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Cultural

Los 90 años de la escritora Judith Porto de González

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Entrar a su casa es sumergirse en el tiempo. Un lunes de hace noventa años, nació en la casa esquinera de la Calle de Baloco, número 2-08. Nada se le escapa ni olvida. Está más lúcida y conmovida al cumplir hoy sus noventa años. ¿Será que alcanzaré a llegar?-nos preguntaba en marzo de 2012. Nos recitó de memoria el poema que le dedicó Guillermo Valencia. Y nos enseñó el bello retrato de bailarina que le hizo Enrique Grau en sus quince años y el manojo de flores de colores que le pintó Alejandro Obregón. Y suspiró frente al mar del atardecer deseando que su casa natal se convierta en un centro cultural.
No conozco a nadie más a la que le hayan escrito tantos poemas a lo largo de su vida. El 15 de octubre de 1939 el poeta Guillermo Valencia le escribió su Epigrama de siete versos, en una visita que le hizo al poeta en su casa de Popayán.
De aquella visita ella evocó años después, la atmósfera de la casa y de la biblioteca: “Su escritorio está en el centro junto a una ventana. Estantes llenos de libros, repisas de curiosidades: una hoja petrificada de la prehistoria colombiana... interesantes trabajos de nuestros indios”. Ella conserva la foto junto al poeta.
Ahora miro con una lupa esa foto de 1940 en la que aparece coronada como reina  del carnaval del Happy Boys, junto al guardián mayor Lanchein Stier. Le llovieron poemas en aquellos años. Uno se lo escribió José Nieto. Otro, Hernando Barrios. Otro, el gran Tito de Zubiría, que logró un poema al estilo del Tuerto López. La compara con una muñeca dorada “rubia como un buñuelo/que acaso más de un desvelo/provocas con tu mirada/ quien por ti, rubia melcocha/no comete un disparate/cuando hasta el peludo vate/su misma estrofa reprocha?”. Se destacan además un poema escrito por Daniel Lemaitre, otro de Luis Felipe Pineda, el autor de Oro de guaca, y otro poema de Jorge Artel: “Encontré en tus ojos la síntesis del cielo consignada”.
Judith Porto de González apareció en el escenario literario del país con su primer libro de cuentos A caza de infieles, ganador del Premio Nacional Literario en 1949, organizado por el Concurso Nacional de Belleza. El jurado lo integraban: Clemente Manuel Zabala, José Morillo, Vicente Martínez Martelo.
“Yo empecé a escribir cuentos a los catorce años”, me dijo en aquella conversación de marzo.
“Mi papá  Ismael Porto Moreno, siempre me leía retazos de novelas que iba leyendo y me contagiaba con las ficciones. A mí me impactó la sensibilidad de mi abuelo Rafael Calvo, un filósofo que viajaba a París y se contaba con escritores y pensadores de la época. Y había escrito un libro de viajes que nunca publicó. Y cuando murió, su mujer quemó en el patio todo lo que había escrito. Mamá y yo lloramos pensando en todo lo bueno que se estaba quemando allí. Yo tuve un enorme privilegio familiar porque a mí sí me hicieron caso cuando empecé a escribir. Mi papá que sabía que yo admiraba al poeta Guillermo Valencia, cargó conmigo en aquel agosto de 1938 y partimos a Popayán. Nos fuimos en tren. Papá era Inspector de Ferrocarriles.  El poeta nos recibió alborozado y me dedicó en 1939 el poema Epigrama: Uno de los versos dice: “Dijo el Dios: Yo confiero la belleza/ sólo a lo que es efímero, y al punto/ amor, rocío juventud y rosas/salieron del Olimpo sollozando”.
Una de las grandes obsesiones literarias de Judith Porto de González ha sido la historia de los  asaltos piráticos que padeció Cartagena de Indias, investigación que le mereció el ingreso a la Academia de Historia de Cartagena. Su obra teatral ha sido básica en la historia del arte escénico local. Obras como “La casa de Don Benito”, estrenada en 1965; Pilares vacíos, El hacedor de Hidalgos, Mesa de juego, Los artistas de mamá. Sus cuentos: A caza de infieles y otros cuentos, Al filo de la leyenda, Doce cuentos.
Ella confiesa que al concebir hace más de sesenta años la Sociedad de Amor a Cartagena, en los cuatro puntos cardinales de la ciudad, se anticipó al auge de los megacolegios.
En alguna de las paredes de su casa hay rastros de sus ancestros: aquel capitán de navío de la ciudad de León que naufragó en las costas de Galerazamba y de aquel niño Pablo José Porto, de 13 años, que acompañó a Pedro Romero en la gesta del 11 de noviembre de 1811.
Toda su vida ha sido un íntimo ceremonial de la memoria.

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