la imagen de la nazarena.
Además de ellos una decena de magangueleños se turnan el puesto, las mujeres se acercan y la acarician con velas en las manos, recitando súplicas y peticiones para la Virgen de las Candelas. Para que la madre de Dios les conceda los favores pedidos, muchos realizan mandas como caminar de espaldas o descalzos durante las procesiones o permanecer de rodillas durante la misa. Algunos, inclusive, viajan desde otros lugares para pedir por la sanación propia o la de un pariente que se encuentra delicado de salud. Lea aquí: Video: así se vivió el VI Festival del Bocachico en Magangué
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“Las mandas son una experiencia religiosa que, el creyente ofreciendo una mortificación, o una incomodidad como lo llamaríamos nosotros, ofrece mortificar su cuerpo a cambio de una bendición que espera recibir de Dios”, explicó el padre Alexander Peñate en diálogo con El Universal.
Cuando la esposa de Heberto Martínez quedó embarazada a sus 44 años, el hombre sabiendo que se trataba de un embarazo de alto riesgo, le prometió a la virgen que si su hija nacía sana y su esposa se recuperaba, se haría Guardián de La Candelaria. De esa promesa nació hace catorce años Milagro de la Candelaria, una niña adorada que se convirtió en el testimonio de la creencia de Heberto y de su familia.
Los días de la celebración religiosa que inició el 22 de enero coinciden con la subienda de los bocachicos, una época propicia para la pesca artesanal y para las fonderas, las mujeres que preparan el pescado a orillas del Río Magdalena. Por eso hace seis años nació el Festival del Bocachico, una celebración que permite a los visitantes disfrutar de comidas preparadas por mujeres en un corredor con sillas y mesas dispuestas para los comensales que llegan deseosos de darle gusto a la muela. Lea aquí: Galería: Magangué celebra a la Virgen de la Candelaria con una puesta en escena
Algunas mujeres como Ana Julia han consagrado su vida a la cocina: “llevo cuarenta años de trabajar aquí y diez más en la playa. Siempre me dicen “qué cosa más rica, qué cosa más buena”, añadió. Pero como los saberes se comparten, ahora su nieta es su principal ayudante y la que prepara bagre, mojarra lora y bocachico en cualquiera de sus presentaciones: frito, sudado o en viuda.
En las presentaciones que tuvieron lugar en una pequeña tarima dispuesta en el corredor gastronómico en el que Ana Julia y el resto de mujeres ofrecían sus delicias, hubo espacio para los artesanos. Una mujer visiblemente mayor pedaleaba a bordo de una máquina de coser vieja, que le permitía entre tanto, coser un sombrero frente a la vista de todos. “Yo aprendí a coser en Cascajal, mi mamá me agarraba de la mano cuando era niña y me llevaba donde una señora que tenía una microempresa para que aprendiera a coser”, ahora y con el peso de sus 86 años, Aracelys Pérez es una artesana que continúa guiando los hilos a través de la aguja con la que va cosiendo las artesanías con las que sacó adelante a sus diez hijos luego de quedar viuda. Lea aquí: Las misas y eventos en La Popa durante las Fiestas de La Candelaria
“Prefiero estar acá quietecita cosiendo que en casa ajena haciendo lo malo”, dijo antes de hacer un guiño con picardía y revelar que estando en la calle pierde el tiempo que puede usar para su trabajo “ay caray, esto es muy rico”, remató mientras presionaba sus pies sobre el pedal y tarareaba “el pescador no tiene fortuna, solo su atarraya”.
Mientras tanto se escuchaban los cánticos de decenas de feligreses que caminaban descalzos, de espaldas y con niños en brazos para ofrecer las incomodidades a la Virgen de La Candelaria, la mujer que cada año sale acompañada de flores, velas y guardianes.