La lectura es quizás el acto más agitado que sólo nos exige una dosis de sedentarismo, porque al final, mientras una historia exorbitante se despliega a través de las páginas que sostenemos en nuestras manos, el mundo sigue corriendo de fondo. Algunas personas como yo, crecimos con cierta fascinación hacia el universo de los libros, que ubican los primeros lugares en nuestra mesa de noche y las repisas dispuestas en nuestras habitaciones; allí reposan las historias que marcaron nuestras infancias y las aventuras vividas a bordo del pequeño artefacto que ha sobrevivido a los contratiempos de la historia universal. Sin embargo, el espacio que ocupa la lectura en la vida diaria de las personas es cada vez más reducido, se sabe que para el año 2017 el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) realizó la encuesta nacional de lectura para medir los hábitos de lectura de los colombianos y el resultado para Cartagena no pudo ser más desconsolador.
En promedio, un cartagenero leía cuatro libros al año, ubicándose muy por debajo de ciudades como Medellín y Bogotá, estando en el puesto número 27 de las 32 ciudades capitales del país. Inclusive, no alcanzó la media nacional de cinco libros leídos al año por persona. Pero el panorama es aún más triste: de acuerdo con el Estudio Regional Comparativo y Explicativo de la Unesco, publicado en el año 2019, se concluyó que uno de cada tres niños de la básica primaria en Colombia, no saben leer, cifras alarmantes en una ciudad que ha parido a grandes artistas y que ha acunado escritores de la talla de Gabriel García Márquez.
Sin embargo, cuando una habitación es completamente oscura, siempre hay un orificio por el que entra un hilo delgado de luz, en este caso, esa luz es representada por un grupo de hombres que se consagra a la idea de que esta tradición no muera: los libreros del Parque Centenario en el Centro Histórico de Cartagena. Lea aquí: ¡Qué orgullo! Las películas colombianas llegan a las salas de cine
Vivir de vender historias
Antonio Villa lleva 30 años vendiendo libros. Montó el negocio junto a uno de sus mejores amigos quien murió hace algunos años, por lo que ahora lo administra solo. Recuerda que antes vendía otros artículos, pero un día una persona muy cercana le ofreció comenzar a vender libros y desde ahí no ha dejado de hacerlo. Por su parte, Silfredo Ospino lleva la mitad de ese tiempo, comenzó en el oficio hace quince años en un puesto ubicado cerca de la estatua de la India Catalina, en el sector de Puerto Duro, sin embargo con la llegada de las obras de Transcaribe, fue reubicado en el Parque Centenario, lugar en el que se encuentra actualmente. Su puesto es el primero cuando se ingresa por el costado izquierdo, se reconoce por el anuncio que se lee ‘El pez’, elegido por él para hacer alusión al símbolo que usaban los primeros cristianos para reconocerse. Si se es detallista, es fácil darse cuenta de los gustos de los compradores, sólo basta con mirar los nombres de los libros que permanecen en el estante principal a la vista de los caminantes que atraviesan el corredor adornado de portadas coloridas.
En el Parque Centenario se vive una dinámica que escapa de las librerías convencionales, se trata del arte del intercambio. “Si tú compras un libro, te lo lees y lo traes mañana en buenas condiciones, nosotros te entregamos otro a cambio. Si no está igual a como te lo entregamos, nos das un excedente y te llevas el otro libro a cambio.”, dijo Silfredo.

Además mencionó que debido a la disminución en las ventas de libros, se vieron obligados a incursionar con la venta de artesanías: “Se venden bien, a los turistas les gusta mucho y llaman la atención”, dijo. Por eso, ahora los libros comparten lugar con decenas de estatuillas de la India Catalina y distintos souvenirs que los turistas llevan a sus destinos como recuerdo de su paso por la ciudad amurallada.
Para ser un buen librero, hay que tener la agilidad de conseguir cualquier libro que sea pedido por un cliente, desde historias infantiles hasta tratados de filosofía. De hecho, la manera de saber cuándo se puede ser un librero está relacionado con la capacidad de conseguir un encargo especial. Antonio Villa recuerda cómo superó esta prueba: se trataba de una clienta que pedía un libro que ningún librero tenía, por lo que él se embarcó en la misión de encontrarlo. Hasta que llegó a la Torre del Reloj y allí trepó hasta conseguir una caja en la que lo encontró, desde ese día sus demás compañeros supieron que estaba listo para trabajar. Lea aquí: Priscilla Gómez, la costeña que brilló en el Royal Opera House
Aprender a cultivar el hábito
Para Orlando Oliveros Acosta, escritor, editor y periodista cultural, lo más importante cuando se quiere tener un acercamiento a la lectura, es hacerlo desde el disfrute. Por eso, no recomienda libros, sino que insta a que las personas se den a la oportunidad de caminar por los pasillos de una librería y explorar de manera desmedida en las infinitas posibilidades que existen alrededor de los libros. Sin embargo, guarda un cariño especial por los que son de segunda mano, como los que se consiguen en el Parque Centenario: “Los libros están llenos de historias, pero más allá de las que un escritor plasma, está la historia de quien lo usó antes, porque son libros que muchas veces tienen escrito un número de teléfono o la firma de alguien o incluso un separador de páginas que fácilmente puede ser la publicidad de un almacén que ya no existe, entonces comprarlos en el Parque Centenario es como acceder a la historia de los lectores que han poblado esta ciudad”, dijo Oliveros, quien dirige el club de lectura de la Fundación Gabo.
Oliveros cuenta que adquirió sus primeros ejemplares en este icónico parque y reconoce que son ellos quienes facilitan el acceso a la cultura en la ciudad, en una época en la que el libro parece ser un animal en vía de extinción.

Una infancia llena de libros
Mayerlin Mendoza nació en el Carmen de Bolívar hace 22 años. Sin embargo, se crió en Cartagena por lo que a muy temprana edad descubrió la venta de libros en el parque Centenario: “Yo comencé mis lecturas en el parque Centenario porque los libros allá son muy económicos y yo no tenía dinero para pagar otros”, dijo.
En la pandemia, viéndose obligada a permanecer encerrada, decidió lanzarse a crear contenido en su cuenta de Instagram @mael.books, en la que comparte reseñas de libros y ofrece recomendaciones a sus seguidores para adquirir el hábito de la lectura. Como joven, sabe que lo más importante es zafarse de la obligación que hace que muchos jóvenes lo vean con desgano: “Siento que no han vivido la experiencia y no han explorado los géneros, porque cuando uno busca libros que se adapten a su interés, poco a poco se va creando el amor y la curiosidad.”, concluyó.
El caso de Mayerlin resulta conmovedor: sus abuelos, analfabetas, vieron en ella la posibilidad de tener a una nieta que les conectara con el mundo de las letras, casi como una intérprete, por eso insistieron a sus maestros para que la formaran a muy temprana edad. “A pesar de que ellos no leían, me compraban libros infantiles para que yo pudiera disfrutar de ellos”, dijo. Lea aquí: Video: Axell, el cartagenero que podría llegar a ser como Stephen Hawking
A pesar de que los índices de lectura en la ciudad están por debajo de la media, existen cada vez más iniciativas que buscan contrarrestar estos resultados a través de actividades que conecten a los cartageneros con los libros, como dijo Tomás Eloy Martínez “Somos lo que hemos leído o por el contrario seremos la ausencia que los libros nos han dejado”.
